Ocio y sociedad

Visiones de Curramba, la bella

Eddie José Dániels García

05/04/2021 - 05:50

 

Visiones de Curramba, la bella
Venta de helados frente a la Iglesia San Nicolás en Barranquilla / Foto: Colombia Travel

“La Puerta de Oro de Colombia”, “La Arenosa” o “Curramba, la bella”, son los distintivos o cognomentos, según el Instituto Geográfico Agustín Codazzi (IGAC), con que, actualmente, designamos a Barranquilla, la principal ciudad de la Costa Caribe y la cuarta metrópolis de Colombia, superada en habitantes, sólo por Bogotá, Cali y Medellín. Aunque su nombre primigenio fue “La Barranca de San Nicolás”, porque sus primeras casas fueron construidas sobre los altos barrancos y barrancones que quedaban a orillas del río Magdalena, acercándose a su desembocadura en Bocas de Ceniza, y ofrecían dificultades a sus habitantes para cargar y subir el agua, más tarde, cuando los mismos moradores exploraron las riberas cercanas, hasta encontrar una barranca más baja y de fácil acceso para conseguir el líquido vital, decidieron llamarla “Barranca pequeña”, lo que equivale a decir una “barranquita” o una “barranquilla”, agregándole los sufijos “ita”, “illa”, que significan pequeño. Todos los pobladores accedieron a quedarse con la segunda denominación.

Más tarde, con la llegada de la colonización española, Barranquilla pasó a llamarse “La Villa de San Nicolás de Barranquilla”, por ser este santo el patrono de la ciudad, el cual es venerado en la hermosa iglesia, de estilo neogótico, que lleva su nombre, ubicada en el centro histórico de la urbe, en el costado oriental del Paseo Bolívar. Su edificación se inició en la segunda mitad del siglo XVII y logró culminarse a mediados del siglo XX, es decir casi trescientos años de construcción, con varios periodos de paralización por razones monetarias.  Desde 1932, estando ya terminada, fue pro-catedral de la ciudad, cuando la Santa Sede creó la Diócesis de Barranquilla, hasta 1982, cuando la iglesia María Reina, fue elevada a la categoría de Catedral. En el 2005, la Iglesia de San Nicolás fue declarada Bien de Interés Cultural de Carácter Nacional por el Ministerio de Cultura. Aunque su verdadero nombre es San Nicolás de Tolentino, la costumbre religiosa optó por quitarle el complemento y designarla solamente con el nombre de pila: Iglesia de San Nicolás.

Los calificativos o cognomentos citados al comienzo de esta crónica tienen su fundamento y obedecen a curiosidades, que han hecho historia en la capital atlanticense. “La Puerta Oro de Colombia”, por ejemplo, obedece a que durante siglos, antes de iniciarse la navegación aérea con otros países, Barranquilla fue el principal puerto marítimo y fluvial, por donde entraba toda la cultura que venía del antiguo continente y de otros países suramericanos: la historia, la literatura, las ciencias, las modas, la tecnología, la música, las expresiones idiomáticas, la cinematografía, los deportes y demás manifestaciones artísticas llegaban al país en los enormes barcos que entraban por Bocas de Ceniza para descansar en el puerto barranquillero. De aquí circulaban para el interior del país, primero llegaban a la capital y, luego, se extendían a las otras ciudades colombianas. Este calificativo fue utilizado por primera vez en 1946, por el presidente Mariano Ospina Pérez cuando inauguró en esta ciudad los V Juegos Centroamericanos y del Caribe.

La Arenosa” es, tal vez el distintivo más antiguo que identifica a Barranquilla. Se remonta al año 1849, cuando el presidente de Colombia, llamada en ese entonces República de la Nueva Granada, Tomás Cipriano de Mosquera, visitó a esta ciudad con el propósito de conocer su estado físico y observar el bienestar de sus habitantes. En uno de sus tantos paseos en coches, le llamó la atención la cantidad de arena que empolvaba las calles, se levantaba con la brisa, ensuciaba los asientos del carruaje y la vestimenta del mandatario. Se comenta que éste bastante contrariado exclamó: “Esta ciudad debe llamarse la arenosa”. El calificativo de “Curramba”, obedece al lenguaje telegráfico que se utilizaba en el siglo pasado y que tenía por costumbre acortar las palabras para facilitar la comunicación. Barranquilla, verbi gracia, era apocopado “Barranq”, y se leía “ba-rran-cu”. Un curioso de la jerga popular tuvo el ingenio de leer las tres sílabas invertidas: “cu-rram-ba”, forma que se fue arraigando en el sentimiento colectivo. Y más tarde, otro curioso le asignó el complemento “la bella”, para suavizar la malsonancia del termino curramba.

