Opinión
Me la comí...

Eran más de las dos y media de la tarde, llenándose ya el templo, en aquellos tiempos en los que la hermandad de Jesus Nazareno de Valencia, constituía un bosque inmenso de historias, de narraciones, comportamientos y, sobre todo, de expresión auténtica de fe cristiana. La gente entraba y salía, alistándose para la celebración eucarística. En la parte posterior, un hombre a quien admiré siempre, Roberto Rosado, encabezaba la mesa de honor, donde se reportaba cada hermano a pagar la cuota anual, pero más que eso, eran los conectores con una tradición de tantísimos años que se mantiene intacta como entonces. Juan Herrera, Miguel Chinchía, el Papayo, mientras de los encargos de la ritualidad se hacía cargo, el portentoso Juancho Morales, con el magistral Wilson González y toda la corte restante de hombres y mujeres que le servían al Nazareno deValencia y a la cofradía.
En una de esas salidas, por la puerta lateral izquierda, la vi por primera vez. Había que verla en su plenitud existencial, paralizada por las miradas acechantes de los que quedamos impávidos ante su cuerpazo, la textura, el rojo carmesí de labios al besarla. Aquella chupantina imaginaria me cautivó, pensé como la desnudaría, primero quitarle lo de arriba, pero rápidamente intuí que sería más placentero, para mayor comodidad, empezar por abajo. Entré de nuevo, pero ya no la vi más.
Días y noches, después, me encontré una, pequeñita con relación a la de Valencia, color cobrizo y palidez anémica, a todo invitaba menos a acercársele. Llegó a mí e hice lo propio. Más jornadas diarias después, otra la pusieron sobre mis piernas, era blanca como una rana platanera, con lunares y pecosidades, a pesar de lo cual, la tomé con delicadeza, la miraba con deseo indisimulable y procedí de conformidad. Es que yo era entonces una especie de ‘torito en crecimiento’, con vigor hormonal a toda prueba.
Mi tercera experiencia ocurrió en la casa de uno de mis compañeros del glorioso Colegio nacional Loperena, me dejó en su cuarto, luego entró con dos bellísimas estampas, una bien morena, la otra colorada, como ruborizada, no sé si por mi presencia o por pura coincidencia. ¿Qué creen que hice?, que más podía hacer, si rememoraba la fuerza masculina de Ricaute, el burro que todos los días pasaba por la, entonces séptima, en busca de la ruta que lo llevaba por las tardes a los montes cercanos de los mayales, más allá de la panadería Castilla, donde era posible conseguir las mejores ‘lenguas, mogollas -con o sin copete azucarado-, las infaltables panochas, con queso encostrado, melosidad con tiznes breves de anís y almíbar sin reservas.
Hubo una más, en la esquina previa a la casa de don Gabi Villar, ese riohachero irrepetible que, a fuerza de liderazgo, ‘trabajo’ diario y cordialidad hasta en los huesos, con el quehacer político como papá, se convirtió en una especie de sabio barrial, mayor respetable, el trompo que mejor bailaba en su cuadra. En la esquina estaba la tienda de nuestro querido Guña, ahí la encontré, con cuerpo aguitarrado y esa textura epidémica que invitaba a chuparla hasta los tuétanos.
No hay quinto malo, le escuché decir a Bardudo el del matracazo, quinta en este caso, y así fue. Lunes santo, en plena esfervescencia de la fe local y ampliada, en el Ecce Homo, el santo patrono de Valledupar, vi la misma de Valencia. Igualita, de las que jamás se encontrarían en botica alguna. Que belleza, que suavidad de piel, perceptible ESD lejos, invitaba a comérsela a besitos, a chupitos, sin necesidad de acariciarla, era desvestirla, de abajo hacia arriba, y pa’ dentro. La miré fijamente, vi otras parecidas, siguiéndolas a todas con mi mirada escrutadora, retadora, conquistadora, decoradora, hasta que vi de donde era que salían. De un carro blanco, carrito decían entonces, que estaba parqueado frente a la casa de la tía, Amantina Castro, donde se arremolinaba la gente. Tenía letreros, por el costado y detrás, “El mediterráneo”. Me fui hacia él, esperé el momento preciso, me acerqué sin pudor, extendí el billete de un peso, abrieron una ventanilla, y la sacaron. La recibí vestida de blanco, un traje de papel, blanco, erotico, sensual y desafiante. La desnudé, con finura y elegancia, de abajo a arriba, contemplé un instante aquella desnudez provocativa y comí mi primera ‘paleta empalitá’, de zapote, roja rojita, que esa en época se conocían como polares, venidas de Barranquilla en aquel ‘cuarto frio’ itinerante. Es injusta a veces, pero, ¡la vida es bella!
Alberto Muñoz Peñaloza
Sobre el autor
Alberto Muñoz Peñaloza
Cosas del Valle
Alberto Muñoz Peñaloza (Valledupar). Es periodista y abogado. Desempeñó el cargo de director de la Casa de la Cultura de Valledupar y su columna “Cosas del Valle” nos abre una ventana sobre todas esas anécdotas que hacen de Valledupar una ciudad única.
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