Ocio y sociedad

Sin abrazos también hay bodas

Johari Gautier Carmona

04/09/2020 - 04:05

 

Sin abrazos también hay bodas
Entrada de la novia con los pajecitos / Foto: JGC

La novia entró con una sonrisa deslumbrante. Todo el esplendor de ese día se centró en ella: su sonrisa. En realidad, era la única sonrisa que podía verse y, justamente por eso, no hubo nunca antes una boda que dependiera tanto de una sonrisa. A su lado, su padre caminaba prudente, su tapaboca cubría su emoción, y, saludando con un gesto de la mano a quien encontraba en su camino, se hacía paso hacia la tarima en la que se iba a realizar la ceremonia.

Los pajecitos, vestidos de blanco y de gris, vivían también un momento único. Sus ojos redondos revoloteaban de un lado a otro, mientras que sus bocas, quizás sonrientes o simplemente abiertas, se ocultaban detrás de una mascarilla que hacía juego con su vestimenta. Ellos ponían el ritmo y el tono a la entrada de la novia. Era un momento crucial en el que, además de encabezar uno de los días más importantes de un matrimonio, debían también mantener una distancia entre ellos para prevenir la propagación del virus.

Las madres de los pajecitos se hicieron cargo de esa labor de prevención. Pendientes de que los hijos estuvieran en su sitio, se aseguraban de que siguieran el trayecto abierto ante ellos. El altar no estaba lejos, y, sin embargo, todavía faltaba mucho para llegar hasta allí. En medio de esa marcha acompasada, uno de los niños no pudo aguantar el orden y la disciplina, llevaba tiempo sin ver a sus primos, y quería saltarse todas las medidas del protocolo. La emoción lo invadió, y quizás porque su madre no le explicó con suficiente tiempo el guion que debía seguir, o porque su corazón de niño apasionado se llenó de la felicidad al ver a otros niños de la misma edad, no quiso escuchar las instrucciones de quienes velaban por su seguridad y por la de todos.

El niño se enfadó. Se resistió a seguir los demás niños con esa rigurosidad que imponía el día. Buscó la forma de zafarse de esta nebulosa incomprensible, y se fue corriendo por los alrededores con el fin de recobrar la libertad que se le negaba. Ante la resistencia inesperada, sus padres optaron por apartarlo del cortejo y, entonces, la marcha nupcial retomó con calma.

Desde sus vehículos –repartidos en un orden estricto a lo largo del pasillo central–, los invitados pudieron ver a la novia, radiante y segura, caminar hacia el altar. Su imagen se retransmitía también en una pantalla gigante para que los presentes no perdieran detalles en la distancia. Y la novia sonreía con la fuerza de quien sabe que va a encontrarse con el compañero de viaje que siempre anheló tener, y en ese estado de plenitud, encontró en lo alto de la tarima al novio emocionado.

Durante la ceremonia, los novios recibieron la bendición de sus padres y de quien oficiaba la ceremonia. Luego, la emoción se desbordó cuando los recién casados agradecieron a sus padres el apoyo incondicional y el mejor ejemplo de superación. Hubo lágrimas, risas, y anécdotas. Hubo detalles y recuerdos de infancia. Hubo dolor por ver a la hija o el hijo irse, y alegría por verlo iniciar su propio rumbo. Hubo amor en su estado puro, y todo lo que debe tener una boda en una época en la que los abrazos se impidieron por cuestiones de salud pública.      

***

Una semana antes de la ceremonia, la novia fue invitada a una despedida de soltera. El círculo cercano de tías, primas y amigas se había organizado para que, ella, la niña querida, cerrara esta etapa de soltería con una celebración memorable.

Las circunstancias quisieron que todo se hiciera desde casa. Nada de salidas a restaurantes y de bailoteos en bares, la aplicación Zoom –en boga desde los inicios de la cuarentena preventiva– se afianzó como la forma más segura para que las mujeres se reunieran y compartieran las últimas grandes confidencias antes del matrimonio.