Vistas de la iglesia San Nicolás y su plaza en Barranquilla / Foto: El Heraldo

Tuve la oportunidad de conocer a Barranquilla en diciembre de 1960, cuando frisaba ocho años de edad y aún no se conocía con el ultimo calificativo que actualmente la populariza y la torna más acogedora: "Curramba, la bella". Había viajado con mi hermana Betty, la mayor de los Daniels García, quien ese año acababa de terminar los estudios de pedagogía en la Escuela Normal de Señoritas de la Villa de Santa Cruz de Mompós y había recibido el título de maestra rural. Viajamos desde Magangué, donde abordamos "El Monserrate", un enorme barco de cuatro pisos, impulsado por una rueda inmensa que le imprimía una velocidad considerable. Salimos a las 10 de la mañana y llegamos a Barranquilla a las 6 a.m. del día siguiente. Recuerdo que el buque hizo escala en Zambrano, Plato, Tenerife, Calamar, Soledad y otros pueblos que no alcanzo a recordar. En la madrugada hubo una tremenda tormenta con fuertes vientos, que obligó a la tripulación a detener y recostar la embarcación durante casi dos horas, en cercanías del puerto soledeño.

Nos hospedamos en el barrio La Unión, cercano a la calle 30, conocida desde antaño como “Calle Las Vacas”, porque, según la historia, por esa vía entraba todo el ganado que iba para el matadero que quedaba en el mercado viejo, cerca del puerto. Allí vivía una tía bastante acomodada, que llevaba varios años laborando en Venezuela y venía todos los años en la temporada navideña. Era un sector bastante agradable y apacible, donde la mayoría de las casas eran diferentes: con espacios en ambos lados, jardines en la parte frontal, amplias terrazas, columnas decoradas, tejas rojas, colores llamativos y hermosos artesonados en los techos interiores. Además, dos frondosas palmeras flanqueaban las entradas en casi todas las casas, lo que le imprimía un ambiente tropical al sector. Recuerdo que todas las residencias tenían lujosos automóviles, largos y espaciosos, con colores combinados, techos descapotables, sobre todo los que existían en esa época: Chevrolet, Dogde, Ford y otras marcas y estilos hoy desaparecidos.

En esa época aún no se había puesto de moda la construcción de casas iguales ni urbanizaciones con residencias uniformes. Tampoco habían surgido los dueños de las construcciones y conjuntos residenciales del país.  Existían los créditos públicos para la construcción de vivienda y cada benefactor edificaba su residencia al estilo de su satisfacción. Algunos años después regresé a esta ciudad y ya pude apreciar varias urbanizaciones, cuyas casas eran similares: se había puesto de moda el “estilo rancho”, consistente en modestas residencias con techos de dos aguas en forma de A. Este era el modelo que imperaba en el barrio La Victoria, donde estábamos hospedados, y en otros sectores aledaños. Las largas manzanas de casas iguales, separadas por una paredilla mediana, semejaban las casitas que adornan los pesebres navideños. Lo único que seguía más llamativo y hermoso era el barrio “El Prado”, cuyas enormes mansiones de dos o tres plantas, con hermosas columnas, amplios salones y ventanales, hermosos jardines y palmeras exóticas, y bellas lámparas colgantes se robaban la mirada de todos los ocasionales transeúntes.     

