Ocio y sociedad

Vicente

Álvaro Rojano Osorio

14/06/2024 - 05:10

 

Vicente
Vicente, un personaje del Caribe colombiano / Foto: Álvaro Rojano Osorio

 

Tiempo después de la pandemia del Covid- 19, pregunté por Vicente. Me respondieron que había limitado sus salidas a la calle. También supe que la bicicleta que utilizaba para andar por el pueblo, lucía mohosa por la falta de uso y permanecía recostada en una pared. Además, me aseguraron que pocas veces se sentaba en frente de su vivienda como lo hacía desde tiempos inveterados.

Interesado en saber qué le sucedía, lo visité. Me dio como razón principal para no salir, los dolores constantes en la rodilla derecha, que, según él, lo tenían caminando como lo hacen los cangrejos cuando trepan los barrancos del río Magdalena. Caía la tarde cuando lo abordé. Estaba en el patio de su casa, en bermuda y sin camisa. A su lado se encontraba Nubia, su mujer, a la que se le conoce como “La pipi”, y con la que tuvo 15 hijos.

A propósito de sus hijos, recordamos la historia de cuando su compadre Edelberto Muñoz le preguntó cuántos eran y lo que le respondió: “La cantidad no la conozco, lo que sé es que, cuando me levanto de la cama y camino entre el cuarto y la sala, eso es un pisa pelado y pisa pelado”.

Vicente aprovechó el contexto de la conversación para indicar que no comprendía por qué el número de hijos no era mayor. Lo dice argumentando que, en su juventud, llegó a tener simultáneamente nueve novias. Nubia, al escucharlo, lanzó una carcajada cuyo sonido era metálico. Procuró hacerlo alargando la risotada para darle un matiz de burla.

También aseveró que, pese a tener ese número de enamoradas, él había escogido a Carmen Arrieta para que fuera su esposa. En esta oportunidad, “La pipi” guardó silencio y lo miró atento, mientras él indicaba: “Pero mis intenciones se frustraron cuando tuve un desliz con una de mis novias”.

Lo que vivió lo narra como si apenas hubiera acontecido: “Fue una noche en la que el ron me jugó una mala pasada. Me entusiasmé más de lo que debía con unos besos que nos dimos. Las caricias, el contacto físico y la promesa de que iba a ser mi esposa, me ayudaron a convencerla de que tuviéramos relaciones sexuales. Ella era virgen. Además, lo hice creído de que iba a ser un secreto entre los dos, pero me equivoqué”.

“Al día siguiente de lo sucedido, temprano en la mañana, cuando todavía en mi paladar reinaba el sabor del ron Caña, tocaron la puerta de la vivienda de Leopoldo Rodríguez, con quien había terminado la parranda, y quien me invitó a dormir a su casa.  Leopoldo abrió la puerta y yo escuché cuando preguntaron por mí. Me levanté de la cama y me di cuenta de que eran varios agentes de la policía. Me buscaban para detenerme después de que la mamá de ella me denunciara por lo sucedido la noche anterior”.

“Le dije a los policías: Váyanse que yo voy a la alcaldía, porque a la fuerza nadie me saca de aquí”.

“Después de desayunar me encaminé hacia la alcaldía, pero ya unos policías iban por mí. Pasamos frente a la vivienda de Rosa Elena, y ahí, en la puerta, estaba Carmen. La miré, no me dijo nada, sin embargo, con señas me hizo saber que lo nuestro se había acabado”.

Entonces, Vicente se enfrentó a tres hechos que lo llenaron de tristeza: el perder a quien deseaba que fuera su esposa, el permanecer en la cárcel, y la posibilidad de casarse con una mujer a la que no quería.

“Me resistía a perder a Carmen, aunque yo tenía la certeza de que ella estaba dispuesta a no tener más nada conmigo, porque, además de que nunca me visitó, no volvió a aceptar las cartas que le mandé pidiéndole perdón y asegurándole que una vez resolviera la situación que vivía, me casaría con ella”.

Sin embargo, la promesa que le hacía a Carmen era ilusoria frente a su realidad procesal. Y pese a la resistencia de Vicente a casarse, la notificación del secretario del juzgado, que era su padrino, de que sería trasladado a otra cárcel, lo llevó a aceptar lo que pedía la familia de la novia como manera de resarcir los daños que había causado a la honra de ellos.

“Cuando mi padrino Leopoldito me dijo: “Ahijado, tenemos que trasladarlo para la cárcel de Plato”, yo tragué en seco y le pregunté: Padrino, que otra solución existe que sea distinta al matrimonio. Él me respondió: “La dote, pero ni usted tiene para pagarla, ni la familia de ella la quiere. Lo que desean es la boda.” Nos casamos, ella se fue para la casa y yo para la cárcel. Aunque ese mismo día me dieron libertad”.

“Para cuando se casó ya tenía dos hijos conmigo. Intervino La pipi. Pero, él vivía en su casa y yo en la mía”.

“Al día siguiente del matrimonio me fui para Venezuela, donde duré un año. De regreso a Colombia me ubiqué en Hatoviejo donde me conseguí una muchacha con la que tuve un hijo que no volví a ver, porque un día cualquiera, Pipi y yo nos encontramos. Ella recién había llegado de San Andrés. Estaba bonita. Le propuse que nos fuéramos a vivir”.

Pero, como en las relaciones sentimentales no basta el amor, las dificultades económicas afloraron. Sin tener para dónde ir, porque la suegra, no gustaba de Vicente, decidieron acomodarse, casi que sin tener donde dormir, en la casa del papá de éste. Pero el mal genio de ella y el de la mujer de uno de sus hermanos, que también vivía ahí, no permitió que pudieran permanecer en la vivienda por mucho tiempo.