En el encuentro, brillaron los testimonios y las palabras cálidas. Se alzaron las copas de vino o champaña. La novia respondió a las mismas preguntas que las organizadoras le hicieron al novio, y así las compañeras pudieron apreciar el conocimiento mutuo que existía entre los dos prometidos. En esta ocasión, no se escondieron las risas ni tampoco las lágrimas. Estaban en todas las pantallas.  Los abrazos, sin embargo, tuvieron que esperar.    

Para romper con la dinámica de las intervenciones, las organizadoras se ingeniaron un juego de rol en el que cada una de las presentes debía vestirse de novia con la ropa o accesorios que encontraba a su alrededor. De repente, empezaron las carreras y los ajetreos, y poco después, aparecieron novias improvisadas con sábanas, cortinas o manteles, todas de blanco, y aunque un poco agitadas por las prisas, siempre muy originales.

Sin lugar a dudas, el encuentro colmó las expectativas. En el encierro, toda muestra auténtica de amor y de cariño se llena de una carga emocional descomunal. Hubo tiempo para desear lo mejor a la novia, darle consejos o recomendaciones, y, al despedirse, una de las presentes se emocionó y soltó con desparpajo: “¡Lo tendremos que repetir!” (como si una despedida de novias pudiera repetirse). Esas palabras resonaron con un eco hondo que sabían a melancolía, quizás porque faltó el abrazo, o tal vez porque el sonido fue ampliado por Zoom. Lo cierto es que hay algo en los encuentros virtuales que invitan siempre a proyectarse en lo real.

***

El niño que quiso celebrar libremente / Foto: JGC

En la boda, el niño sufrió. Sufrió demasiado, aunque estos eventos son también para los niños. Desde que llegó con sus padres y que vio cómo el vehículo en el que viajaba se sometía a una desinfección estricta, sintió que penetraba en una zona extraña. El semblante de los padres se volvió rígido, y, cuando ya el auto se había ubicado en su sitio (siguiendo las instrucciones de los organizadores), el niño entendió que la boda no iba a ser una fiesta como las demás.

Desde el principio, las instrucciones fueron estrictas. Tenía que quedarse en el vehículo. No podía salir. Y por mucha gaseosa o caramelitos que le ofrecieran, este concepto no le pareció el apropiado. En el interior del automóvil tuvo que esperar un tiempo que se hizo interminable.

–Pero, ¿qué esperamos?  –preguntó sin entender la razón de tanto protocolo–. Es aburrido esperar aquí. 

Al cabo de un tiempo de espera en el que aprovechó para saltar de un asiento a otro del automóvil, el niño pudo salir con su madre para integrarse en la fila de los pajecitos. Saludó a su primito con quien llevaba tiempo sin verse. Sus ojos se llenaron de alegría por verlo, y, desde ese momento, perdió el control (o las ganas de controlarse). Quería estar cerca del primo, correr y compartir las anécdotas de los inventos que habían marcado su cuarentena. Eludía la mano de la madre que se esforzaba en que siguiera las normas impuestas.  

Las exigencias de la madre se volvieron tan asfixiantes que decidió escurrirse y escapar de la fila. Se quitó la mascarilla y empezó a correr lejos del centro de atención. Si esto era una fiesta de verdad, él tenía la intención de ponerla prueba. La libertad antes de todo y, ni siquiera el padre, que también intervino, podía detenerlo.

El niño volvió al lugar que se le asignó al vehículo de sus padres, y, desde ahí pudo ver cómo la novia y su cortejo se dirigían al altar en una marcha lenta y solemne. El llanto se hizo intenso y hondo, no había modo de consolarlo. El fin del juego espontáneo era evidente. Ya no podía jugar como antes. No podía abrazar a su primo con la misma soltura, y entonces, la rabia lo invadió. “No quiero ir más a bodas. Las bodas son aburridas”, gritaba alterado y, en ese llanto se veía reflejado todo el malestar de una niñez secuestrada y encorsetada.

