Opinión

La cigüeña conmovida

Alberto Muñoz Peñaloza

13/01/2025 - 06:05

 

La cigüeña conmovida
Una vista aérea del centro histórico de Valledupar / Foto: archivo PanoramaCultural.com.co

 

Esa noche, una de tantas en el viejo Valle, mientras Pan Cachaco cabalgaba en ancas de la fatiga que adormecía su microbiota, para instantes después alborotarla sin compasión, el Chino Cuan se desplazaba raudo y veloz en la destartalada ambulancia del hospital Rosario Pumarejo de López.

El reloj del dañao Veragara ajustaba las 10 en punto, precisamente, la hora de Asterio Castilla, arrinconándose sobre La Escoba, en la estera de siempre, a pocos pasos de Cinco equinas, en los bajos de García Hermanos. Los jugadores de billar en el Continental, en el Palatino y en El rey de los bares, afinaban puntería, sin menoscabo del ruido musical en los traganíqueles de los bares detrás del mercado, en la zona tórrida del incipiente entonces barrio El Carmen. En el otro extremo, por “el triángulo de las bermudas”, entre las cinco primeras casas del barrio Guatapuri y el estadio de fútbol, sin cerramiento ni luces, el Pegüe hacia de las suyas, con la técnica del ahorcamiento simulado, rastreando bolsillos sin musitar palabra porque era mudo, sordo y mono casi albino.

Como transcurría el mes de noviembre, quienes pasaban por el cementerio central jamás volteaban a mirar, pese a ruidos, voces y sonidos estrafalarios, porque la tradición catedratizaba que era el mes de las ánimas y hacerlo era 'meterse en problemas'. Dimas Castilla, Alvarito Quiroz y Poncho Morales, sayón en Semana Santa y cantante de la Banda Picapiedra después, desafiaban la oscuridad, el terror de las calaveras empotradas en cualquier esquina, a sabiendas de que se trataba de 'cocos' de patilla vacíos con orificios que simulaban ojos, boca y nariz de humano y una esperma encendida que resplandecía a medida que la brisa vallenata pasaba y se devolvía.

El asunto es que, como si nada pasara, en las mesas del mercado, las presas de ñeque guisado, de saíno, como de conejo y guartinaja, pasteles de arroz, cerdo y gallina, sucumbían ante el ímpetu avasallante de Tobita Mendoza, Popo Córdoba y Mandador, en temple sostenido de caña y centenario, luego de su faena diaria de destape de pozas sépticas, cuando el alcantarillado era pura ilusión. Entonces, después que Carmencita, la comadrona que vivía al lado de la casa y el consultorio del médico Rafael Valle Meza, diagnosticó que era imposible recibir tan bello niño, porque “venía travesado”, la sirena sonó de esquina en esquina, hasta llegar al centro hospitalario, pudiendo ser salvados, madre e hijo, gracias a lo cual Valledupar vio nacer otro acordeonero, futbolista y ciclista. Lástima que, por haber llorado en el vientre materno, era adivino, pero murió sin saberlo.

 

Alberto Muñoz Peñaloza

Sobre el autor

Alberto Muñoz Peñaloza

Alberto Muñoz Peñaloza

Cosas del Valle

Alberto Muñoz Peñaloza (Valledupar). Es periodista y abogado. Desempeñó el cargo de director de la Casa de la Cultura de Valledupar y su columna “Cosas del Valle” nos abre una ventana sobre todas esas anécdotas que hacen de Valledupar una ciudad única.

@albertomunozpen

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