Opinión
Cuando la señora de negro llegó a mi vida

La depresión es como una señora de negro. Si llega, no la expulses, más bien invítala
como a una comensal en la mesa y escucha lo que te tiene que decir".
Gustav Carl Jung
La depresión llegó a mi vida mucho antes de que yo supiera llamarla así. Al principio no tenía nombre, era un silencio espeso que me apagaba, una sombra que se me sentaba en el pecho, un cansancio que me robaba las ganas de todo. Yo, que había sido una mujer alegre, bullanguera, bailadora en un grupo de danzas, me descubrí de repente sin música y sin fuerzas. Como si alguien me hubiera cambiado los colores de la vida por una escala de grises.
Los primeros poemas que escribí en ese tiempo eran reclamos. Versos llenos de rabia, de preguntas sin respuesta. Le hablaba a la depresión como a una enemiga injusta que había llegado a arrebatarme todo lo que era. Esos poemas fueron mi desahogo. Eran mi única forma de decir lo indecible, de no asfixiarme completa.
Todo empezó antes de la pandemia, pero fue en medio del encierro cuando la depresión se hizo más real, más concreta. Ya no había distracciones para disimularla, estaba ahí todo el tiempo, acompañándome. Y como si no bastara, llegó la enfermedad. Una tumorectomía de mama me dejó cicatrices en el cuerpo y en el alma. Me miraba en el espejo y no me reconocía.
Después vino otro golpe: me apartaron del grupo de danzas por no estar de acuerdo con el manejo de algunos asuntos. Ese lugar que había sido mi refugio, mi alegría compartida, mi manera de sentirme viva en el escenario, se cerró para mí. Fue una caída en cadena: aislamiento, enfermedad, pérdida de espacios. La depresión se instaló en mi vida sin intención de irse. Experimenté una desconexión absoluta, no le encontraba sentido a nada. Activé el modo automático, solo cumplía porque me tocaba.
Hubo noches particularmente duras. Una de ellas me marcó con fuego. Ya iba a terapia, ya me había sentado en ceremonias ancestrales, y aun así la depresión me tenía atrapada. Aquella madrugada no encontré reposo. La cama se volvió jaula y yo caminé horas enteras en mi habitación, sosteniendo entre mis manos la tentación más oscura, esa que promete un silencio definitivo.
El amanecer me sorprendió con los ojos abiertos y el alma hecha polvo. Me fui a trabajar con el cuerpo vacío, buscando refugio en la escuela, entre compañeros que conocían mi fragilidad. Fui donde mi jefe para pedirle tiempo y escucha. Su respuesta fue grosera, cortante, como una piedra en la cara: no te voy a escuchar, dijo. Lloré con todo lo que tenía dentro. Lloré tanto que, frente a mis estudiantes, escribí lo que pensé sería mi última carta. Sentí que estaba a un paso de entregarme por completo a la depresión. Organicé una carpeta en mi computadora con fotos, audios, videos para sustentar mi carta, las manos me temblaban y las lágrimas nublaban no solo mi vista sino mis pensamientos, mi racionalidad. Nuevamente la rabia, la soberbia, la impulsividad, sombras que con muchas lágrimas me costó aceptar, hacían presencia.
Mi hijo llegó para llevarme a casa, porque ya ni fuerzas tenía para manejar a Conny, mi moto. Y allí, cuando todo parecía perdido, me esperaba un mensaje. Un amigo poeta, que me había pedido unos textos, me decía que había leído mis poemas y que le habían gustado mucho, que serían publicados en una antología. Ese gesto mínimo, esa chispa inesperada, me mostró algo esencial, la poesía me estaba salvando otra vez y me recordó que, quizá, algo valioso habitaba en mí.
Con los días decidí dejar de huir. Siguiendo a Jung y a mi terapeuta que siempre me ha dicho que debo resignificar mis palabras limitantes, le di un nombre a esa sombra, la llamé la señora de negro. La senté en mi mesa, la miré a los ojos y, en lugar de rechazarla, le pregunté qué quería decirme, qué buscaba enseñarme con su llegada. En ese ejercicio empezó a transformarse algo dentro de mí.
No fue un proceso inmediato. Antes de poder abrazarla tuve que rabiar mucho, llorar mucho, escribir mucho, terquear mucho. Poco a poco entendí que no había venido a destruirme, sino a obligarme a escuchar lo que llevaba años callando. Empecé a inventar formas de convivir con ella: le serví café cerrero, a veces una copa de vino fuerte, le canté, le bailé. Aprendí a darle la bienvenida, a preparar su llegada y su lugar, a reconocer que ella también podía sostenerme.
El camino no fue solo mío. La poesía siguió siendo mi hilo, y también llegaron otras medicinas: una terapeuta holística que primero me recibió en un consultorio de ciudad y luego en una montaña rodeada de pájaros y silencios. Allí entendí que sanar también es un acto de volver a la tierra. Llegaron las constelaciones familiares, las medicinas ancestrales, la yerbatería, la academia de artes marciales mixtas, la capoeira y un coach que se involucró, sin querer, en mi sanación. Todo eso se volvió parte de mi proceso de reconstrucción.
Hoy miro hacia atrás y sé que, aunque me hundió, la señora de negro también me regala una nueva mirada. Me enseña a ver con más claridad, a reconocerme en mis sombras y a encontrar en ellas una maestra inesperada. Ya no la vivo como enemiga. Es incómoda, sí, pero necesaria. Ella me muestra que incluso en la oscuridad más densa puede germinar una semilla de lucidez.
Y aunque, aún, me siento desconectada, hay puntos de luz en mis días: Una manta con libros, niños, voces durante los recreos y la sonrisa de mi nieta Aurora, la ilusión de verla crecer, de escuchar sus primeras lecturas, su primer día en la escuela, sus primeros bailes, su primera vez en el mar, su primer viaje junto a su abuela.
La depresión no me destruye. Me obliga, día a día, a reconstruirme.
Martha Navarro Bentham
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