“Entonces comenzamos a andar de casa en casa, como lo hace el armadillo, hasta que un día salí a solucionar ese problema y la encontré en la loma de la escuela para varones. Invadimos una parte de este cerro, y utilizando una escoba, un machete y un rastrillo, limpiamos la parte donde construimos un rancho al que, por estar en la cúspide, lo llamaron “El Apolo 11”.  Además, por los materiales utilizados en la construcción, como el techo de ramas de coco, trozos de mata de corozo o latas, pedazos de cartón y hasta de trapos, algunas personas preguntaban que, si los que vivíamos en la casucha, por su parecido con un nido, éramos familia de las palomas”.

Las condiciones de la vivienda eran precarias, tanto que cuando llovía corrían llevando a sus hijos para que se refugiaran en las casas cercanas. Mientras que ellos, si permanecían en ella, se metían debajo de una mesa que cubrían con un plástico.

En el “Apolo 11”, la pobreza y los hijos se multiplicaron. Desde entonces, aseguró Vicente, la mano mala se convirtió en su favorita.

De lo que vivieron en esa casucha, Vicente contó algunos hechos:

“En uno de esos tantos partos de Pipi salí a buscar a la partera, y al regresar sin ella, encontré que ya había dado a luz.  Entonces, agarré al niño, mientras esta llegaba para cortarle el cordón umbilical. Pero como el recién nacido estaba mojado por el líquido amniótico, se me resbaló y cayó sobre las cenizas de un fogón apagado que teníamos dentro de la casucha para espantar los mosquitos. Así lo encontró la comadrona, quien, además de lavarlo, lo bautizó como Juan Cenizas”.

“Con diez niños y niñas que alimentar, una mañana, acosado por la mano mala, y con solo media libra de queso que ofrecerles como desayuno, encontré como solución el rayarlo lo más menudo posible para verterlo en un atomizador plástico. Después comencé a fumigarlo sobre la yuca que Pipi le había servido a cada uno de ellos”.

“En tanto tiempo de estar juntos, hubo varias separaciones, producto de mis celos, de mi mal genio. Debido a la mano mala que no le permite a uno estar alegre. De esas desuniones, la que más recuerdo fue en la que, después de que se marchara para Barranquilla, se presentó una diarrea entre los pelados más pequeños. Imagínese, yo no terminaba de limpiar a uno cuando ya tenía que lavar otro. Eso me hizo recapacitar y renunciar a la idea de no buscarla más. Madrugué para Barranquilla, y le rogué que regresara y se hiciera cargo de esa muchachada enferma”.

La pipi, después de escuchar a Vicente, intervino para indicar que, posteriormente, la situación económica les cambió, tanto que lograron construir una buena vivienda cerca de donde levantaron el “Apolo 11”.  

Se hizo de noche y con ella llegaron los mosquitos de la prima. Entonces, les anuncié a la pareja que me marchaba. Vicente, extendiéndome la mano, a manera de despedida, señaló:

“Sé que va huyéndole de los mosquitos, pero, espere para narrarle la historia que me sucedió con uno de ellos. Una nochecita en que estaba cenando acá en el patio, sentí un sonido como de lluvia, miré para el cielo y me di cuenta de que estaba completamente estrellado. Pero al sentir que el ruido continuaba, comencé a observar de dónde provenía, y comprendí que era un mosquito que se acercaba. Cuando se ubicó sobre la mesa donde cenaba, vi que era grande. Entonces me le acerqué y le levanté un ala, lo que me permitió leer una frase qué decía: Nacido en San Andrés, Islas". 

 

Álvaro Rojano Osorio

Sobre el autor

Álvaro Rojano Osorio

Álvaro Rojano Osorio

El telégrafo del río

Autor de  los libros “Municipio de Pedraza, aproximaciones historicas" (Barranquilla, 2002), “La Tambora viva, música de la depresion momposina” (Barranquilla, 2013), “La música del Bajo Magdalena, subregión río” (Barranquilla, 2017), libro ganador de la beca del Ministerio de Cultura para la publicación de autores colombianos en el portafolio de estímulos 2017, “El río Magdalena y el Canal del Dique: poblamiento y desarrollo en el Bajo Magdalena” (Santa Marta, 2019), “Bandas de viento, fiestas, porros y orquestas en Bajo Magdalena” (Barranquilla, 2019), “Pedraza: fundación, poblamiento y vida cultural” (Santa Marta, 2021).

Coautor de los libros: “Cuentos de la Bahía dos” (Santa Marta, 2017). “Magdalena, territorio de paz” (Santa Marta 2018). Investigador y escritor del libro “El travestismo en el Caribe colombiano, danzas, disfraces y expresiones religiosas”, puiblicado por la editorial La Iguana Ciega de Barranquilla. Ganador de la beca del Ministerio de Cultura para la publicación de autores colombianos en el Portafolio de Estímulos 2020 con la obra “Abel Antonio Villa, el padre del acordeón” (Santa Marta, 2021).

Ganador en 2021 del estímulo “Narraciones sobre el río Magdalena”, otorgado por el Ministerio de Cultura.

@o_rojano

2 Comentarios


Azul palmar 14-06-2024 11:36 AM

Siempre me encanta leer sus historias y ocurrencias estimado Doctor.

Leonardo Fabio Castillo 15-06-2024 06:36 AM

Excelente artículo Alvarito narra una vivencia jocosa del Traqui gran personaje de nuestro querido pueblo Saludos y felicitaciones

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