Ocio y sociedad

El empleado en las artes de la pobreza

Alex Gutiérrez Navarro

02/05/2022 - 05:25

 

El empleado en las artes de la pobreza
José Elías Márquez observa el atardecer en La Paz / Foto: Alex Gutiérrez Navarro

Quinto de una serie de 6 artículos periodísticos que pretenden rescatar la tradición oral de tres municipios del departamento Cesar: Manaure, La Paz y San Diego.

 

Solía sentarse en la terraza a divisar los atardeceres que se funden en las tumbas del cementerio central de La Paz. Con los últimos rayos de sol también veía consumir la llama de su largo aliento. Aunque le faltó poco para completar el siglo de vida, tenía un solo rasgo senil –la añoranza de la aldea campesina de otros tiempos-, cuyos caminos eran de herradura y donde la gente se acostaba a las seis y media de la tarde. Todo el ámbito de la que fue su vivienda es una reminiscencia de las décadas antiguas: paredes de bahareque, vigas de madera cruda, taburetes de cuero, la mesa de pelar gallinas, el ineludible olor a establo.

––Yo nací el 11 de septiembre de 1927 ––dice José Elías––, una tarde de abril de 2020. Elodia Márquez fue la que me echó al mundo. Mi padre fue Narciso Rosado, de Los Tupes, pero yo fui criado por mi abuela Hipólita Castilla. Me cogió de 7 meses de nacido. Ahí fue donde yo sentí calor de madre. Murió de 105 años y todavía la recuerdo. ¡Caramba! Con aquel amor.

De ojos negros, cabello enmarañado y facciones endurecidas, como la de los hombres acostumbrados al trabajo rudimentario. Tenía una catadura de viejo amable, de sabio solitario y pueblerino. Cándido, sereno, de impulsos atemperados. ‘Chale’, o ‘Chalía, como también fue conocido, era de apariencia sencilla, pero sorprendía con los refranes de su singular repertorio, por su conocimiento de las cosas elementales de la vida. Guardaba silencio de forma oportuna y hablaba cuando tenía que hablar. No tenía engreimientos de ninguna clase.

José Elías nos invita ––a Luis, un primo que tercia en la conversación, y a mí–– a tomar asientos de pieles curtidas. La tarde es de brisas reposadas y mansas, como las aguas del Río ‘Mocho’, que bordea los patios de las casas vecinas. El tiempo transcurre sin que alguien advierta el paso de las horas. Da lo mismo que sean las cuatro o las seis. A lo lejos se escucha, a través de un radiorreceptor en sintonía de una emisora comercial, el vallenato ‘Se equivocó’, de Lázaro Alfonso Cotes, interpretada por los Hermanos Zuleta. No sientas miedo/ quiere tu vida/ que yo no quiero/ causar herida.

––¿Usted vive solo acá? ––pregunto.

––No, ahí tengo el patio y to’ esas cosas antiguas ––repone––. Ésta es una casita que le han tomado fotos. Han venido hasta de Sincelejo. Las cosas no han sido con plata ni nada, sino con voluntad. Siempre me ha gustado la tranquilidad, lo correcto por delante. Eso es lo bonito para uno, que el alma esté despejadita. Aquí, donde me ve usted sentado, no tengo problemas con nadie.

La soledad de sus últimos años tenía muchas formas. Los saludos efusivos a gentes desconocidas, las monedas obsequiadas a niños menesterosos con la orden de comprar panes, la preparación del café, la limpieza de los trastos sucios, los desvelos en la madrugada y la sintonía de la radio en estaciones comerciales y de noticias.

––Tengo una radiola ahí que me ayuda a confortar el alma, pero a veces me da cierta tristeza en la vida. ¡Dios mío!, después de tener tanto acompañamiento, hoy siento cómo estoy y se me salen las lágrimas.

No obstante, sabía que después del llanto el corazón se ensancha y empieza a latir con fuerzas restauradas. Que Dios a los hombres prueba el temple con situaciones difíciles y experimentos intrincados. Recapacitaba. Sabía que muchas circunstancias eran invariablemente jodidas, pero no se quejaba. Volvía a encontrar motivos de gratitud. Con esa experiencia hablaba a sus hijos y a todo el que se acercara en busca de su verbo. Miraba una y otra vez sus propios horizontes recorridos y una sola frase podía ser otro rasgo de su soledad o una invitación a callar. “Ustedes no saben lo que les espera”.

Aquella tarde de abril sus silencios fueron contados. Por momentos, nuestra conversación era un monólogo sedante que sojuzgaba la naturaleza a su alrededor. Los pájaros reprimían sus gorjeos. La brisa se detenía, impávida. Chale no lo dijo, pero lo intuí. Con las palabras que cazaba al vuelo para extender el diálogo, también pedía una prórroga a la vida. Quería seguir viendo los crepúsculos idílicos del pueblo, sacar los taburetes, recibir alegres compañías. Acaso, estos espacios eran el mejor bálsamo para su soledad.

––Vea, mis padres no me dieron estudios ––afirma sin que le haga pregunta––. Las puertas de esta casita eran de estera que hacían de cabuya. Armaban el telón. Lo alzaban de día y lo bajaban de noche.

