Ocio y sociedad

El Marqués de la Albarrada

Eddie José Dániels García

05/01/2022 - 05:25

 

El Marqués de la Albarrada
La iglesia de San Roque de Talaigua / Foto: archivo PanoramaCultural.com.co

“¿No vino José Guillermo?”, es la pregunta que generalmente me hacen casi al mismo tiempo las hermanas Mancera, Hilda y Elisa, cada vez que las visito los 31 de diciembre, cuando llego a San Roque de Talaigua a pasar el fin de año al lado de mi hermana Samira. “No vino”, les respondo. “Él dice que no le gusta salir de la Ciudad de los Cangrejos”. “Qué es eso?” me pregunta la niña Elisa. “Cartagena, la ciudad más bella del mundo”, según afirma mi hermano, le contesto. Y he visto que es cierto que no le gusta salir del “Corralito de Piedra”, porque, desde que sembró ancla en esta histórica urbe, rara vez traspasa sus fronteras citadinas por temor a extraviarse en el exterior, que desconoce desde 1978, cuando la conoció y la eligió para vivir en ella “el resto de sus días”, como dicen las enamoradas de las telenovelas mexicanas. Aquí vive feliz, al lado de su esposa Giomar Aljure, sus tres hijos: Nacira del Carmen, Sadam José, Salim Hassan y su nieta Sherezade Hale, quien le ilumina la musa cada vez que se sienta a jugar con el computador.

Mi hermano Joce Guillermo, escrito con “C” por su propia determinación, ocupa el sexto puesto entre los hermanos Daniels García, “seis mochorocos y tres mujeres”, como decía mi papá, don Tomás Daniels Avendaño, natural de Mompós, quien se asomó a San Roque de Talaigua en los albores de 1938 con un feliz nombramiento de maestro de escuela rural. Aquí conoció a nuestra madre, Donatila García Maldonado, a quien los hijos le apocopamos el nombre porque nos parecía muy brusco y sólo la llamábamos Dona. Era hija de Asterio García Asnate, natural de El Carmen de Bolívar, familiar lejano de Aminadab García, oriundo de Caimito, Sucre, quien era el bisabuelo de García Márquez. Joce, con “C” y sin tilde, como él acostumbra a firmar ocupa el cuarto lugar entre los hombres. Le anteceden la trilogía formada por, Amaranto, Tomás Emilio y Franco, todos residentes fuera del terruño que los vio nacer. Le suceden Eddie, quien escribe esta nota y reside en Sincelejo, y Asdrúbal, habitante de Orito, un pueblo empotrado en las montañas del Putumayo.

Nuestras hermanas ocupan una posición privilegiada en la línea fraternal: Betty, la primera, vive en Bogotá y el exterior, Haydee, la del medio, reside en San Roque de Talaigua administrando su macro almacén, y Samira, la última, habita también en nuestro pueblo, dedicada a la profesión docente. Desde hace muchos años, mi hermano se acostumbró a utilizar el distintivo, “El Marqués de la Taruya”, consagrado a manera de título nobiliario para ilustrar su nombre y firmar sus escritos. No es un seudónimo, porque jamás oculta su nombre de pila. Sin embargo, yo, muy consciente de mi proceder, he optado por llamarlo “El Marqués de Albarrada”, para con ello rendirle tributo a la calle, paralela al antiquísimo Rio Magdalena, donde los nueve hermanos tuvimos la fortuna de abrir los ojos y pasar la niñez, acariciando las aguas y viendo pasar las canoas, las chalupas y las lanchas que hacían su recorrido entre Mompós y Magangué, trasportando mercancías y pasajeros que habitaban en todos los pueblos intermedios, ubicados en las riberas del río.

Hace muchísimos años, también veíamos pasar los grandes remolcadores con sus grandes planchones llevando abarrotes y ganado vacuno para el interior del país. Asimismo, apreciábamos los barcos de rueda, de tres y cuatro pisos, repletos de pasajeros, haciendo el recorrido entre Barranquilla o Cartagena y la Dorada, Caldas, mientras sus habitantes transitorios se deleitaban acariciando la belleza del paisaje fluvial y oyendo la música de moda en todo el recorrido del viaje, que alcazaba una duración de 12 a 13 días. Hoy, nos iluminan los recuerdos, “El Monserrate”, “El David Arango”, “EL libertador”, “La Concordia” y otros que se me esconden en la memoria. Nos contaba Dona, que en su juventud veía pasar el “Nueva Fidelidad”, de ida o de regreso, el lujoso barco donde Florentino Ariza y Fermina Daza, los protagonistas de “El amor en los tiempos del cólera”, la célebre novela de Gabriel García Márquez, hicieron su viaje de enamorados, casi una especie de luna de miel, tras una espera de más de medio siglo para cristalizar la relación amorosa.

