Ocio y sociedad

Los arrebatos del profesor Moisés

Eddie José Dániels García

01/02/2021 - 05:15

 

Los arrebatos del profesor Moisés

 

Hace casi cuatro décadas, recién fundada la Universidad de Sucre, llegó a laborar en esta institución el profesor Moisés Escorcia de la Hoz (qepd), un barranquillero graduado en idiomas en la Universidad del Atlántico, de espíritu contestatario, ideas izquierdistas, enemigo de todos los gobiernos de turno, prolífico en la conversación y con una pasión irresistible por los libros, especialmente, los que exponían temas de gramática, lingüística y literatura. Esta virtud lo motivó para organizar una vasta biblioteca de más de cinco mil volúmenes, con los cuales tenía forradas muchas paredes de su residencia y gran parte de la sala de profesores de la universidad sucreña, espacio que compartía con otros docentes de esta institución. “Yo no sé andar sin libros”, solía decir con mucha propiedad. Era feliz con esta costumbre.

Yo lo había conocido en la UPTC de Tunja, donde llegó a estudiar idiomas en 1973, atraído por la fama que irradiaba en esos tiempos esta universidad. Moisés ya había aprendido inglés y lo hablaba con soltura, gracias a varios cursos que realizó en el Instituto Colombo Americano de Barranquilla. En el claustro tunjano cursó solamente dos semestres, tiempo que le sirvió para cimentar cierto prestigio y cosechar grandes amistades. Al año siguiente de su llegada, abandonó la UPTC a causa de una huelga que cerró por varios meses esta institución. Entonces, hizo transferencia para la Barranquilla, y aquí se graduó en 1978. Inicialmente, trabajó en el Colegio Nacional Gabriel Escobar Ballestas de Plato, Magdalena, y en 1980 se vinculó a la universidad sincelejana, gracias a un concurso que ésta realizó para nombrar a un profesor de inglés, y en el cual Moisés obtuvo el primer puesto entre veinte aspirantes.

En Tunja se hizo merecedor del calificativo "El cofrade" porque era costumbre verlo siempre con un rimero de libros en las manos o debajo de los brazos. A veces, cuando éstos eran muchos, los cargaba en una bolsa. También algunos universitarios lo llamaban "El maestro", por ser ésta su palabra preferida para saludar a sus amigos, a las personas conocidas o a la gente del común, que saludaba en las calles. Su tiempo -libre de clases- lo pasaba metido en la biblioteca, en la imprenta o en el fondo de publicaciones de la universidad. Los sábados y domingos era costumbre encontrarlo en las librerías o en las salas de lectura que funcionaban en el centro de la ciudad. Un caso curioso que lo identificaba: jamás estaba con las manos vacías.

Apenas se vinculó a Unisucre, un día cualquiera, me reencontré con él en Sincelejo, revivimos la amistad que tuvimos en Tunja y solíamos charlar frecuentemente al tenor de uno o varios tintos. Como caso sui géneris en un currambero, detestaba el alcohol. En esa época ya se había casado y se vino a vivir con su familia en esta ciudad. Aproveché para llevarlo al Liceo Juan XXIII, institución privada donde yo laboraba en la jornada matinal, y presentárselo a don Remberto Montes Hernández, qepd, propietario del colegio. También lo relacioné con varios amigos míos, profesores del prestigioso Instituto Simón Araújo, quienes le profesaban aprecio y una gran estimación

Un día cualquiera de 1984, en un encuentro casual que tuvimos, me dijo que don Remberto lo había llamado para vincularlo como profesor de inglés en la jornada nocturna del Juan XXIII y ya estaba laborando. Comenzó a dictar esta materia en los cursos superiores. Los primeros meses transcurrieron en calma y armonía. Vivieron lo que se llama “la luna de miel”, y don Remberto se sentía orgulloso porque tenía trabajando en su colegio un profesor de la Universidad de Sucre.  De pronto, varios alumnos se acercaron a don Remberto y le comentaron que: "el profesor Escorcia no dicta clases, en todas las horas se la pasa hablando de usted, del colegio y, otras veces, arma tribuna en contra del Gobierno”.

Y después vinieron las quejas de todos los cursos, y el comentario se volvió voz populi en todos los rincones del colegio. Don Rembe, molesto con la situación, no encontraba cómo encararlo. Sabía que Moisés, por los comentarios generalizados en la comunidad, era un hueso duro de roer. Por fin, un lunes en la tarde se armó de valor y tras meditar un poco, revisó el horario del profesor: tenía clase de inglés a la primera hora, 6:45, en el 11A. Decidido a enfrentarlo bajo a la tienda de la esquina, en la calle Cauca, donde solía timbrarse con frecuencia, se bebió cuatro o cinco cervezas y apenas oyó que sonó el timbre para iniciar la jornada, subió a las volandas y se ubicó en las últimas sillas del salón. Aún no había llegado el profesor.

A los pocos minutos, efusivo como siempre, entró Moisés, puso su pila de libros en el escritorio, se arregló la camisa, la cual vestía siempre por fuera, se acomodó las gafas y levantó la vista para saludar a los estudiantes. Al hacer una mirada en círculo, se percató de que el propietario estaba en una esquina del salón. Casi sin pensarlo, se frotó las manos y con una voz de locutor perrata exclamó: "Señores estudiantes, hoy me voy a dar el lujo de dictar una clase con la presencia del gran 'Macito de hierba', el traficante número uno de la educación en Sincelejo, mírenlo ahí", y lo señaló con el índice. Don Remberto, descompuesto, botó el cigarrillo que tenía en la boca y salió del aula lanzando improperios: “atrevido, irrespetuoso, se me larga inmediatamente del colegio, no lo quiero más aquí, pase mañana por su liquidación”.

El profesor agarró su minibiblioteca y se marchó en el acto. Salió feliz despotricando en contra del colegio. Al día siguiente, evitando tener otro encuentro con el propietario, envió a su esposa, de nombre Soledad, en las horas de la mañana, para que fuera por la liquidación. Doña Sara Vergara de Montes, esposa de don Remberto y secretaria eterna del colegio, estaba sentada en su escritorio sacando la cuenta de los pagos estudiantiles. “Buenos días”, dijo la esposa del profesor. “Buenos días, a sus órdenes”, le contestó doña Sara. “Está el señor ‘Macito e hierba’?”, preguntó Soledad. Doña Sara se descompuso y le dijo: “Macito e hierba no, él tiene su nombre, se llama Remberto Montes”. La mujer, con una voz de inocentona, le contestó: “Ah, pero como todo el mundo le dice ‘Macito e hierba’, yo pensé que ése era el nombre”.    

 

Eddie José Daniels García

Sobre el autor

Eddie José Dániels García

Eddie José Dániels García

Reflejos cotidianos

Eddie José Daniels García, Talaigua, Bolívar. Licenciado en Español y Literatura, UPTC, Tunja, Docente del Simón Araújo, Sincelejo y Catedrático, ensayista e Investigador universitario. Cultiva y ejerce pedagogía en la poesía clásica española, la historia de Colombia y regional, la pureza del lenguaje; es columnista, prologuista, conferencista y habitual líder en debates y charlas didácticas sobre la Literatura en la prensa, revistas y encuentros literarios y culturales en toda la Costa del caribe colombiano. Los escritos de Dániels García llaman la atención por la abundancia de hechos y apuntes históricos, políticos y literarios que plantea, sin complejidades innecesarias en su lenguaje claro y didáctico bien reconocido por la crítica estilística costeña, por su esencialidad en la acción y en la descripción de una humanidad y ambiente que destaca la propia vida regional.

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