Ocio y sociedad

Atrapada entre dos virus: la dura realidad de la migración venezolana en tiempos de pandemia

Johari Gautier Carmona

28/10/2020 - 04:40

 

Atrapada entre dos virus: la dura realidad de la migración venezolana en tiempos de pandemia
La joven venezolana Naivelin en su lugar de trabajo / Foto: Johari Gautier Carmona

A su llegada en Colombia a principios del 2020, Nayvelín nunca pensó que su estancia se realizaría en el más estricto de los encierros. En aquel mes de enero, su viaje desde Maracaibo le había dejado la sensación de una relativa facilidad de movimiento. Su mayor objetivo era trabajar un tiempo limitado, tal vez unos meses, lo suficiente para remediar a la situación de extrema escasez que atraviesa su familia. Pero era sin contar con una pandemia que hizo estremecer el mundo entero.  

En su ciudad natal, se quedaron sus tres hijas con su madre y su hermana ya que se le dificultaba su custodia, y con la esperanza de viajar con frecuencia, se hizo a la idea de sobrellevar la distancia. Sin embargo, todo cambió desde el momento en que la pandemia del coronavirus expuso sus fauces en el continente europeo. De repente, el miedo producido por el aumento notable de contagios en Italia y España se le hizo palpable, y el día 6 de marzo del 2020, cuando se confirmaba oficialmente el primer caso de contagio en Colombia[i], su mundo empezó a temblar. A partir de entonces, fue testigo de cómo la ciudad en la que residía, Valledupar, una de las ciudades más importantes en la frontera con Venezuela, se preparaba paulatinamente para un inevitable aislamiento.

A mediados de marzo la noticia le llegó con toda la contundencia y la confusión del momento. La familia para la cual trabajaba desde su llegada le ofreció que siguiera trabajando con ellos, pero a tiempo completo, es decir compartiendo el confinamiento. La oferta era dura, pero no había otra disponible. Era esto o enfrentarse al desempleo más cruel, en tierra ajena, sin asistencia, sin familiares y sin posibilidad de moverse. Tampoco estaba dispuesta a irse a un campo de refugiados como el que le dijeron que existía en Maicao, donde centenares de venezolanos convivían en chabolas. No le pareció decente adentrarse en ese territorio incómodo e inseguro a la espera de una improbable oportunidad. Entonces, aceptó la oferta. Lo hizo por sus hijas y su familia, y mostrando la mejor cara. De esta manera empezó a convivir con una familia que apenas conocía.

“Todas las noches lloraba”, explica Nayvelín. El recuerdo de los primeros días todavía le duele. Rezaba en su cama para que sus hijas estuvieran bien y que ese virus desconocido no se acercara a la casa de sus familiares en Venezuela. Se preocupaba por que su madre y su hermana tuvieran cuidado y que las hijas –todavía muy jóvenes– no se acercaran a la casa de los vecinos. Con su primer salario se compró un teléfono celular y, de esta forma, hizo de la cuarentena un espacio más ameno. Descubrió que Whatsapp era el mejor paliativo para el encierro. Cada vez que podía, después de su larga jornada de trabajo, llamaba a las hijas y, al verlas en la pantalla, su corazón daba un vuelco. Le alegraba verlas sonreír, pero también le dolía estar tan lejos en un momento tan difícil.

El confinamiento nunca fue fácil. Su cuarto pequeño le daba algo de tranquilidad, y la familia con la cual convivía hacía lo posible para que se sintiera a gusto, pero seguía estando en casa ajena y muchas veces sentía que se asfixiaba. Por oleadas le llegaban pensamientos negativos que la llevaban a deprimirse. El simple hecho de ver a los padres de la familia jugar o hablar con sus hijos le hacía sentir una profunda injusticia. Y el tener lo mínimo, la obligaba a sentirse dependiente de los demás. Nayvelín hizo lo posible para combatir la dolorosa soledad. Fue buscando los contactos de todos sus amigos y vecinos por las redes sociales y encontró a muchos de ellos diseminados por el territorio colombiano y hasta Ecuador o Panamá. El virus los había incomunicado, pero las redes sociales los volvía a unir.

Nayvelín frente a las rejas de la casa en la que trabaja / Foto: Johari Gautier Carmona

En numerosas ocasiones, la comunicación con sus familiares se veía truncada por serios cortes de luz en la ciudad de Maracaibo que podían alargarse durante dos a tres días. Esos momentos eran especialmente tensos. No sabía lo que podía estar pasando. Su ánimo bajaba inevitablemente y su rostro se ensombrecía. Más allá de la dificultad logística que esto supone para el ciudadano venezolano, sabía de la escasez extrema por la que estaba pasando el país en plena pandemia y pensaba siempre en las necesidades de sus hijas.

