Opinión
Cerebrito Cabral

La figura del dictador ha sido un tema central y recurrente en la narrativa latinoamericana del siglo XX, sobre todo a partir del llamado “Boom latinoamericano”. Se trata de un fenómeno literario tan importante que incluso se ha hablado del subgénero de la “novela del dictador”.
Algunos de los ejemplos más célebres de este subgénero en América Latina son los siguientes: El Señor Presidente (1946), de Miguel Ángel Asturias (Guatemala), inspirada en la dictadura de Manuel Estrada Cabrera; El recurso del método (1974), de Alejo Carpentier (Cuba), una crítica refinada al despotismo ilustrado; Yo el Supremo (1974), de Augusto Roa Bastos (Paraguay), centrada en la figura del dictador José Gaspar Rodríguez de Francia; El otoño del patriarca (1975), de Gabriel García Márquez (Colombia), que retrata una figura dictatorial sin nombre, construida a partir de múltiples tiranos latinoamericanos; y La fiesta del Chivo (2000), de Mario Vargas Llosa (Perú), una poderosa narración sobre la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana.
La razón por la que tantos escritores latinoamericanos han abordado el tema del dictador es clara: en numerosos países de la región han existido regímenes autoritarios —militares, caudillistas o populistas—, y la literatura ha servido como un medio privilegiado para entender, criticar o satirizar el poder absoluto y sus consecuencias. Estas obras no solo permiten explorar las raíces del autoritarismo, sino que también ofrecen claves para comprender el presente.
Pero en este artículo no me propongo analizar al personaje central —el dictador—, sino a los áulicos: cortesanos, aduladores y funcionarios cercanos al poder, cuya presencia es clave tanto en las dictaduras reales como en su representación literaria. Lejos de ser figuras secundarias, estos personajes suelen ser retratados como patéticos, grotescos o incluso trágicos, y encarnan muchas veces los engranajes invisibles que permiten al tirano sostenerse.
Los áulicos son los verdaderos sostenes del poder, aunque a menudo aparenten ser simples satélites orbitando alrededor del dictador. Cumplen múltiples funciones: adulan sin tregua y rinden culto a la personalidad, alimentando el ego del tirano; justifican ideológicamente el régimen, ya sea como intelectuales orgánicos, religiosos o juristas; actúan como intermediarios corruptos, filtrando el contacto entre el dictador y el pueblo, y lucrándose del sistema; reproducen el miedo, fomentando la paranoia, la delación y la represión en nombre del líder; y, en no pocos casos, ejercen una complicidad silenciosa, pues aunque no participen directamente en la violencia, permiten que el engranaje autoritario continúe funcionando.
Cerebrito Cabral es un personaje ficticio de La fiesta del Chivo, a quien Mario Vargas Llosa le atribuye las principales características de un áulico. En su momento de gloria, llega incluso a declararle públicamente su amor al dictador Trujillo (“Presidente, yo a usted lo amo”), y se regocija con la caída en desgracia de otros cortesanos del régimen. No se le pasa por la cabeza que él mismo podría correr la misma suerte. Vive entusiasmado, alimentado por su cercanía al poder, hasta que finalmente le llega su turno. La novela comienza precisamente con su caída, lo cual no es casual: se trata de uno de los mecanismos predilectos de los dictadores para mantener el control, infundiendo miedo y recordando a todos que el favor del tirano es efímero.
Cualquier parecido con la realidad es, por supuesto, pura coincidencia. Sin embargo, no estaría de más que los áulicos de este gobierno, que en ocasiones exhibe rasgos dictatoriales, lo tuvieran presente, especialmente a la hora de aclamar su reelección. Porque así como hoy gozan del favor presidencial, mañana podrían convertirse —por un gesto equivocado o por simple conveniencia del poder— en enemigos declarados del mismo, condenados al ostracismo durante cuatro años o más. Recuerden: el presidente puede relegirse, los áulicos no.
Amador Ovalle
Sobre el autor
Amador Ovalle
Líneas de fuga
Nacido en San Diego, Cesar (1963), es médico y escritor. Ejerce la medicina en Bogotá, mientras cultiva la literatura. Ganador del concurso de cuento de ciencia ficción “Isaac Asimov” (1996). En 2024, publicó Entre fronteras, finalista en el Primer Premio Internacional de Novela Inédita Palabra Herida.
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