Opinión

Intimidad de los cuerpos hambrientos

Carlos César Silva

12/02/2013 - 12:10

 

A veces, cuando la noche y la soledad irrumpen mis sentidos, introduciéndome en un estado de alucinación, me trasporto a Londres, ciudad que nunca he visitado, e imagino que soy Jay.

Oigo, entonces, el timbre de mi apartamento (del de Jay, quien me imagino ahora que soy). El reloj de pared señala las 2:00 p.m., y es miércoles, día ansiado, lo que me da la certeza de saber de quién se trata.

Corro a abrir. Tras la puerta, efectivamente, está Claire. Al ver su piel blanca, sus ojos azules, y su cabello castaño, mis rodillas comienzan a temblar. La espero con los mismos deseos con los que ella viene: deseos hambrientos, animales.

Nos saludamos con una leve mirada. No nos decimos ni una sola palabra. Claire entra al apartamento y se dirige de inmediato al baño. Yo resuelvo esperarla en el sótano, la madriguera en la que, rodeado de revistas y discos viejos, nuestra pasión fluye.

Después de unos cuantos minutos, Claire aparece en el sótano. Se sienta en una silla, en la única que hay. No me mira de frente, pese a que yo no dejo de penetrar mis ojos en ella.

Claire vuelve a ponerse de pie y se quita su chaqueta roja. Entiendo lo que ese movimiento suyo significa, así que me le acerco.

Nuestras miradas por fin se encuentran firmemente y, como una derivación inevitable de ello, empezamos a besarnos. Lo hacemos con fervor, con fuerza, con arrebato. Primero nuestras lenguas se embrollan, y después recorren la geografía facial que nos concedió la naturaleza, despachando en la atmosfera una fragancia que nos incita a devorarnos.

Gemimos. Llevamos nuestros cuerpos al suelo, en donde por un momento nos separamos, y empezamos a quitarnos la ropa. Cada uno lo hace por su lado, pero sin dejarnos de mirar con vehemencia.

Desnudos, nuestros cuerpos hambrientos vuelven a buscarse. Parecemos, o mejor dicho, somos animales que nos dejamos conllevar por los instintos, por el sabor y el hedor de la carne.

Claire muerde mi hombro izquierdo. Yo olfateo como un perro su cabello, y lamo el sudor de su cuello y sus axilas. El mundo exterior no nos importa, nuestras verdaderas vidas tampoco.

Dejo caer lentamente mi espalda en el piso. Claire viaja sobre mí. Siento en mis muslos los bellos de su sexo. Siento en mi pecho sus senos puntiagudos.

Claire se desliza hasta mi cintura, se arrodilla entre mis piernas y, mientras sus ojos relumbran y sus labios palpitan, acaricia mi sexo suavemente. En efecto, mi respiración se acelera, los dedos de mis pies se tuercen, y mis orejas arden. No aguanto más: quiero lanzarme a los precipicios de Claire, quiero hundirme hasta el fondo de su ciénaga espumosa.

Alzo la parte superior de mi cuerpo. Beso a Claire mientras toco sus senos. Luego la sujeto por la espalda y la cabeza y, con ella sobre mí, retorno al piso. Sin soltarla, giro hacia el lado izquierdo, y quedo entre sus piernas, de frente a ella.

Con mi mano derecha, acomodo mi sexo en el de Claire, cuya humedad me absorbe, me chupa. Suelto un alarido de tigre. Claire blanquea sus ojos y se aferra a mi cabello. Nuestros cuerpos se atornillan, se enroscan.

Me muevo en medio de sus piernas, lo hago cada vez con más rigor. Deseo atravesar a Claire, que mi falo cruce sus entrañas hasta alcanzar su garganta. Ella anhela lo mismo, lo sé: su vientre tembloroso me lo dice.

Claire grita como pidiendo auxilio, estira las piernas, y se cubre los ojos con las manos. Yo gimo como si estuviera roncando, me agarro fuerte de sus nalgas y, con los últimos impulsos que me quedan, entro en ella con violencia.

Extasiado, cierro los ojos, hundo mi trasero, y derramo mis alucinaciones en los adentros de Claire.

