Opinión
La política puede ser un arma noble para servir al pueblo

Desde mi niñez, en mi querido Tamalameque, crecí observando el ir y venir de los procesos políticos. Recuerdo con claridad las disputas entre los sectores políticos Movimiento de Integración Liberal (MIL) y el Frente Amplio Liberal (FAL), liderados por figuras como los hermanos Aguilar Valle, Eduardo Vides y mi padre, de un lado, y los hermanos Pedraza Cadena, del otro. Aquella rivalidad por la hegemonía política del municipio fue mi primera escuela sobre el poder y sus contrastes.
Sin embargo, fue a comienzos de los años noventa, cuando tenía apenas quince años, que la política se convirtió en una experiencia personal. Mi padre decidió aspirar a la Alcaldía de Tamalameque, y, aunque aún cursaba secundaria, asumí un papel modesto dentro de la estructura de su campaña. Fue entonces cuando comencé a entender la verdadera dimensión del servicio público.
Una de las lecciones que más me marcó ocurrió durante un acto en el corregimiento de Zapatosa. Mi padre, frente a la comunidad, prometió que, si obtenía al menos un voto en ese corregimiento, electrificaría la población. Al finalizar las elecciones, sumó doce votos. Y cumplió su palabra: en su administración, Zapatosa fue electrificada. Ese gesto sencillo me enseñó que la palabra del político debe ser un compromiso con la gente, no un recurso de campaña.
Otra enseñanza inolvidable fue su manera de construir el presupuesto. Solía visitar las comunidades, veredas y corregimientos, reunirse con sus habitantes para discutir las prioridades de inversión. Les explicaba cuánto dinero había disponible para su zona y los invitaba a decidir, en consenso, las obras más urgentes. Así aprendí que la planificación participativa no solo fortalece la democracia, sino que convierte la política en un acto de respeto hacia el pueblo.
Desde entonces, concibo la política como el arte de servir, no de servirse. Un mandatario debe entender que gobierna para todos, no para un sector o un grupo de intereses. Las obras públicas no son del alcalde ni del gobernador: son del pueblo. Por eso deben cuidarse, mantenerse y continuarse, no abandonarse por ego o rivalidad política.
Mientras sigamos ignorando estos principios, seguiremos gastando los escasos recursos en obras superficiales, pavimentando calles que después habrá que romper para reparar los servicios públicos (acueducto y alcantarillado), improvisando soluciones donde se requiere planificación.
Si de verdad queremos construir un futuro con bienestar, debemos definir objetivos, estrategias y acciones con la participación activa de la ciudadanía, diseñando planes de desarrollo a corto, mediano y largo plazo que promuevan un crecimiento integral y sostenible.
De lo contrario, nuestros pueblos seguirán atrapados en el atraso, condenados a sobrevivir con sus necesidades básicas insatisfechas, bajo gobiernos que confunden el poder con el protagonismo personal.
Porque, al final, la grandeza de un territorio no depende del brillo de sus dirigentes, sino de su capacidad de servir con humildad y unidad.
Recuerden que “Sólo la unidad del pueblo y la solidaridad de sus dirigentes garantizan la grandeza de sus territorios”.
Diógenes Armando Pino Sanjur
Sobre el autor
Diógenes Armando Pino Sanjur
Tamalamequeando
Diógenes Armando Pino Sanjur, más conocido como May Francisco, nació el 24 de junio de 1976 en un pueblo mágico lleno de historia, cultura y leyendas situado en la margen derecha del Río Magdalena llamado Tamalameque. Hijo de los docentes Diógenes Armando Pino Ávila y Petrona Sanjur De Pino, tiene 2 hijos, May Francisco y Diógenes Miguel, los cuales son su gran amor, alegría, motor y mayor orgullo. Abogado de Profesión, despertó su interés con la escritura de su padre quien es escritor e historiador, se declara un enamorado de su pueblo, de su cultura (la tambora) y apasionado por la política como arte de servir.
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