El fin de un mundo también tiene que ver con el fin del juego. Al niño le costó digerirlo. No podía entenderlo. No soltó esa mirada de enojo hasta que, de manera insospechada, llegaron unos pastelitos sobre la mesa asignada. El dulce le apaciguó durante un rato. Incluso llegó a sacarle una leve sonrisa.

***

La novia con su padre justo antes de llegar al altar / Foto suministrada

Pese a la alegría del momento, el padre del niño llegó con prudencia al evento. Las circunstancias lo imponían. Sentía una sensación de riesgo evidente teniendo en cuenta las innumerables imágenes de contagios colectivos en ceremonias religiosas y festivas realizadas desde Asia hasta América Latina. Sin embargo, desde un principio, los organizadores y la madre de la novia pusieron en adelante la seguridad. Esto iba a ser un encuentro seguro (o bioseguro, como lo requiere la jerga actual).

Ver a la novia sonriendo, en medio de invitados con mascarillas, distanciados todos por un protocolo inusual, le hizo sentirse extraño. Parecía que estaba pisando otro planeta en el que el amor era hermético, higiénico y esterilizado. Nada dejaba espacio para el salto espontáneo, ni la palmada en la espalda, ni el apretón de manos, y mucho menos el abrazo. El amor se había vuelto calculador a pesar de todos los esfuerzos por mantenerlo como era: natural y arrollador. En un principio se preguntó por qué la novia se había lanzado a casarse en un trágico momento como éste en el que el miedo estaba en todas partes, pero la respuesta era evidente y única: el amor. Luego, verla en su desfile sonriente, radiante como ella sola en medio de un gran número de rostros ilegibles, le hizo reflexionar sobre ese momento: ¿Estaría ella sintiendo el amor de todos? ¿Se sentiría acompañada en un momento en que la fuerza de los hechos transformó a sus seres más queridos en invitados formalmente distanciados? 

La respuesta a estos interrogantes vino un poco más tarde. Antes de esto, el padre tuvo que lidiar con la incómoda escena de su hijo que no lograba asimilar el momento que vivían. El hijo lloraba notablemente y repitió varias veces en voz alta: “Odio las bodas”. No lo decía por el evento que transcurría, sino por la falta de libertad que experimentaba. Ahí, en medio de este cuadro inesperado, el padre se dio una vez más cuenta de la naturaleza de los niños: ellos son grandes consumidores de libertad. Grandes e indefectibles amantes de abolir las reglas (aunque sea por un instante).

El padre observó cómo la rabia del niño fue disipándose mientras éste comía algo de lo que había sido servido, y cómo la madre del niño se esforzaba en hacerle sentir a gusto en el espacio que les había sido adjudicado. El abrazo del uno al otro fue el mayor de los consuelos. Nadie, ni siquiera el virus, podía borrar el calor intenso de ese abrazo.

Y, cuando la escena volvió a apaciguarse, el padre pudo contemplar nuevamente con calma la evolución de una ceremonia que no se había detenido en ningún momento. Ellos, los novios, seguían en su propósito de unir su amor para siempre. Ambos habían escuchado atentamente las palabras de los oficiantes. Y ella, la novia, seguía luciendo la sonrisa más vibrante que se había visto en mucho tiempo. En los momentos en que la música sonaba, la mujer había movido su silueta al ritmo de la melodía y, cuando leyó las palabras que había escrito para sus padres, puso en adelante un agradecimiento que superaba todos los límites y protocolos imaginados. Fue el momento más conmovedor de todos.

En la voz de la novia, todo era felicidad y emoción. Todo. Y entonces, el padre de ese niño que anhelaba jugar lo entendió también todo. Se hizo claro que, en los momentos más difíciles, el amor no necesita abrazos para escenificarse. No necesita bocas para sonreír ni bailes frenéticos hasta altas horas de la noche, sino simplemente la presencia de quienes sienten y comparten ese amor. La novia, acompañada de sus seres más queridos, disfrutaba de uno de los momentos más bellos de su vida. Así lo decidió ella desde el principio. 

 

Johari Gautier Carmona

@JohariGautier

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