Ocio y sociedad

¿Dormiste? ¿Qué soñaste?

Giancarlo Calderón Morón

02/03/2021 - 04:55

 

¿Dormiste? ¿Qué soñaste?
El autor Giancarlo Calderón y María Cecilia Mendoza, la Chechi / Foto: Archivo particular Giancarlo Calderón

 

Ella, a quien cargo y beso en la foto, es María Cecilia Mendoza Araujo, la Chechi. Actualmente ya ronda los 14 años, es decir que en ese momento, en diciembre del 2014, tenía 8. Si algo puedo decir inicialmente sobre ella, diré que es una niña preciosa y sorprendentemente inteligente. Y muy sensible. Sensible como una artista: con una manera particular de percibir la vida y, por lo tanto, de expresar de modo creativo las cosas de su entorno. 

Es hija de mi prima María Eloísa, Mayia. Y de mi amigo Pedro Rafael, Pello. De Mayia tengo muchos recuerdos, sin embargo, uno es particularmente intenso, tan intenso como añejo. Este recuerdo, quizá, marcó en mí una forma de sentir las despedidas, ese costado inevitable de la vida. Fue por ella que experimenté por primera vez, nada menos, lo que se siente extrañar a alguien. Por lo menos de modo consciente. 

Sería el año 1983, yo tendría cinco años y ella escasos dos. Yo vivía en Bogotá y a ella la habían enviado a mi casa a pasar una temporada. Yo iba todos los días a un jardín infantil y a ella la llevaban -no recuerdo quién, supongo que mi mamá- a la hora del recreo. Allí, entonces, éramos inseparables. Y felices: jugábamos y sobre todo nos hacíamos buena compañía. Pasaría un mes o algo parecido en el que se repitió esa rutina - a esa edad, un mes es una eternidad- antes de que a ella la mandaran de regreso a su casa en La Paz, Cesar, el pueblo de toda nuestra familia. 

El hecho es que al recreo siguiente en el que ella ya no estaba, sentí algo que nunca había sentido: ¿Un ligero malestar en el estómago? ¿Un agite extraño en el corazón? ¿Las dos mezcladas, tal vez? No sé exactamente. Le escuché alguna vez -o varias- decir a un amigo que la nostalgia es la presencia de una ausencia. Eso precisamente fue lo que sentí en ese recreo; fue mi primera punzada de nostalgia: mi primer vacío en el estómago y el primer viento maluco en el corazón, una temprana revelación de lo que sería en adelante que alguien me hiciera falta.

Al papá de la Chechi también me une una vieja amistad. Fuimos amigos, sobre todo, en mi adolescencia y todavía parte de su infancia. Con Pello, Pellito, compartimos muchas cosas en esas épocas ingenuas. Recuerdo que escuchábamos con tierna emoción “Jaime Molina”, la canción de Rafael Escalona: “Recuerdo que Jaime Molina cuando estaba borracho ponía esta condición / que si yo moría primero él me hacía un retrato / o si él se moría primero le sacaba un son / Y ahora prefiero esta condición / que él me hiciera el retrato y no sacarle el son”. Conmovedora letra de una magnifica canción.

Nos gustaba, asimismo, ya más crecidos y en compañía de otros amigos, ver, una y otra vez, “Sleepers”, traducida en español como “Los Hijos de la calle”. Una película, en resumen, sobre la amistad y la venganza de cuatro adolescentes a quienes encierran en un reclusorio juvenil y allí sufren toda clase de maltratos y abusos. De ésta nos gustaba, entre otros, el diálogo de una de las escenas finales entre dos de los amigos:

–Te llamaré cuando necesite un buen abogado. 

–No tendrás como pagarlo. 

–Ok. Te avisaré cuando necesite un buen amigo. 

–Cuenta con eso. 

–Siempre lo he hecho. 

La Chechi / Foto: archivo particular Giancarlo Calderón

También vimos alguna vez otra película que creo recordar se llama, traducida, “Un Paseo por las nubes”. De ésta a él le encantaba una frase paradójica e irónica que decía el personaje que interpretaba Anthony Quinn, un patriarca familiar a quien por sus años y achaques le habían prohibido los chocolates, y ante la impotencia decía : “¿Qué saben los médicos de los placeres del alma?”. Con los años, él mismo, Pello, se hizo médico. Desconozco si les prohíbe a sus pacientes los chocolates. La vida da tantas vueltas.

Volviendo a ella, a María Cecilia, creo que condensa lo mejor de cada uno de ellos. Ya dije al principio varias cosas sobre ella, ahora diré otras: la Chechi es una niña irreverente, enérgica, cariñosa, de carácter fuerte, hiperactiva sobre todo en sus primeros años, disciplinada en el colegio, dulce, amante de la lectura desde muy temprano, y de los idiomas: ha conseguido estudiar, hasta ahora, inglés y francés por su propio interés y esfuerzo. Todo eso, y más, es la Chechi. Y también es distinta. 

