Opinión

Los cuadros de diciembre

Alberto Muñoz Peñaloza

17/12/2025 - 05:40

 

Los cuadros de diciembre
Guacoche, Cesar, Colombia / Foto: créditos a su autor

 

Desde aquella primera vez que fui a Guacoche, cuando voy, siento emoción real, la misma que experimentan algunos que han viajado a África, como si llegaran a un sitio lejano, que en algunas cosas resulta familiar y, a los cinco minutos de permanecer, la cordialidad indica que ir fue una gran decisión. Precisamente, en diciembre, África vive la transición al verano en el sur y el invierno en el norte, con variedad climática, desde días soleados y calurosos en el sur hasta fríos y gélidos en el norte.

En Guacoche, la gente es amable, son buenos anfitriones y tienen el don africano de sonreírles a los que llegan, a cambio del asado de cabra que es tradicional en la africanía, los guacocheros son bravos con el guiso de gallina, unos buenos pasteles y el ejercicio conversacional bajo sombrío, cuyo culmen son los relatos del celebratorio anterior del día de las madres, y del día del padre. Uno de los que más ha disfrutado allá y les ha servido también, es el queridísimo José Manuel Aponte Martínez. Lo mismo el Cosi Galindo quien, de tanto quererlos, cuando está borracho repite, y recontrarepite como la Pinar del río: "Yo soy es guacochero".

La brisa decembrina se pasea como "Pedro por su casa" en todos los parajes de la municipalidad vallenata. Reina en la cerramenta, como en sabanas y territorios falderos, más allá del puente de Hurtado. Descorre el velo de preocupaciones, tristezas y la nostalgia propia del final anual para dar paso a la alegría, a ese alistamiento que preludia los viajes largos, sin embargo, en no pocos casos, la frustración asoma por el paso inevitable del tiempo, en idénticas o en peores circunstancias.

La magia musical

Como regalo de Dios, la música permanece en contenidos de antaño que el imaginario colectivo disfruta escuchar, bailar en la temporada decembrina y algunas de las nuevas obras en distintos géneros. Cómo no recordar a Remigio, aquel hombre menudo, invidente, que durante años se instalaba en predios del almacén el volante, el de Héctor Arzuaga que ponía los carros run-run, acercándose al puesto de la taquilla del teatro San Jorge, guitarra en mano, con violina incorporada y ese tumbao' nostálgico que encantaba mientras cantaba:

La víspera de año nuevo 

estando la noche serena

mi familia quedó con duelo

y yo gozando a mi morena,

te vengo a felicitar

con el cuerpo y con el alma

año nuevo lo quiero pasar

contigo allá en la sabana (…)

Recordar la magistralidad interpretativa de Rufo Garrido, cuya égida musical inaugura la llegada de lo mejor, comunicándole al mundo que:

Diciembre llegó

con su ventolera mujeres

y la brisa está que llena el mundo de placere' (…)

Solo eso, como en los poemas de Eduardo Santos Ortega, es lo que dice, repite y recontra-repite, como la pinar del río, la canción, pero con un fervor melódico de fino acabado y al final, con el contoneo instrumental, la animación misteriosa de Tony Zúñiga, y su característico “come callao', come callao”, aviso ineludible al novel Alfonso Monsalvo Riveira, en aquellos tiempos, para mayor anudamiento corporal con la pareja del momento en cualesquiera de los salones, el rancho grande, el rey de los bares, el central, la pollera colorá o en el nuevo ritmo.

Enternece recordar a Paco Monsalvo tirando pases antes de la noche buena, en la esquina de El Bogaloo, con el seis chorriao de Ricardo "Richie' Rey y Bobby Cruz, mientras Chemita Núñez alegraba el Cerezo con "cantares de navidad" de la Billos Caracas Boys, mientras El Gran Guelmi Pimienta Morales, alentaba con aires de navidad de Héctor Lavoe y Willie Colón, él propulsivo Asterio Castilla, en un descuido tripartita de la matrona Elí Villero, de María Castilla y su hija María Lourdes, bailaba el chivo mono con Himera, en el patio, y luego se marchaba zigzagueante de la risa.

Pero cuando El Cacique de La Junta, se mandó con el Mensaje de Navidad, del mágico Rosendo Romero Ospino, rompió esquemas y se puso a la cabeza, con serenata decembrina de los Hermanos Zuleta, pero Rosendo atendió otro frente ineludible y el Binomio de Oro inmortalizo Navidad.