Entonces, de manera brusca, emerjo del delirio y retorno a la realidad. Dejo de ser Jay y vuelvo a ser Silva. El mismo que cree (tal vez ilusamente) que, aparte de Dios, la única que todo lo puede es la imaginación, deidad forjadora de fábulas, cosmologías, y seres.

Londres se esfuma de mí. Regreso al caribe colombiano, y a mis alegrías y penurias. Soy Silva, y me dispongo a seguir en mi lucha diaria, pues no tengo una alternativa diferente. Sin embargo, no descarto que, en cualquier noche futura, me convierta de nuevo en Jay, ese personaje obsesivo que escruta en Claire lo mismo que ella busca en él: la vehemencia desbordada y terrible que ninguno de los dos encuentra en la intimidad de sus respectivos matrimonios.

Para mí, Jay y Claire, son tan humanos como el temor. Por eso, más allá de la ficción y el delirio, me identifico con sus personalidades. Quizás no me parezco a ellos, pero sé que, por el simple hecho de que soy uno más en el mundo, puedo terminar, cuando menos lo espere, subyugado por los mismos pecados, amores, y vicios, que a ellos los atormentan.

Jay y Claire son los personajes principales de Intimidad(2000), una película dirigida por el francés Patrice Chéreau (La reina Margot, 1994), que obtuvo el Oso de oro al mejor filme en el Festival de Berlín de 2001.

Intimidadnarra la historia de una pareja de desconocidos que, a escondidas de sus respectivos cónyuges, sostiene encuentros sexuales. Ella va a visitarlo a él los miércoles por la tarde. Ninguno sabe nada del otro. Poco hablan. Sólo sacian su hambre y se fugan, circunstancialmente, de sus realidades.

Sin embargo, de repente, el contacto deja de ser meramente físico, y él, así como Adán fue tentado por la manzana del diablo, siente curiosidad por conocer la vida de ella, lo cual termina desatando una serie de episodios de miedo, ansiedad, y sufrimiento.

Intimidadse distancia de cualquier producción pornográfica. Sus imágenes eróticas son un regreso a la naturaleza salvaje del ser humano, pero no renuncian al arte. En sus escenas se descubre una poesía que no solamente excita, sino que además produce miedo. Uno puede sufrir una erección viendo el apareamiento de las dos almas que preceden el filme, pero también comerse las uñas advirtiendo el ambiente lúgubre que las rodea.

Yo (Silva) pienso que los actores protagónicos de Intimidad(Mark Rylance y Kerry Fox, quien ganó el Oso de plata a la mejor actriz) no existen. Sólo reconozco la vida de Jay y Claire. Tal vez por eso no sólo los veo en mis alucinaciones, sino también en el vecino evangélico que no deja de hablar de la voluntad de Dios, en la amiga que en su perfil de Facebook tiene una fotografía en la que sale abrazada con su novio, en el profesor uribista que dice que la autoridad es el principio rector de cualquier sistema político, en la chica que hoy jura que ama a Silva con toda su alma y, luego de un par de semanas, ya está saliendo con otro, etcétera.

Jay y Claire, debido a sus actos y pasiones, se han convertido para Silva en seres humanos comunes. De ahí que a cada rato se los encuentre en las calles de Valledupar o Santa Marta, y los note, así como él, tratando con esfuerzo de ocultar sus intimidades. (Sin dudas, hay en todo esto una gran expresión de verosimilitud y universalidad, elementos fundamentales para alcanzar la realización de una obra de arte).

Dulces degenerados, novela pornográfica de Marco Vassi, tiene un epígrafe de Richard Fichtel que indica: “La intimidad es tan terrible como la libertad”. A Jay y Claire, les podría aplicar esta sentencia. Sin embargo, Silva considera que ellos, al igual que él y todas las demás personas, no se reducen a lo señalado, sino que van más allá, pues hacen de la intimidad una libertad superior, una madriguera en la que no se requieren protocolos, en la que es normal, incluso, comportarse como animales.

De manera que, para Silva, la película de Patrice Chéreau es una búsqueda angustiosa de la libertad: dos personajes que intentan fugarse de las prisiones en que viven (sus respectivos matrimonios), forjando un túnel a través de la intimidad de sus cuerpos, sin imaginar, por supuesto, hasta donde los pueden conllevar sus corazones.

 

Carlos César Silva

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