¿Distinta? Siempre me ha parecido que llamar a alguien así es una especie de imprecisión, o una exageración en cualquier caso. Y bueno, al hablar de ella yo mismo estoy diciendo exactamente eso. ¿Qué quieren decir? ¿Qué quiero decir yo ahora? ¿Distinta de qué, o de quién? ¿Acaso todos no somos distintos a todos? La verdad creo que no: en general todos somos gente ordinaria, y en algún sentido casi todos somos iguales a todos: ¡Qué horror!. Francamente no se me ocurre de qué otro modo explicarlo. De pronto yo también estoy siendo impreciso y estoy exagerando. No importa. Esta niña –ahora ya una adolescente- es distinta y ya, punto y aparte. 

En el 2011, después de vivir casi quince años en Bogotá, Llegué a Valledupar y viví todo ese año en la casa de mi tía Eloísa, abuela materna de la Chechi. Ella vivía justo en la casa de al lado y permanecía mucho tiempo ahí. Durante ese tiempo pude tratarla muy de cerca, conocerla mejor y darme cuenta, de primera mano, de varias de sus ocurrencias. Alguna tarde que estaba sentado en un mecedor, se me acercó, yo instintivamente la cargué y la senté en mis piernas. Pasó un momento y rápidamente me dijo: “Bájame, bájame, que yo no soy ninguna bebé... bebé es el que está dentro de la barriga de mi mamá. Yo soy una persona mayor ya”. Ante eso, no tuve otra opción si no que cumplir la orden tan determinante de esa “persona mayor” de aproximadamente 4 años de edad.  Otro día, viajando de Valledupar a Barranquilla, de modo repentino me dijo: “Oye, Chiche, sabes que tú y yo tenemos el mismo nombre, solo que al revés: “Chechi es igual que Chiche”. Y repitió, medio cantando, como deletreando: “Che-Chi - Chi-Che”. Pues sí: nunca lo había pensado de esa manera.

Una mañana, todavía temprano, llegó a la cama donde yo estaba medio dormido y mientras se acomodaba con total soltura debajo de las cobijas me consultó con auténtico interés: “¿Dormiste? ¿Qué soñaste?”. Entonces, sin yo responderle, y sin decir mucho más, nos quedamos dormidos un rato. Así se repitió varias veces. Por supuesto nunca le respondí la verdad, que hubiese sido muy complicado de explicar, además de ser algo muy aburrido: “No, Chechi, no he dormido casi nada y sólo he tenido pesadillas”. Lo que ella nunca supo tampoco fue que, en cambio, cuando ella se iba a dormir conmigo no sólo dormía bien, sino que desaparecían las pesadillas. 

Con la Chechi, particularmente, me pasa algo que voy a tratar de contar del modo más resumido y simple posible: me siento querido. Creo que esa niña me quiere genuinamente. Ese hecho por supuesto generó en mí una especie de emoción y una debilidad por ella, y entonces se dio lo que inevitablemente tenía que darse: un amor correspondido. Movido por este mismo, quise compartir su foto y los recuerdos que me generó verla, y salió esto.

Foto que, por cierto, no aprobó cuando la vio, y de la que dijo sin ningún reparo: “¡Esa foto fea no me gusta!”. Yo, por el contrario, creo que es una imagen muy bella. Espero que no se entere de que la contradije mostrándola aquí. O más bien que se entere y se alegre. Y que se alegre también de que les conté, entre otras cosas, acerca de esa pregunta ingenua y sencilla, pero hermosa y gratificante para mí: “¿Dormiste? ¿Qué soñaste?”. Espero que este texto sirva para eso, y para sacarle alguna sonrisa. Y además que sirva, 10 años después, para poder contestarle, así no sea la verdad y solo contenga el consuelo de lo imaginario: “Sí, Chechi, dormí muy bien, soñé que dormías conmigo y desaparecían todas las pesadillas”.

 

Giancarlo Calderón

Sobre el autor

Giancarlo Calderón Morón

Giancarlo Calderón Morón

Perro en misa

Comunicador Social de la Pontificia Universidad Javeriana, de Bogotá (2003). Ha sido colaborador en temas relacionados con cultura y entretenimiento: pintura, música, cine y televisión, entre otros, del periódico El Espectador (2012-2021). Director de trabajos audiovisuales de corte institucional (Convenio Secretaría de Salud de Bogotá - Fondo de Población de las Naciones Unidas -UNFPA- 2007-2011). Guionista y director de la serie documental “II Laboratorio de Paz” (Acción Social - Unión Europea 2008). Realizador y asistente de dirección del programa del Ministerio de Cultura “La Cultura Viva” (Virtual T.V. - Señal Colombia 2005-2006).

3 Comentarios


María Eloisa 02-03-2021 09:40 AM

Excelente articulo!!! Felicidades y gracias...

Diana 03-03-2021 12:20 AM

Hermosa historia real que parece un cuento. Felicidades

Viviana M 04-03-2021 09:40 PM

Excelente y fascinante texto!!!!! Me encanta!!!

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