A la sazón

La tradición comarcal dio cuenta en todo momento de una época de promoción de la unidad familiar, propicia para reencuentros, reconciliaos y promesas de cambio. En ese pueblo maravilloso, el viejo Valle, la jornada iniciaba con la búsqueda, el corte, traída y forramiento con algodón legítimo, del arbolito de navidad, ataviado con bolas brillantinas, luces de colores, la infaltable estrella de Belén y la reunión diaria familiar, durante la prima noche, para el disfrute visual sin que dejaran de asomarse confites, cualquier caribañola y/o pastelitos inolvidables. Los bailes en los clubes y en sitios precisos como el club campestre Brasilia, tiempo después, el centro de relaciones cívicas, Internacional Broadway, marcaron un hito, pero a las 11:30 de la noche, cada 31 de diciembre, todas las celebraciones eran interrumpidas para dar paso al traslado, rápido y vaporoso, cada quien a su casa para darse el abrazo de feliz año con sus seres queridos. En la avenida P. Castro, el Papa Sarmiento, descargaba dos cajas de tiros desde su revólver pintusol, en la vieja calle 15, el infaltable Wilson Márquez y el tuperísimo Beto Guerra, daban buena cuenta de municiones atrasadas pero estridentes desde cualquier revólver o pistola. Por el Cañaguate, Bolivita Rojas, sentaba las bases de su esnobismo, cadencia y vocación humanística, mientras que por Novalito, le veían el celaje momentáneo a Cosita Cespedes, con sus botas tejanas y el histrionismo parrandero que lucía sin remedio.

Amalaya los pasteles de Carmela Tarifa, el sabor inigualable de los perniles de Arturo Pacífic, las preparaciones extraordinarias de la vieja Yoya en las mesas del mercado, con el mondongo minestrone y la cuádruple ración de cilantro, hojita y culantro, el ñeque sudoroso con reducción de achiote sin panela, los redondeles de sajino en salsa primaveral, las colas cabezonas de bocachico, fritos, guisados o en calducho; la sobrebarriga hechizada, mientras que los pasteles, los turrones de leche, el dulcísimo de maduro, de coco con piña, de batata, de ñame, de arracacha, donde la finísima Aminta Monsalvo, escuchaban el cuento. Por los lados de El Hueco, La Viuda portaba la bandera: peto con munición recargada de maíz cabezón, yardas de bofe crujiente pero considerados con las chapas dentales de la época, surtido extravertido de plátano asao', en pícaro, castigados a revolcarse en queso rallao intramural, y pare de contar, pero los vendedores de arepita e queque merengue chiricana y dulces no paraban, liderados por Armando Castilla y el inconfundible Paquito, hacían recorridos extraordinarios, de prima noche, con recarga de cuques; no obstante, las butifarras y los huevos de iguana, frescos y secos, también hacían su 'agosto' en el ciclo decembrino. El Paisanito, seguía en su ley con la danesa, el tamarindazo y el milo divor, como estandarte de su amplísima refresquería. El señor Cuesta, en La Española, dominaba el panorama con las mojarras dinosaúricas que desbordaban la bandeja sin ningún recato.

La completud

También se presentaba la azarosidad que crece en diciembre, en la medida del aumento poblacional. Recuerdo aquel 25 de diciembre, en la entonces calle 13, al subir por la novena, el accidente que se llevó a Cilia Daza Daza a la eternidad y otros casos, no menos dolorosos, como el recientemente acaecido en el barrio Novalito, el 7 de diciembre próximo pasado, que segó la vida del joven Samuel David Cabas Cuello, hijo de Ángel y nieto del siempre recordado Rodolfo Cabas Pumarejo.

Los pesebres de antaño, depositarios de nuestras cartas al Niño Dios, con pedimento de regalos y ofrecimiento de mejora continua a partir de cada 25 de diciembre, perviven en el recuerdo imborrable de los tiempos.

Espero que este año mi sobrino nieto, Juan José, prosiga en la tarea de estudiar con juicio, adquirir maestría en el arte de tocar acordeón, quebrar piña oro miel por doquier, con altas dosis proteínicas desligadas del choripan y la salchipapa. Hacerle honor a su abuelo, mi inolvidable hermano mayor Rodrigo Enrique, para quien la carne de novillo, el bocachico y la arepas de queso constituían el mejor argumento para vivir como se quiere. Por si las moscas, un buen pedazo de torta zamba, de las de Cecy Dangond, jamás sobraría. A cambio de leche cuajá, un par de vasos de chicha de maíz, cortada con batata, para homenajear el recuerdo imperecedero del queridísimo don Focion Bustamante, "Chimichagua", el hombre de la sobre barriga santafereña en el Ova Ova del pasado.

 

Alberto Muñoz Peñaloza

Valle del Cacique Upar     

elhijodedonjulio@gmail.com

Sobre el autor

Alberto Muñoz Peñaloza

Alberto Muñoz Peñaloza

Cosas del Valle

Alberto Muñoz Peñaloza (Valledupar). Es periodista y abogado. Desempeñó el cargo de director de la Casa de la Cultura de Valledupar y su columna “Cosas del Valle” nos abre una ventana sobre todas esas anécdotas que hacen de Valledupar una ciudad única.

@albertomunozpen

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