Opinión

A merced de la descendencia de Marcos Barros

Alberto Muñoz Peñaloza

02/10/2025 - 05:35

 

A merced de la descendencia de Marcos Barros
La Clínica del Cesar, en Valledupar / Foto: Clinicadelcesar.com

 

Mientras silbaba el amanecer del martes, 26 de agosto de 2025, despidiéndose ya la madrugada, con Pechi y mi hermano Ismael, ingresamos al área de urgencias, para mi procedimiento quirúrgico por hernia inguinal proporcional, de clínica del Cesar. Me encontré con unas instalaciones remozadas, atención oportuna, eficiente y humanizada, al término de la cual fui llamado para realizarme el examen médico de ingreso, próximo a ser intervenido. Gracias a la cordialidad, al respeto y al trato profesional recibido, olvidé donde estaba si no es por encontrarme enfundado en la vestimenta quirúrgica, canalizado ya y en espera de ser conducido al quirófano, lo cual ocurrió sin misterios ni contratiempos. Antecito, encontrándome todavía en el espacio previo, sentí 'pasos de animal grande' que me llevaron a recordar la humanidad descomunal del gigante del Caribe, cuando se desplazaba de un lado a otro, fuera del teatro para detectar 'prófugos potenciales' hacia adentro y en el interior para descubrir a los descarados ya "colados". Lo vi enfundado en el pantalón gris, camisa blanca, que el autor de los pasos dinosaúricos replica en su cotidianidad.

Una enfermera, cuya estatura física es inversamente proporcional a la grandeza humana que la caracteriza, Mayerlis Palomino, llega por mí, de manera amable me guía hasta el quirófano, instruido por ella, me ubico en la mesa de operaciones en posición cuasi fetal, mientras tanto otra profesional, Wendy Dueñas, me saluda, se presenta como la instrumentadora en el procedimiento, después reina el silencio hasta que vuelvo a sentir las pisadas hipopotámicas de alguien, cuya melodía corporal, armoniza con el frío sinuoso que baila en la sala. Ya lo veo frente a mí, es el médico anestesiólogo Jaime Barros Pimienta, hijo del mandamás del Caribe y ciudadano honorable del viejo Valle, con la matrona Rosalba Pimienta Ortega. De una, me soltó un comentario amable que me hizo reír, hablamos de un hombre maravilloso, El Pinde García, rememoramos su histórica gestión de vida. Él me preguntaba mientras yo me explayaba en detalles, nos reíamos y cuando quise darme cuenta la raquídea ya circulaba por mis venas, de manera que ni siquiera caí en cuenta de su astucia al referirnos a quien con Gonzalito Clavijo, constituyeron la inversalidad proporcional a  nuestro metraje estatural.

Después de la 'obra maestra anestesiológica', como que la ternura costumbrista fluida me sumió en el recuerdo del teatro Caribe, el emporio mágico de don Marcos Tulio Barros Pacheco y su lucha incesante por evitar 'la coladera' molde incipiente de la corrupción. Rápidamente, recordé la música inicial en los parlantes, luego, cuando ya teníamos emisoras, el predominio de las 'chazas' para el aprovisionamiento de frunas, los eternos 'bolones' con chicle nucleal, de los inolvidables confites 'verde intenso' de menta y los de coco cuya preferencia nadie discutía; rememoré la silletería de palo en luneta y el mezanine, cual palomar de pueblo, que albergaba también el saloncito del proyector, destinatario directo de madrazos y sietelechazos cada vez que 'cortaban la película'. De pronto, volví a la realidad, ya el médico cirujano, Jorge Luis Pérez Castillejo, cuya destreza es directamente proporcional al diámetro abdominal que lo caracteriza, chiriguanero como mi siempre recordado amigo, el médico José Manuel Díaz Cuadros. Terminado el procedimiento quirúrgico, fui trasladado a la sala de recuperación, pero en la transición 'territorial' se me acercó el ilustre hijo de don Marcos Barros, puso en mi mano un turrón 'Santa helena", que aseguré con gratitud indeclinable, sin perder de vista la quietud similar, entre la sala a la que me llevaban y el teatro Caribe, horas antes de la función vespertina.

Tres horas se esfumaron mientras reviví aquellos tiempos en que los vallenatos disfrutábamos, éramos felices y cantábamos la vida, pese al embotellamiento geográfico y vial, la precariedad de los servicios públicos y el 'olvido' centralista en el Magdalena Grande. Pasó por mi mente la acuarela cultural, costumbrista y tradicional de la semana santa de entonces, con el fervor de la feligresía, con el acompañamiento sublime en lunes santo de Antonio Orozco, la participación poblacional con recogimiento, puntualidad y el trueque gastronómico en los vecindarios. 

Recuperado el gigante, fui conducido a la dependencia de inicio, para la revisión final, acondicionamiento de salida en el carruaje de ruedas, sintiéndome en la máquina roja del viejo cuerpo de bomberos, al lado del emblemático parqueadero Kankurúa, en la calle grande, cerca del callejón de los Quintero, con don Efra a la cabeza. Partimos a casa, convencidos de que fui atendido más que como príncipe, merecimiento en gracia de la calidad y la generosidad de clínica del Cesar y los talentos humanos, administrativos, médicos, paramédicos y operativos, a quienes agradecemos, mi familia y quien esto escribe, para siempre.

Instalado en casa, visité el paisaje informático de PanoramaCultural.com.co y degusté la rigurosidad diaria de La Verdad y Punto, por Radio Guatapurí tan vallenato como la inolvidable María Iberia "La Bella" Ustáriz.


Alberto Muñoz Peñaloza

 

Sobre el autor

Alberto Muñoz Peñaloza

Alberto Muñoz Peñaloza

Cosas del Valle

Alberto Muñoz Peñaloza (Valledupar). Es periodista y abogado. Desempeñó el cargo de director de la Casa de la Cultura de Valledupar y su columna “Cosas del Valle” nos abre una ventana sobre todas esas anécdotas que hacen de Valledupar una ciudad única.

@albertomunozpen

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