Nuestra humilde vivienda, con techo de palma y paredes de barro, tenía una ubicación privilegiada en el corazón de la albarrada, y gracias a que no existía ninguna muralla que impidiera la visibilidad panorámica, todos los Daniels García tuvimos la oportunidad de apreciar el transporte y el movimiento fluvial. Hoy, por una ligereza del Gobierno o de cualquier entidad corrupta y burocrática, construyeron a lo largo del pueblo un tosco paredón de dos metros de alto que impide apreciar la naturaleza acuática, adornada con la belleza inviolable del río. “Ya vio el río?”, me preguntó mi compadre Rafael Barrios, apenas le comuniqué que me encontraba en el pueblo de mis entrañas. “Nada, compadre, ahora es imposible verlo por causa de la muralla”, le respondí. En una oportunidad, le oí decir al “Marqués de la Albarrada” que pensaba presentar una tutela, ilustrada con argumentos serios y definidos, para hacer derribar el basto malencón. No obstante, pasó el tiempo, y su fértil proyecto se quedó en el disco duro de su PC, pues nunca más volvió a referirse a este asunto.

Mi querido y admirado hermano Joce Guillermo, quien es mi eterno consultor, y a quien considero el hijo más ilustre de San Roque Talaigua, merced a su insuperable talento de escritor, nació la calurosa tarde del miércoles 28 de julio de 1948, cuando, aún, todo el país se sentía entristecido y lloraba la muerte del caudillo popular Jorge Eliécer Gaitán, ocurrida el 9 de abril de ese año, quien estaba destinado, con toda seguridad, a ser el nuevo huésped del Palacio de la Carrera en 1950. Nos contaba Dona que había nacido con los ojos abiertos y bastante débil en medio de un parto un tanto dificultoso. Sin embargo, muy pronto ganó la estabilidad de un niño nacido normalmente. A medida que ganaba edad, santificó su niñez nadando en el Magdalena, cazando pájaros, arriando agua en galones, pateando bola en la albarrada y en la plaza del cementerio, bajando cargas de las lanchas, ayudando a mi tío Enrique en su carpintería y estudiando con velas para cumplir con las tareas en la Escuela Rural de Varones donde nuestro padre era el director.

Como caso curioso, el Marqués de la Albarrada realizó los estudios de secundaria en un periplo que inició en el Colegio Diego Hernández de Gallegos de Barrancabermeja, los continuó en el Colegio María Auxiliadora de Santa Ana, Magdalena, los siguió en el Colegio de Bachillerato de Soledad, Atlántico, y los culminó en el famoso Colegio Pinillos de la ilustre Villa de Santa Cruz de Mompós. En este glorioso claustro, donde cursó los dos últimos años del bachillerato, tuvo la oportunidad de realizar sus primeros pinitos oratorios en una huelga estudiantil que se realizó en 1968 para sacar al Prefecto de Disciplina, quien quería imponerle al alumnado un régimen castrense. Culminado su bachillerato se fue al Seminario de la Ceja, Antioquia, con miras a conquistar la tonsura sacerdotal. Pero, fracaso en este objetivo. Durante seis años se dedicó a la docencia: primero, como profesor, en el Colegio Nacional del Banco, Magdalena, luego, como rector, en los recién fundados Colegios de Bachillerato de San Roque de Talaigua y Zambrano, Bolívar.

A finales de 1978 se radicó en “La Ciudad más bella del Mundo”, tras haber llegado de Pasto, donde cursó dos semestres de Derecho en la Universidad de Nariño. En esa ciudad se inició en el periodismo, al ser colaborador de varios órganos informativos. En 1979, se matriculó en la Facultad de Derecho de la celebérrima Universidad de Cartagena. Alcanzó a obtener su diploma profesional, el cual abandonó para dedicarse a la docencia, la cual alternaba con el “precioso arte de escribir” o “el oficio más bello del mundo”, como decía Gabito. En esta ciudad ha encontrado el medio propicio para desarrollar su talento literario, el cual es visible en varios libros publicados, que encierran el cultivo de varios géneros: periodismo, ensayo, cuento, novela, crónica, crítica, etc. Sin embargo, su mayor pasión es la mitología, a la cual le ha dedicado el mayor tiempo de sus canas y le han dado como resultado la publicación de dos diccionarios de esta temática. Y mientras pasa el tiempo, cada día se va olvidando más del terruño que lo vio nacer. Y yo seguiré dándoles a las Mancera la misma respuesta cada vez que vengo al pueblo de mis entrañas, las visito y me formulan la misma pregunta.

 

Eddie José Daniels García

Crónica escrita desde San Roque de Talaigua

Sobre el autor

Eddie José Dániels García

Eddie José Dániels García

Reflejos cotidianos

Eddie José Daniels García, Talaigua, Bolívar. Licenciado en Español y Literatura, UPTC, Tunja, Docente del Simón Araújo, Sincelejo y Catedrático, ensayista e Investigador universitario. Cultiva y ejerce pedagogía en la poesía clásica española, la historia de Colombia y regional, la pureza del lenguaje; es columnista, prologuista, conferencista y habitual líder en debates y charlas didácticas sobre la Literatura en la prensa, revistas y encuentros literarios y culturales en toda la Costa del caribe colombiano. Los escritos de Dániels García llaman la atención por la abundancia de hechos y apuntes históricos, políticos y literarios que plantea, sin complejidades innecesarias en su lenguaje claro y didáctico bien reconocido por la crítica estilística costeña, por su esencialidad en la acción y en la descripción de una humanidad y ambiente que destaca la propia vida regional.

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