Opinión

¡Del Viejo Valle a Valledupar!

Alberto Muñoz Peñalosa

01/01/2013 - 13:00

 

Casa de la Cultura (Valledupar)El recuerdo permanece intacto en mi alma: mi padrino Crispín Villazón de Armas, estaba frente a la librería de Melitón Meza y apenas me vio, sentenció sin pensarlo dos veces: “ahijado vaya donde Rubén Argote, de parte mía, que le tome las medidas y le haga un vestido entero bien jalao”.

Acto seguido, explicó con detalles en qué consistía su apreciación acerca de las necesidades de un buen gobierno para Valledupar. Por cierto, ese traje azul turquí me sirvió, durante años, para asistir cada semana a la misa dominical de 6 de la mañana en la entonces iglesia El Rosario, erigida después en Catedral y por un tiempo a la misa sabatina de las tres de la tarde en la iglesia la Concepción, en estricta formación, siempre en la fila del glorioso Ateneo el Rosario.

Valledupar contó siempre con buena estrella y, pese a las múltiples dificultades que debieron sortearse para poder avanzar, se mantiene erguida en el tiempo, adusta en la razón y atractiva y mágica en gracia de su cultura y su rostro natural vertido en las locaciones naturales con que Dios la premió. Indican los registros históricos, que fue Emilio de la Cruz, el primer alcalde y luego Cristóbal de Almonacid. Entre 1806 y 1813, la gobernó el Marqués de Valde-Hoyos.

La primera gran estremecida del palo la pegó Pepe Castro, como Alcalde durante el periodo comprendido entre el 13 de septiembre de 1966 y 16 de diciembre de 1967. Puede decirse que el ex senador, preparó la transición que llevaría al pueblo a convertirse en la naciente capital del Departamento del Cesar.

Era desde siempre, y sigue siéndolo, la tierra del Pipe Felizola y el chorrobalín. Llevó a cabo una gestión honesta, efectiva en soluciones y creativa en acciones puntuales, como la enderezada del cementerio central, la construcción de la primera avenida y otras no menos modernizantes como el traslado de las mesas de venta de comida, situadas frente al viejo mercado, hasta el lote contiguo a las instalaciones de Copetrán. Allí permanecieron por mucho tiempo y solo la terquedad mantuvo la de la vieja Yoya, en plena calle del cesar, a pocos pasos del mercado.

Entonces, la vida comarcal se agigantaba en las notas musicales de los acordeones, desde el café La Bolsa hasta los confines emocionales de cada habitante, combinadas con rancheras, boleros y las buchácaras sonoras provenientes de las mesas y el traga níquel del rey de los bares.

La ciudad, en épocas, tuvo buenos mandatarios municipales pero el municipio no siempre. Fue Don Manuel Germán Cuello, el primer Alcalde de la Capital e hizo una muy buena labor. Le siguieron Jaime Calderón Brugés, erigido siempre como buen hijo del Valle, don Jorge Dangond Daza, quien había ocupado antes el cargo de 1955 a 1957 y Edgardo Pupo Pupo, otro de los que permanece en el recuerdo realizacional.

Se recuerda la obra de gobierno de Miguel Meza Valera, tan alto como quien esto escribe, de modo especial porque gracias a su tozudez fue posible construir la terminal de transportes, en tiempos en que las grandes obras eran vistas como solo posibles en las urbes.

Más adelante, cuando se inicia en Colombia la elección popular de alcaldes, Valledupar, se estremece de nuevo con la revolución de las pequeñas cosas, la gestión excelente de Rodolfo Campo Soto, quien demostró que es posible gobernar con transparencia y ser efectivo en las acciones aplicadas. Le siguió Aníbal Martínez Zuleta, quien continuó lo que era bueno y aportó soluciones que perduran. Retornó Rodolfo Campo Soto y la ciudad prosiguió en la ruta del progreso.

Después siguieron gobiernos que prefirieron no continuar las líneas en algunos frentes y, si bien es cierto que cada uno mostró intenciones, obras y resultados, de los cuales la historia se encarga y distribuye, honores y reclamos, de manera equitativa según cada caso.

Valledupar se asoma a la sociedad de las ciudades que crecen para ser amadas, alojar a propios y extraños y para acoger a quienes las visitan, con servicios eficientes, eficaces y efectivos, cultura ciudadana, infraestructura acorde con su promoción como ciudad región. Nuestra tierra es hoy el Municipio de Valledupar, con 25 corregimientos y amplia zona rural y seis comunas diseminadas en el territorio urbano, como verdolaga que se eleva.

Este año, un hijo del pueblo, para más señas del puro cañaguate, Fredys Socarrás Reales, asumió el gran desafío de enderezar, esta vez no el cementerio sino el rumbo y conducir el gobierno municipal pese al mar embravecido, con tormentas que se divisan en el horizonte, sin el debido radar económico, en aguas infestadas por tiburones, robustos y decididos a voltear la nave para rapar lo que queda, con planes macabros para hacer claudicar a quien se comprometió a devolver la confianza, a hacer una asepsia cierta en el servicio de lo público, a servir y no a ser servido, a vencer los males del comején que todo lo acaba.

En fin, pese a ese panorama oscuro que amenazante se cierne, hay una gestión en marcha, con transparencia, honesto proceder y acciones consistentes en procura de posibilitar el redireccionamiento por el camino de la decencia y la transformación.

Ad portas del 463º aniversario fundacional, Valledupar “coqueta y vanidosa” deja a todo el que quiera que repita “yo volveré para cortar tu rosa”. Repetimos en coro, lo de siempre, es un honor haber nacido y vivir en ¡esta tierra bendita!

 

Alberto Muñoz Peñaloza

Valle del Cacique Upar

Correo: elhijodedonjulio@gmail.com

Sobre el autor

Alberto Muñoz Peñaloza

Alberto Muñoz Peñaloza

Cosas del Valle

Alberto Muñoz Peñaloza (Valledupar). Es periodista y abogado. Desempeñó el cargo de director de la Casa de la Cultura de Valledupar y su columna “Cosas del Valle” nos abre una ventana sobre todas esas anécdotas que hacen de Valledupar una ciudad única.

@albertomunozpen

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