Opinión
Las noches mágicas de entonces

Eran otros tiempos, con menos habitantes, tranquilidad comarcal plena, con solo ‘matarratones’, almendros, acacios y una que otra terquedad, como la de la vieja Anaminta quien, por encima de la protesta mental del vecindario sembró su palo de tamarindo en el frente de la casa, para su propia sorpresa, algunos le replicaron su osadía, que explicó durante mucho tiempo, según las manifestaciones del Indio Baudilio y de la afamada Aura Soto, en Corral de Piedra, los malos tiempos, el acecho de la precariedad y las malas horas de quienes habitaban en esas viviendas.
Cuando la lechuza siseaba, en la prima noche, la mala hora acechaba, sobre las nueve de la noche, más si ya se había acostado en casa, la muerte se acercaba sigilosamente, en ambos casos, había que ‘tocar madera’ lo más rápido que se pudiera.
Aquellas noches eran animadas, pese a la oscuridad itinerante, el Valle de los sesenta, de muchísimo juego infantil, de relatos, cuentos, historias y oralidad, irrigándole alegrías, aprendizaje y tradición a la realidad pastoril, iluminada más de las noches con mechones o lámparas de petróleo, de caperuza y de papel. Claro, éramos un pueblo en el mejor sentido de la expresión, con pequeñidad en el trazado urbano marcado por la sencillez de las viviendas, la estrechez de las calles, carreras y callejones, que entonces aparentaban ser anchísimos, con tres salas de cine, denominadas teatros, cada uno con chazas, para el aprovisionamiento de arrancamuels, confites, gomitas, cigarrillos, fosforeras y la chuchería apetecible, y su guarapero (a) particular, con los infaltables pastelitos, caribañolas y pare de contar, cruzándose con los vendedores de butifarras y, durante la época decembrina, de huevos de iguana.
Había dificultades con los servicios públicos básicos, más en el caso del suministro de energía eléctrica, cada cierta cantidad de tiempo, cuando fenecía la reserva de combustible para las viejas plantas generadoras, por lo cual, nos quedábamos a oscuras, con el espectro mágico de las lámparas de petróleo, los mechones y las ‘modernas’ de caperuza cuyo haz de luz sobresalía, por su blancor brillantino, tanto que, guardadas las proporciones, superaban las leds de ahora, como que paralizaban conejos, muscas, mosquitos y pare de contar.
Esas noches inolvidables de diciembre, solo quedan en el recuerdo y en los versos de ‘Serenata decembrina’, la bella obra musical del Dr. Antonio Serrano Zúñiga, como parte del legado imperecedero de Poncho y Emiliano, Los Hermanos Zuleta:
“Ya vuelven nuevamente mis cantares
ya vuelve a despertarte mi acordeón
en esta noche de diciembre y luna llena
al pie de tu ventana te canto esta canción
en esta noche de luceros tan bonita
ay linda morenita te canta mi corazón (…)”.
Alberto Muñoz Peñaloza
Sobre el autor
Alberto Muñoz Peñaloza
Cosas del Valle
Alberto Muñoz Peñaloza (Valledupar). Es periodista y abogado. Desempeñó el cargo de director de la Casa de la Cultura de Valledupar y su columna “Cosas del Valle” nos abre una ventana sobre todas esas anécdotas que hacen de Valledupar una ciudad única.
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