Con la madre de la familia en donde se quedaba, la joven hablaba a ratitos sobre las dificultades que atravesaba su familia en Venezuela. De los eternos apagones, pero también del hambre, de los saqueos masivos, de la terrible corrupción de la policía, y del miedo a morir que había llegado a experimentar al salir por las calles de Maracaibo. Al tratarse de su jefa, debía maquillar sus emociones para no parecer demasiado triste. También compartía noticias de conocidos que fallecían por diversas cuestiones en el extranjero, como consecuencia de accidentes, actos violentos o de la pandemia. De esta forma apaciguaba los efectos del aislamiento. Las noticias eran muchas veces preocupantes y, en ese contexto de recogimiento, le afectaban doblemente. Por eso, tenía que esforzarse en hablar, soltarse, y cultivar un pensamiento positivo. En eso le ayudaron mucho las canciones de música vallenata, la oración y algunos testimonios cristianos de superación que escuchaba en Youtube por la mañana.

La realidad de Venezuela actuó siempre como un virus asolador, tan arrogante y cruento como el propio coronavirus. Durante toda esa cuarentena, ella tuvo muy presente las dificultades que atravesaba su país, y esto, sin duda, la empujó a aceptar esa situación de encierro preventivo. La cantidad apreciable de compatriotas que se detenían frente a las rejas de la casa para pedir ayuda –unos alimentos o unos pocos pesos–, le devolvían la imagen de un país destruido y una población desesperada que deambulaba por el mundo pidiendo ayuda. “Estamos en tierra de nadie. Vivimos una locura”, explicó una vez. Sabía que miles de venezolanos andaban entre una ciudad y otra, con sus mochilas sobre los hombros, atrapados en una pesadilla. Ella estaba como ellos, luchando por sobrevivir, ganándose la vida a diario, pero por suerte, gozaba de un trabajo en el que le pagaban puntualmente y la trataban bien. Esto la incitaba a seguir con buena cara y dar lo mejor de sí.

El país en el que nació había caído en un abismo y no tenía por donde recuperarse. Por un lado, estaba el marasmo económico, el empobrecimiento horrendo que padecía el país y el aislamiento consolidado por el cierre de fronteras en plena pandemia (que avivó el malestar de todos los migrantes). Y, por otro lado, resonaba también con irritabilidad la inestabilidad política y los circunloquios de un presidente desconectado de la realidad. Un hombre encerrado en su “cuarentena preventiva”, que hablaba demasiado y que casi siempre achacaba los males del país a los vecinos del norte y otros conspiradores. Venezuela no era un simple fracaso, era la viva imagen del ser humano que persiste en fracasar, de la tozudez humana, y la codicia más destructora. La joven venezolana todavía recuerda los últimos años de Chávez y su fallecimiento abrupto (que, de hecho, le hizo llorar de tristeza), y se pregunta cómo pudo caer un país tan rico en una situación tan horrible.

Nayvelín se siente atrapada entre dos virus: el de la pandemia más inesperada y el de la incapacidad humana para ponerse de acuerdo y resolver sus diferencias. Ella, como la mayoría de los venezolanos, sólo piensa en sus seres queridos. Sólo quiere seguir adelante y asegurar un sustento. Desea que su país se recupere, que pueda regresar y vivir en paz en su ciudad, pero, sobre todo, piensa en reencontrarse con su familia y sus tres hijas. Ése es su anhelo más grande. “Mis hijas son mi felicidad”, expresa antes de añadir: “Por eso quiero volver. No entiendo cómo hacen algunos para irse y estar durante 3 años sin regresar e incluso sin mandar dinero”.

Sin embargo, el regreso también se complica. La cuarentena y el cierre de fronteras tuvo un impacto nefasto en la movilidad entre Colombia y Venezuela. Nayvelín explica que una amiga tuvo que esperar cuatro días en Maicao para que le permitieran regresar a su país. El control impuesto fue relajándose con el tiempo, pero, los precios abusivos se mantuvieron. De valer 100.000 pesos un simple viaje en vehículo compartido para cubrir el recorrido Valledupar-Maracaibo, los chóferes ilegales llegaron a pedirle hasta un millón. “¡Una cosa loca!”, manifiesta Nayvelín. Ahora le cobran alrededor de 500.000 pesos, una suma que sigue siendo prohibitiva, pero ella no desiste: ya está ahorrando para viajar en las fiestas de fin de año.

Migrantes venezolanos caminando por las carreteras de Colombia / Foto: Human Rights Watch

La dura realidad del éxodo venezolano

Las cifras son devastadoras. Venezuela ha vivido un desastre humano a consecuencia de una caída económica sin precedentes. La Agencia de refugiados ACNUR explica en un informe[ii] publicado en noviembre 2019 que, desde 2016, más de 4.700.000 mujeres, hombres y niños han salido de Venezuela en busca de un futuro mejor. A fecha del 5 de octubre del 2020, la Plataforma de Coordinación para Refugiados y Migrantes de Venezuela[iii] (R4V) sitúa esa cifra en 5.490.002. Esto representa una bajada de entre 15% y 18% de la población del país sudamericano (si se coge como referencia las cifras del Banco Mundial de 2015 que estimaban la población en 30 millones de habitantes).