Fue criado en una época en que la autoridad era incuestionable y los padres tenían la facultad de direccionar todos los asuntos de la vida de los hijos. Sin embargo, en lugar de la tutoría de sus progenitores, contó con la asistencia de “puros viejos”, como él mismo aseveró; personas mayores, dueñas de fincas, para las que trabajaba. Muchas de estas gentes no sabían leer o escribir, pero tenían una inteligencia con la que resolvían los frecuentes problemas de la cotidianeidad. Ante los comentarios que alguno hiciera sobre su terquedad, sabía responder que, “al fin y al cabo no podía ser de otra forma, que todo respondía al modelo con que lo educaron”.

––Trabajé con el viejo Juancito Zuleta ––declara––. Quizás, no lo has oído mencionar. Fernando Zuleta, Santica Zuleta; Antonio Morales, quien tuvo renombre porque componía décimas. El señor Manuel Moscote, Francisca Zuleta, Pedro Pino, Cayetano Oñate, Pedro Olivella, entre otros. Ya to’ esa gente ha muerto.

“Yo aprendí las artes de la pobreza. Fui ordeñador y machetero. No me entusiasmó más nada. Y nadie tiene que decir José Elías robó, José Elías hizo esto, no. Por eso le pido a Dios que me lleve conforme voy, que no vaya a tener tropezón antes de morirme; para que nadie le hable mal de mí a mis hijos. Esa es la consigna, la idea que llevo en el pensamiento”.

José Elías Márquez sentado en su taburete / Foto: Alex Gutiérrez Navarro

Pregunto su nombre completo con la intención de encontrar algún dato revelador. Hasta entonces, ignoro que el primer apellido con el que se presenta es el de su madre. La razón que arguye es un presunto estigma, en aquel momento, del apellido Rosado, el de su papá. Cuenta que una vez lo detuvo la Policía y le pidieron los documentos de identificación. No pasó nada más, pero desde entonces resolvió nombrarse solo con el apellido de su mamá. Creía que los Rosado no andaban en los mejores pasos y no quería estar asociado a los rumores oscuros que giraban en torno a esa parte de su familia.

––Después de ese día, nada más fue José Elías Márquez ––asegura entre risas.

Vivía a pocos pasos de su última morada, el Cementerio Central de La Paz. Allí aprendió a hacer necropsias de forma artesanal y conoció a un sinnúmero de médicos forenses que después se convertirían en sus amigos. Por la época en que las Guerrillas y los Paramilitares desarrollaron un persistente accionar en La Paz, las muertes violentas estaban a la orden del día. En ese medio también aprendió, empíricamente, sobre la anatomía del cuerpo humano. Mencionaba que el cerebelo “es como un corazón pequeño que está a la intemperie, porque se rompe esa tela, se jala y listo”.

––La necropsia no es que uno va a tirar cuchillo a la loca. Los nervios hay que ponerlos en su puesto, porque usted piensa para coger un muerto y rajarlo.

Una de las anécdotas que trajo a colación esa tarde versaba sobre los tiempos en que iba con sus amigos a pescar al Río Mocho.

––Este era Río que tenía pescado, ¿oyó? ––dice, con las pupilas dilatadas, queriendo despertar el asombro. Lo acompañaba Ramoncito Castilla, Magdaleno Araújo y, a veces, el ‘Mono Pepa’, un maniático a quien todos conocían en el Pueblo porque ejecutaba el acordeón imaginario y vivía diciendo que “para ser loco hay que tener mucho juicio”.

––Una vez al Mono Pepa le picó una avispa por allá en la orilla del Río y se le hincharon los labios. La mamá, Juana Oliva Torres, nos insultó –manifiesta-, con un dejo inexpresivo que no enseña la nostalgia ni el desagrado.

––¿Por qué cosas se siente usted agradecido? ––interrogo––, queriendo tramitar el momento final de la entrevista.

––El pueblo me ha apreciado, ¿sabes? No tengo nada de qué quejarme. Tengo bastantes amigos. La mayor parte de ellos se ha muerto. ¿Oyeron ustedes a Enio Torres? ¿A Polancho, el que era hermano del ‘Negro Gutiérrez? ¿A Miro Jarrá (sic)? ¿A Jairo Becerra? Ellos venían y nos reuníamos aquí. Esta era la hora en que se iban. Hay otros amigos que todavía viven. Juan Carlos Olivella ––ya fallecido––, Filiberto Arzuaga, y otro tantos. Yo digo que el orgullo no vale cinco centavos, y les digo que hay que echarlo a un lado.

––¿Cuál es el mensaje para finalizar, Chale? ––Inquiero.

––Pidan por mi vida y pídanle a la vida mía, que yo le pido permiso a Dios y los ayudo. Es una emoción para mí cuando me dicen “Chale, nos vas a hacer falta cuando te mueras”. Son cosas que a veces lloro, oiga, a veces lloro.

 

Alex Gutiérrez Navarro

Sobre el autor

Alex Gutiérrez Navarro

Alex Gutiérrez Navarro

Zarpazos de la nostalgia

Nacido en La Paz, Cesar y criado en Macondo, la sede del mundo jamás conocido. Escribe para imprimir fuerza a los relatos ordinarios a través de la extraordinaria conquista de la palabra impresa. Lector asiduo. Estudiante de la vida. Periodista y Comunicador Social en formación. 

@Que_manito

1 Comentarios


Rocío ortega 02-05-2022 05:57 PM

Exelente

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