Opinión
El campo cesarense: un gigante dormido que exige tecnificación y sostenibilidad

El sector agropecuario del departamento del Cesar sigue siendo, sin lugar a dudas, el corazón productivo de su economía. A pesar del auge de otras actividades, es el campo el que continúa sosteniendo el empleo, la seguridad alimentaria y la identidad rural de la región. Sin embargo, las cifras más recientes del DANE y la Unidad de Planificación Rural Agropecuaria (UPRA) muestran una realidad dual: un sector con enorme potencial, pero limitado por carencias estructurales que lo mantienen por debajo de su verdadera capacidad.
De acuerdo con los diagnósticos agropecuarios de la UPRA, el Cesar se sostiene principalmente en tres pilares productivos: palma de aceite, maíz y arroz, con producciones que rondan las 293 mil, 126 mil y 89 mil toneladas anuales respectivamente. A esto se suma la ganadería bovina, que sigue siendo el motor más fuerte del sector, ocupando grandes extensiones del territorio y aportando buena parte del valor agregado agropecuario departamental.
Estas cifras reflejan una vocación productiva diversa y poderosa. No obstante, el progreso se ve frenado por un patrón que parece repetirse año tras año: baja tecnificación, débil infraestructura rural, acceso limitado al crédito y problemas de conectividad vial. Las carreteras terciarias en mal estado, los costos de transporte elevados y la falta de sistemas de riego modernos son eslabones rotos de una cadena que podría ser mucho más competitiva.
El DANE reportó que en 2024 el Cesar mantuvo una tasa de desempleo cercana al 11,3%, mientras que el sector agropecuario continúa siendo un refugio laboral para miles de familias rurales. Sin embargo, gran parte de estos empleos son de baja remuneración y alta informalidad. En otras palabras, el campo sí da trabajo, pero no siempre da prosperidad.
En medio de este panorama, el Plan Departamental de Extensión Agropecuaria (PDEA Cesar 2024–2027) aparece como una herramienta clave. Su enfoque en la tecnificación, la asistencia técnica y la articulación con la agroindustria puede ser el punto de inflexión que el departamento necesita. Pero su éxito dependerá, como tantas veces en la historia del agro colombiano, de la coherencia entre el discurso institucional y la acción real en el territorio.
Los retos ambientales tampoco son menores. La expansión ganadera y de cultivos permanentes ha generado presión sobre los suelos y fuentes hídricas. La sostenibilidad no puede seguir siendo un lujo o una consigna de campaña: debe ser el eje central de la política rural. Promover sistemas silvopastoriles, prácticas de agricultura regenerativa y la conservación de microcuencas es urgente si se quiere garantizar productividad sin sacrificar el futuro ambiental del Cesar.
Aun con sus dificultades, el sector agropecuario del Cesar posee una fortaleza indiscutible: su gente. Los productores, campesinos y empresarios agropecuarios han demostrado una resiliencia admirable frente a las crisis económicas, las inclemencias del clima y la falta de apoyo estructural. Esa capacidad de resistir debería ser ahora canalizada hacia una transformación productiva basada en innovación, educación rural y acceso a tecnología.
El campo cesarense no está en decadencia, pero tampoco ha alcanzado la prosperidad que merece. Está en una encrucijada. O continúa dormido entre las potencialidades desaprovechadas, o despierta como un gigante moderno, sostenible y competitivo. La diferencia dependerá de si la política pública, la inversión privada y la voluntad colectiva logran converger en una visión común: que el agro no sea visto como el pasado del Cesar, sino como su futuro más prometedor.
José Luís Sierra Mendoza
Doctorando en Administración / Magister en Gerencia de Proyectos
@JoseLui79192088
Sobre el autor
José Luis Sierra Mendoza
Visión colectiva
Administrador de Empresas / Doctorando en Administración / Magister en Gerencia de Proyectos / Especialista en Administración Pública, en Gestión Ambiental y en Gestión de Proyectos / Docente universitario.
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