Ocio y sociedad

La historia del sereno: más que una brisa, un oficio

María Adelaida Melo

26/11/2021 - 05:15

 

La historia del sereno: más que una brisa, un oficio
El oficio de sereno surgió en el siglo XIX y XX como forma de mantener la seguridad y el alumbrado de las calles / foto: cortesía

Por la silenciosa calle 
se oye la voz del sereno. 
¡Sereno!, dame las llaves; 
sereno que siento miedo. 
Todos con el mismo son 
llaman y llaman: ¡Sereno! 
¡Ay!, que la niña lo amó, 
amó la voz del sereno. 
Amaba sólo su voz, 
porque calmaba sus miedos.

Trini Cano Díaz, “El sereno”

 

¿Usted sabe qué es el sereno?

Me acerco a preguntarles a varias personas si conocen o han escuchado hablar sobre El Sereno, todas, muy sorprendidas, me recitan con problemas la famosa frase “antes de que lo coja el sereno” y lo asocian con esa brisa que se produce en la madrugada.

Históricamente, el sereno es algo completamente diferente. Se trata de un oficio del siglo XIX y XX que consistía en que unos hombres que con diferentes materiales alumbraban y vigilaban las calles.

“Por ahí por 1945 o 1950 en el parque de chaparral había por decirle cuatro esquinas, un hombrecito de pueblo con alpargatas y sombrero era especialista en subir las cañuelas”, me cuenta Cecilia Alvira. “No estaban muy bien uniformados como ahora los policías”.

Le cuesta trabajo recordar por completo, pero después de un café y una tarde de charla comienza su relato: “los famosos serenos eran más que todo en España, en Colombia en la Nueva Granada, ósea la colonia. Ellos ponían una especie de teas, y usaban un material que se llamaba humus y prendían unas estopas, eso quedaba relativamente alumbrando, pero no como las calles de ahora. Tenían un palo que tenían haga de cuenta un cucurucho de helado, pero al revés y les servía para apagarlo.

Su vecino, Ignacio Echandía interrumpe el cuento y dice: “después de un tiempo lo que había eran unas cuchillas, entonces el tipo llegaba como a las seis de la tarde y subía la cuchilla con un palo y una puntilla y prendía la luz y a las 6 de la mañana venia y bajaba la cuchilla y se apagaba la luz.

En la capital colombiana, el oficio de Sereno es el antecedente al alumbrado público tal y como se conoce hoy en día. En 1795, alrededor de cuatro hombres se encargaban de darle luz a la ciudad recorriéndola con unas lámparas de sebo portátiles, hechas con tela untada de grasa de ganado sobre un plato de aluminio. Deambulaban por las calles, tapados por una ruana, vistiendo alpargatas y con un farol en la mano. Después la ciudad colgó faroles –que no eran más que una vela protegida contra las inclemencias del tiempo con algunos recortes de vidrio– en cuerdas suspendidas de una casa a su vecina de enfrente para que, al quedar en la mitad de la calle, se aprovechara más la luz.

En el siglo XVIII, el rey Carlos III instauró el oficio de Sereno como respuesta a una sucesión de robos / foto: cortesíaEl objetivo principal era brindar seguridad a las calles y el servicio lo pagaban los dueños de los almacenes. Como lo muestra una resolución de la época: “el Cuerpo de Serenos fue fundado como policía de seguridad para el Comercio; que ha venido a servir de vigilancia y seguridad para una gran parte de 1a ciudad, tanto por la extensión que se le ha dado, cuanto por el decreto del señor Gobernador sobre policía; y se han hecho muy frecuentes los ataques a los serenos en el servicio, impidiendo los desórdenes”.

En 1842 se cambió la lámpara de cebo y se empezó a utilizar el farol de reverbero, que era una especie de candil que funcionaba con aceite. Posteriormente, la Junta de Comercio de sintió la necesidad de instalar un alumbrado con estos faroles a base de aceite, que después fueron cambiadas por lámparas de petróleo en 1867.

El nombre de sereno se les dio porque eran hombres que vigilaban que todo estuviera en tranquilidad. En Bogotá pasaban gritando “las doce de la noche y todo en calma”. Para 1890, ya no eran solo cuatro hombres sino un Cuerpo de Serenos los que vigilaban la capital. Trabajaban únicamente en la noche, eran obreros y artesanos que prestaban servicios desde las de seis de la tarde a seis de la mañana encendiendo los faroles de  petróleo que colgaban en las principales calles.

Herencia de la España imperial

Los bogotanos esperaban ponerse al nivel de otras ciudades del mundo, contaban desde 1795 con un cuerpo de alumbrado y serenos que promovió Antonio Nariño en 1791. Para mediados del siglo XIX sabían que París tenía 5.000 faroles instalados en su área urbana desde 1750; que Londres en 1807 tenía alumbrado público suministrado con gas.

El oficio de Sereno fue una de las muchas herencias de la España colonial, ya que en el siglo XVIII el rey Carlos III lo instauró a consecuencia de una sucesión de robos que se presentaban en la ciudad en los sectores burgueses. 

Marisa López Valero, es española. Me contó con melancolía como la gente llamaba al Sereno en Madrid para que le abriera la puerta, pues además de vigilar las calles y proporcionar luz, este era uno de los oficios que desempeñaba: “llegábamos del colegio con mis hermanos y gritábamos ‘sereeeeno’, con el palo que llevaban golpeaban la farola y te gritaban ‘yaaa’ para decirte que ya iba, si tardaba en venir podías llamarlo dando palmas. El venía con un aro en donde colgaban un montonazo de llaves que hacían un ruido muy fuerte a abrirnos el portal de casa. Yo conocía a muchos serenos porque había muchos por mi barrio, salamanca, pero a cada uno le correspondía un número de casas específico. En esos tiempos nadie tenía llaves de los portales, eran muy antiguos; unas puertas muy grandes de madera, cada una de las llaves que tenía el hombre correspondían a cada un portal diferente”.

Estamos hablando de 1949 más o menos, entre risas me dice “mis años mozos; los serenos llevaban cómo un abrigo muy largo, unos botones muy grandes dorados y una gorra de plato, algo parecido a los soldados antiguos o policías. Tenían un palo que se parecía a un bastón, con eso encendían las farolas y las apagaban, cada una tenía una ventana de cristal que se abría y ahí encendían y luego la cerraban. Con un apaga velas de ahora la ponían sobre la mecha y la apagaban.  A veces pasaban y decían la hora.

Cuando le pregunto si se acuerda de nombre de su sereno sonríe y agrega: “recuerdo que el mío se llamaba Efraín, era como de la casa, en navidad subían casa por casa con una postal que le daban a los vecinos a los que les habían servido todo el año, la gente le daba el aguinaldo, un dinerillo, o les daban turrones, botellas y algunas cosas de comer. A mi padre le decía ‘buenas noches don francisco’ y mi padre le daba algún dinerillo.

La historia del sereno, mucho más que una brisa de la madrugada que nos puede hacer enfermar, eran esos hombres que brindaban un sentimiento seguridad, por estos días mejor éntrese temprano que ya no hay sereno…

 

María Adelaida Melo

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