Opinión

Aquel Valledupar de finales de los años 60

Arnoldo Mestre Arzuaga

25/09/2024 - 04:40

 

Aquel Valledupar de finales de los años 60
El centro histórico de Valledupar en los años 1960 / Foto: créditos a su autor

 

Me encanta escribir. Es una forma de mantenerme activo y lejos del maldito alemán Alzheimer, muy de moda ahora a temprana edad en personas que todavía podían ser útil a la sociedad. Me recreo recordando lugares y describiendo momentos que viví en el pasado, es un ejercicio que practico frecuentemente, y Dios me otorgó el don de poderlo escribir.

Hoy, quiero contarles cómo era nuestra ciudad a finales de los años sesenta. Sólo había unas doscientas líneas telefónicas asistidas por la ayuda económica del club de leones. Contaban con cuatro dígitos. Recuerdo que la estación de taxis ubicada a un lado del café “La bolsa” contaba con este servicio, los taxis, eran camperos 4x4 en su mayoría, Jeep Willis, también había unos cuantos Toyota y unos Nissan Patrol. Se desplazaban por calles destapadas, cubiertas de piedras como ríos en verano, los choferes hacían malabares para que las trasmisiones no se estrellaran con ellas.

Los aviones comerciales eran de motores impulsados por pistones. Muchas veces se incendiaban al encenderlos, entonces un empleado del rudimentario aeropuerto corría con un extinguidor a sofocar el fuego. La pista de aterrizaje, como se le llamaba, era un potrero largo, descubierto, de modo que, cada vez que aterrizaba o se elevaba un avión, levantaba una polvareda que se podía divisar a la distancia.

La energía eléctrica, era sectorizada, impulsada por una planta diésel, muchas veces no había luz por falta de ACPM.

Una vez escuché, no sé si sería cierto, que en el hospital Rosario de López, en el pabellón de caridad, como no había alcantarillado, ni mucho menos hornos crematorios, las placentas de las madres que parían, eran arrojadas a un patio, donde dos hambrientos canes las devoraban, estos estaban gordos y vigorosos.

El cementerio central, estaba casi atravesado en la carrera novena. Siendo alcalde Pepe Castro, en el periodo comprendido entre el 13 de septiembre de 1966 al 16 de diciembre de 1967, amplió la carrera novena, y, para tal fin, mandó a tumbar casi medio cementerio, rodaron, huesos y esqueletos por el suelo, que sus deudos después recogieron.

El balneario Hurtado era poco visitado. Allí tenía Yayo Ustaris un bailadero, animado por un traga níquel, que funcionaba semejante a las actuales Rokola o Gramola, después de depositar una moneda, el interesado seleccionaba la canción que deseaba escuchar, el sitio era frecuentado por contrabandistas y prostitutas.

Para hacer una fiesta familiar, había que contar con el día que le correspondía el servicio de luz a ese sector, las neveras y algunos aparatos eléctricos, había que adaptarles con un elevador, porque la potencia energética no alcanzaba a los 110 voltios.

Como nuestra ciudad era de sana, los robos y atracos eran prácticamente inusuales. Cuando algo parecido sucedía, la ciudad se escandalizaba y las autoridades daban con el delincuente.

Recuerdo a mi primera novia, era una muchacha blanca oriunda de San Juan del Cesar, se puso roja cuando le di el primer beso, y yo no sé de dónde saqué las fuerzas para hacerlo, tal vez sentí más pena que ella.

Los carnavales, eran unas fiestas para todos. Allí se mezclaban pobres y ricos, cada barrio tenía su reina y, al final, se disputaban quién sería la reina central del carnaval.

Los desfiles de carrozas eran inmensos. Castellano, en su taller, era el encargado de decorarlas, también los bancos participaban con su reina, recuerdo que Fina Corso, fue reina bancaria.

Para entonces, había un dicho popular, los pre-carnavales, en Valledupar y los carnavales en barranquilla. Aquí actuaban las mejores orquestas, los conjuntos vallenatos con la figura del cantante, todavía no habían aparecido.

Qué linda fue aquella época, recuerdo que mi novia, me encontró con una nueva conquista, en el radio teatro de radio Guatapurí, más hermosa que ella. Se me acercó y delante de la nueva novia me dijo: “Nondo, préstame tu pañuelo”. Gustosamente se lo extendí, se sentó cómodamente y empezó a limpiarse loss pie con mi perfumado pañuelo con olor a María farina.

 

Arnoldo Mestre Arzuaga

(Nondo Mestre)

Sobre el autor

Arnoldo Mestre Arzuaga

Arnoldo Mestre Arzuaga

La narrativa de Nondo

Arnoldo Mestre Arzuaga (Valledupar) es un abogado apasionado por la agricultura y la ganadería, pero también y sobre todo, un contador de historias que reflejan las costumbres, las tradiciones y los sucesos que muchos han olvidado y que otros ni siquiera conocieron. Ha publicado varias obras entre las que destacamos “Cuentos y Leyendas de mi valle”, “El hombre de las cachacas”, “El sastre innovador” y “Gracias a Cupertino”.

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