Opinión
Desde mi ignorancia futbolera

Debo comenzar confesando que nunca pateé un balón, ni siquiera cuando niño. Soy poco aficionado al fútbol, no sé, no me llama la atención al punto de ser hincha furibundo cazador de discusiones. No siento la dopamina futbolística que me induzca a subir en una moto o un carro en una marcha con banderas, espumas, pitos, música a alto volumen, alcohol y gritos, no me veo en una caravana triunfalista porque mi equipo, el de mis preferencias gane un partido o una copa. Tampoco identifico mi patria con una selección de ningún deporte, por buena que sea.
Lo anterior no quiere decir que critico a quienes lo hacen, solo cuento mi experiencia personal. En casa, la cosa es diferente, mis hijos desde pequeños eran hinchas de equipos diferentes, el mayor del América de Cali, el segundo del Nacional, ninguno del Junior, ni del Unión que era lo lógico por pertenecer al Caribe Colombiano. Esto me obligaba a comprar, para ellos, afiches y camisetas de sus equipos. Ellos decoraban sus cuartos con los afiches y ¡ay! del que osara tocarle sus tesoros sagrados.
Por aquello de padre querendón, con sentido de protección hacia el más pequeño, siempre terciaba en favor del menor y tuve que ilustrarme modestamente sobre futbol para poder mediar en las acaloradas polémicas de los fines de semana en que mis hijos se enzarzaban sobre la derrota o el triunfo del equipo de sus preferencias, terminé hablando del Nacional o El Nacho por aquello de que en ese entonces su nómina era netamente de jugadores colombianos.
Pero el futbol no me movía el piso para convertirme en el hincha apasionado de camiseta y escudos tatuados. Andando el tiempo comprendí que lo que al final se valora en el juego son los goles y para evitar sufrimientos y estrés, mientras todo el mundo veía el partido, yo me dedicaba a leer, luego ya sabiendo quien había triunfado, en el noticiero de Tv veía los goles, las mejores jugadas y los comentarios, con esta táctica me ahorraba el estrés y evitaba la impertinencia de manifestar alguna opinión estúpida ante los que se veían el partido y sabían de futbol.
La actual selección Colombia me hizo doblegar mi conducta y haciendo zapping (término anglosajón que se refiere a la acción de cambiar de canal en la televisión mediante un control remoto), sobre todos los canales de la tele, regresaba a donde transmitían el partido, me guiaba por los gritos del vecindario cada vez que había un gol. Por lo anterior no puedo decir que voy a analizar la selección o sus jugadores.
Pero, permítanme opinar sobre lo siguiente: son mis interpretaciones, tal vez equivocadas.
- Parece que el colonialismo futbolístico ha sido vencido, nuestros jugadores juegan de igual a igual con los de las selecciones contrarias.
- Nuestros muchachos superaron la creencia de que la tradición de algunos equipos se imponía sobre el futbol incipiente nuestro. Entendieron que en el futbol no se da la osmosis, ni que es un asunto hereditario de, porque fueron campeones una o dos veces eso les garantiza el triunfo perenne y por tanto había que jugar con miedo, respeto y reverencia.
- El futbolista colombiano ha entendido que en la cancha son once contra once y que hay que jugar bien, tocar la pelota, acariciarla sin perder el enfoque de conjunto.
- Que se gana con goles o penaltis, que también son goles.
- Que la estrategia en el partido la traza el técnico en las charlas y no los comentaristas deportivos.
- Que los jugadores los escoge el técnico, no los clubes ni la ilusión del hincha.
- Que los comentarios periodísticos no deben agrandar ni empequeñecer al jugador, que él debe dar todo de si dentro de la cancha.
- Que nuestro futbol está lo suficiente maduro y a la par del de cualquier país.
- Que somos capaces de hacer sufrir y llorar a selecciones otrora todopoderosas, altaneras e invencibles.
PD. Permítanme hacer unas preguntas para reflexionar:
- Una entrada, dependiendo la tribuna costaba entre tres y cuarenta millones de pesos, la mayoría de nuestros compatriotas la pagó.
- ¿En cuánto bajará el giro de remesas desde USA a Colombia?
- Por tomarse una selfie o un video para presumir ente sus conocidos en Colombia, ¿valía la pena volarse sin boleto al estadio y exponerse a ser reseñado e incluso deportado?
El futbol mueve pasiones y, muchas veces, altera el ánimo al punto de la locura.
Diógenes Armando Pino Ávila
Sobre el autor
Diógenes Armando Pino Ávila
Caletreando
Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).
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