La caída demográfica es tan abrupta que ciertos analistas la han descrito como única. El periódico La Tercera (Chile) subraya que esa contracción poblacional supera la disminución que sufre en la actualidad un país en guerra como Siria[iv], y también supera las bajadas del 7.1% y 5.6% de países como Letonia y Lituania que enfrentan un proceso estructural desde los años 90 (debido a una baja fecundidad). Por su lado, el Banco Mundial no duda en resaltar que “la migración venezolana es la mayor movilización humana de la historia reciente de la región”[v].

Para muchos (como es el caso de Nayvelín), el éxodo ha podido realizarse en transporte convencional, pero para muchos otros, el viaje ha tenido que hacerse a pie. La falta de recursos y de combustible, y el hambre atosigante les ha empujado a las carreteras en dirección de Colombia, Brasil, Ecuador o Perú y emprender un viaje de más de 4000 kilómetros.

“Esta segunda oleada de migrantes se diferencia de la primera porque parecen resignados a no regresar. Van con lo indispensable, pero lo más valioso. La primera vez miles de venezolanos viajaban, casi siempre en autobús o busetas del transporte público”, explica el periodista Sebastián Bárraez[vi].

En ese contexto estremecedor, la pandemia del covid-19 ha exacerbado el miedo y el odio. La desaparición de fuentes de trabajo, la imposibilidad de pagar los alquileres y el cierre de fronteras ha incrementado la tensión de lado y lado de las fronteras venezolanas. Ante las dificultades, miles de venezolanos expatriados decidieron regresar y se toparon con obstáculos administrativos, burocráticos y logísticos para pasar la línea fronteriza.

En la costa Caribe de Colombia, al igual que en los 11 países latinoamericanos que acogen un gran número de refugiados colombianos, los estigmas han crecido con la misma fuerza que la ola migratoria. Mitos difundidos sobre la delincuencia y la conducta incívica de los venezolanos se han fortalecido en el imaginario local, atribuyéndoles, desde un principio, gran parte de los males sociales (violencia, atracos, prostitución, etc…). 

Con la intención de contrarrestar los mensajes xenofóbicos y de desmentir ciertas ideas, el director de Migración Colombia, Juan Francisco Espinosa, reveló que, dentro de las 124.000 personas privadas de libertad confinadas en los 132 centros de reclusión de Colombia, sólo 2700 son extranjeros (y 1500 de ellos son venezolanos)[vii]. Otra cifra que también ayuda a entender la realidad de la inmigración es la cifra de capturados venezolanos en 2019: 11.000 sobre una población estimada oficialmente en 1.800.000 de personas (menos del 0.6%). “El 96% de los delitos cometidos en el país son realizados por colombianos y el 4% son por extranjeros”, expresó el funcionario.

A finales del 2020, Migración Colombia comunicó que era esencial regularizar a los migrantes venezolanos para evitar que caigan en la criminalidad. Con ese fin, la entidad organiza jornadas en las que se facilita los trámites para solicitar el Permiso Especial de Permanencia (PEP) y así tener derechos a ciertos servicios públicos. Esta estrategia comunicativa tiene como característica tomarse las plazas y buscar el contacto, pero se topa con una gran realidad: el miedo visceral a ser deportado. Muchos de los migrantes venezolanos residen de manera ilegal y prefieren esconderse, aguantar situaciones precarias y de extrema pobreza, antes de reportarse. El virus del miedo también asola a los venezolanos en plena pandemia del coronavirus.

 

Johari Gautier Carmona

@JohariGautier

 

 

[i] Colombia confirma su primer caso de Covid-19 (Minsalud)

https://www.minsalud.gov.co/Paginas/Colombia-confirma-su-primer-caso-de-COVID-19.aspx

[ii] Situación en Venezuela. ACNUR. Informe actualizado online.  

https://www.acnur.org/situacion-en-venezuela.html

[iii] Plataforma de Coordinación para Refugiados y Migrantes de Venezuela

https://r4v.info/es/situations/platform

[iv] La inédita caída de la población de Venezuela. La Tercera (Chile). 8 de julio del 2019.

https://www.latercera.com/pulso/noticia/la-inedita-caida-la-poblacion-venezuela/732060/

[vi] La impresionante caravana del hambre en Venezuela: miles de personas huyen caminando hacia Colombia ante la falta de comida

https://www.infobae.com/america/venezuela/2020/10/09/la-impresionante-caravana-del-hambre-en-venezuela-miles-de-personas-huyen-caminando-hacia-colombia-ante-la-falta-de-comida/

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