Desde La primera llegada a la “Villa de San Nicolás de Barranquilla”, me llamó mucho la atención los letreros que tenían los buses de palo que hacían el transporte urbano y los cuales, la mayoría, exhibían un distintivo que decía Cochofal, palabra que me motivo a consultar el significado: “Cooperativa de Choferes del Atlántico”. Todos los buses, en la parte delantera, visible al público, exhibían unos letreros que decían: Caldas-Recreo, Rebolo-Las Nieves, Paseo Bolívar-Barrio Abajo, Centro-Carrizal, Soledad-Las vacas, La Chinita-El Campito, Prado-Boston, y otros anuncios que no alcanzo a recordar. Valía el trasporte urbano cinco centavos y entregaban un tiquete que contenía el nombre de la ruta, el valor y el número del bus. Una de mis aficiones de coleccionista, me inspiró a coleccionar todos los tiquetes que llegaron a mis manos durante el mes largo que permanecimos en “El faro de América”, otro de los atributos con que se conoce Barranquilla, y que es poco utilizado por sus fervientes admiradores, entre ellos, mi persona.

En esa época, la atracción más grande de Barranquilla era transitar por el Paseo Bolívar, sobre todo, en las horas de la noche para apreciar los abundantes juegos de colores que despedían los avisos luminosos de los almacenes. Recuerdo la propaganda de pinturas Pintuco, en la cual aparecía el hombre de la carátula de los tarros pintando con la brocha. Más adelante, en otra propaganda, un tarro de pintura daba vueltas y se paraba por instantes para que los viandantes apreciaran la marca y los colores. Allá en el fondo del Paseo se observaba un frasco de Colonia de Murray Laman, y también apreciábamos el rostro de una mujer bañándose con Jabón de Reuter. Esa cantidad de cambios y artificios luminosos hacían pensar que nos encontrábamos en jornadas navideñas. Las propagandas y anuncios de los Almacenes TIA y LEY, Pastas Pugliesse, Coca Cola, Kola Román, Pepsy Kola, Leche Ciledco, Emulsión de Scott, Tricofero de Barry, Jabón Palmolive, Pasta Colgate, Detergente Fab y muchos artículos más, que generaban una atracción satisfactoria, quedaron grabados con luces imborrables en mi memoria.

Desde la Barranquilla que yo conocí en esa época hasta hoy han transcurrido sesenta años. Lo que significa que ha sido tiempo suficiente para que la ciudad se haya trasformado totalmente. Por una calamidad familiar, regresé a esa metrópolis hace 12 años, pero no pude apreciar su belleza arquitectónica ni su inmenso desarrollo industrial y comercial. Mi estadía estuvo concentrada en un sector repleto de clínicas y centros de salud. Sin embargo, siempre he estado atento al progreso que ha tenido en los últimos años, y que la mantienen a la vanguardia en los adelantos tecnológicos, culturales, deportivos, industriales y comerciales. Hoy me lamento no haberle seguido los consejos a mi hermana Betty, quien, conocedora de mis grandes dotes para el dibujo lineal y la estética artística, me dijo en varias oportunidades: “Debes estudiar arquitectura en la Universidad del Atlántico”. Preferí dedicarme a la docencia, donde he transitado durante 44 años. Sin embargo, en la actualidad, aunque muy poco la visito, Barranquilla sigue siendo “La ciudad de mis sueños”.

 

Eddie José Daniels García

Sobre el autor

Eddie José Dániels García

Eddie José Dániels García

Reflejos cotidianos

Eddie José Daniels García, Talaigua, Bolívar. Licenciado en Español y Literatura, UPTC, Tunja, Docente del Simón Araújo, Sincelejo y Catedrático, ensayista e Investigador universitario. Cultiva y ejerce pedagogía en la poesía clásica española, la historia de Colombia y regional, la pureza del lenguaje; es columnista, prologuista, conferencista y habitual líder en debates y charlas didácticas sobre la Literatura en la prensa, revistas y encuentros literarios y culturales en toda la Costa del caribe colombiano. Los escritos de Dániels García llaman la atención por la abundancia de hechos y apuntes históricos, políticos y literarios que plantea, sin complejidades innecesarias en su lenguaje claro y didáctico bien reconocido por la crítica estilística costeña, por su esencialidad en la acción y en la descripción de una humanidad y ambiente que destaca la propia vida regional.

1 Comentarios


María Daniels Palencia 05-04-2021 07:37 AM

¡Excelente!

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