Ocio y sociedad

El Viejo y el Perro

Álvaro Rojano Osorio

19/04/2021 - 05:05

 

El Viejo y el Perro

 

Para el viejo fue su último viaje, pese a que antes de emprenderlo dispuso volver a su casa lo antes posible. Mientras que para “Rambo”, su perro, viéndolo partir, fue la última imagen que tuvo de quien lo quiso y protegió.

Para entonces el viejo mantenía un semblante apesadumbrado, producto de tribulaciones por hechos que sólo existían en su mente. Estaba derrotado por la depresión que comenzó a sentir tras sufrir un ataque cardíaco y, después, un accidente cardiovascular. Caminaba lento, sus hombros lucían caídos, y mantenía su cabeza casi hundida en su pecho, como evadiendo a cualquiera persona que lo fuera a saludar.

Pero “Rambo” seguro que no conservó esa imagen en su cerebro, cómo si debió hacerlo con el olor corporal del viejo. Lo almacenó desde la tarde que lo llevó a la casa de la esquina, cuando apenas era más grande que un ratón.  El viejo se lo pidió a un amigo cuando comprendió que era el compañero que necesitaba su nieto, el que tiene su nombre, para que jugaran y corrieran por el extenso patio de sombras escasas que daba un árbol de “lágrimas de San Pablo”. En el mismo en el que el viejo y el niño sembraron un árbol de tamarindo mientras el perro, juguetón, corría entorno a ellos.

El perro y el niño estuvieron juntos hasta cuando este último se fue con su madre. Entonces, el viejo buscó en él la risa de su nieto, los recuerdos de cuando los tres iban a la orilla del río a ver morir la tarde. Cuando andaban por la plaza llena de arena color plomo y de algunas sombras de los árboles de matarratón. Recordaba las noches en las que, acostados, le preguntaba sobre el origen de lo que tuviera a la vista y de lo que se acordaba, y, mientras tanto, “Rambo” permanecía al lado de estos, tranquilo, apelicado, como si aprendiera una lección.

Cuando el nieto se fue, él era un hombre vital, dispuesto para su familia y sus amigos, y protector del perro para cuando este regresara, lo hacía cada seis meses, lo hallara dispuesto a correr y caminar a su lado. Continuó cuidándolo, incluso, cuando se agudizaron los quebrantos de salud. Y cuando requirió de mayores controles médicos en Barranquilla, le confiaba su cuidado a una vecina. A ella fue quien se lo dejó el día que se fue pensando volver, pero que jamás regresó.

La noche antes de ese viaje, “Rambo” lo acompañó, tendido en el suelo, mientras verificó que en el bolso estuviera la medicina que, desde años atrás, tomaba todos los días. El pelo negro del perro brillaba con la luz amarilla del bombillo que estaba encendido en la habitación donde permanecían. El viejo lucía indiferente frente a la mirada de su compañero, el que movía su cola para llamarle la atención. Para entonces ya nada lograba sacarle una sonrisa, ni siquiera las voces de sus nietos llamándolo, amorosamente, “papito”.

El viejo y el perro madrugaron. Él creía que entre más temprano se fueran más rápido volvería, mientras que “Rambo” alojaba la esperanza de que lo llevara como algunas veces sucedió. Y cuando comprendió que no pasaría, se le recostó, mientras éste desayunaba, como pidiéndole que regresara pronto porque de él dependía su felicidad. Lo amaba tanto que disputaba ese amor con cualquier ser humano, y lo hacía mostrándose agresivo.

Ese día, como todos en los que el viejo se marchaba, permaneció dormido debajo de un mueble, sin interesarle la comida, ni ningún hecho que en condiciones normales salía a husmear.  Al día siguiente, desde temprano se ubicó en la terraza de la casa a esperarlo. Al tercer día, buscó en la vivienda el olor de ese ser humano que amaba. Pero él no regresó, la depresión se agudizó y fue internado en una clínica, donde de lo último que habló fue de la melancolía que le producía el sonido de las campanas de los vendedores callejeros de helados que lo llevaban a recordar a sus nietos.

Mi viejo murió y ese hecho me abrumó tanto que decidí no volver a la casa de donde meses antes había partido. Cualquier día regresé y supe que un perro que deambulaba por las calles era el que había adoptado para que fuera el amigo fiel de mi hijo. Lo busqué y lo encontré demacrado, sucio, triste, lo habían lanzado a las calles. Lo recogí y lo regresé a su casa, de donde nunca debió salir.

Mientras lo llevaba, él aullaba y yo lloraba a mi viejo. Así fue cada vez que nos vimos, tiempo en el que imaginaba a mi padre feliz de que lo hubiera rescatado y buscado para protegerlo. Sé que solo está feliz y sin juzgarnos, a mí y al resto de la familia, por el abandono al que lo sometimos; porque, conociéndolo, diría que era el responsable de lo que había sucedido por no haber entendido que todavía le quedaba tiempo por vivir y por no ser capaz de luchar por la vida.

Lloré el día que supe de la muerte de “Rambo”, me reproché el no haber estado más cerca de él, aunque sé que tuvo momentos de felicidad los últimos días de su vida. Nunca lo he olvidado y hoy, cuando se cumplen 26 años de su muerte, con lágrimas en mis ojos, dejo un testimonio del amor que siento por mi viejo y del recuerdo que me acompaña del último perro que lo amó.  

Álvaro Rojano Osorio 

Sobre el autor

Álvaro Rojano Osorio

Álvaro Rojano Osorio

El telégrafo del río

Abogado y escritor de los libros: La Tambora Viva, Musica de la Depresion Momposina. La Musica del Bajo Magdalena, Subregiòn rio. Libro ganador de la beca para la publicación de libros de autores colombianos por parte del Ministerio de Cultura y su Portafolio de Estímulos 2017. El río Magdalena y el canal del Dique: poblamiento y desarrollo en el Bajo Magdalena. Bandas de viento, fiestas, porros y orquestas en el Bajo Magdalena. Coautor de los libros Cuentos de la Bahía. Magdalena, territorio de paz.

@o_rojano

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