Opinión
Un hombre enfrentado a mil problemas

Aquella tarde, el escritor tomó su viejo computador y comenzó a escribir con furia, dejando que su imaginación corriera libre, como quien busca desahogar el alma ante las penas que lo desgarran. No solo cargaba el peso de su vida, que se le colgaba como un costal cuesta arriba, sino que al mirar hacia atrás veía la silueta de su esposa en la cocina, abriendo con esperanza un refrigerador vacío, mientras tres hijos aguardaban junto a una mesa plástica lo que la madre, aturdida, pudiera servirles.
Se levantó un instante y, con timidez, preguntó a su esposa qué había para la comida. Ella respondió con voz cansada:”Solo tres huevos y un poco de harina… apenas alcanza para los niños”.
Él bebió un vaso de agua y regresó a su teclado, golpeando las teclas como si fueran puertas hacia otro mundo, buscando olvidar el momento y cabalgar sobre las esperanzas que tantas veces se sostienen en las letras. Se detuvo un instante y murmuró: “Soy apenas un hombre enfrentado a mil problemas… ¿de dónde salen tantas fuerzas para resistir?”.
Dejó el escrito a medias, sin saber cuánto avanzaba en la desesperación que lo consumía en silencio. Caminó lentamente hacia su alcoba, flotando como quien se pierde en el firmamento. Se dejó caer sobre la cama y observó el techo, límite de sus pensamientos, cuando lo que deseaba era mirar al cielo. El sueño le era esquivo; la noche apenas comenzaba, pero mañana sería otro día sin principio ni final, como lo habían sido los últimos tres años. Conversaba con su propio yo, mientras el calor del Caribe y el eco lejano de un vallenato se mezclaban en el aire, recordándole que la noche debería ser sagrada para el descanso.
—Ya trata de dormir —le dijo su mujer, girando el cuerpo—. Esa música suena tan lejos que casi ni se oye. —Tú nunca escuchas nada —replicó él, buscando quizá una discusión íntima que le permitiera desahogar sus penas.
Ella se dio la vuelta y, en cuestión de minutos, cayó en un sueño profundo acompañado de ronquidos. El hombre, angustiado, se levantó, se calzó las chancletas y salió al patio. Se sentó en una vieja silla bajo la sombra de una trinitaria. Luego se puso de pie y alzó la mirada: las estrellas palpitaban, un satélite cruzaba el firmamento, y él, un hombre desesperado, contemplaba la inmensidad del universo, tan vasta como las dificultades que arrastraba.
Regresó a la habitación con cuidado de no despertar a su esposa, pero ella abrió los ojos al sentir el leve movimiento. —Trata de dormir, mijo. Mañana será un nuevo día, ya verás que todo esto pasa.
Él no respondió. Se dejó caer suavemente, buscando ese sueño conciliador que lo desconectara de la realidad en el silencio de aquella noche.
El canto de los pájaros lo despertó anunciando la llegada del nuevo día. —Carajo, ¿a qué horas me dormí? —susurró.
Se levantó, pero esta vez con energía renovada, movido por el pensamiento de esculpir en su escrito una nueva historia. Una historia que pudiera compartir con sus lectores, que maquillara la realidad de un alma herida pero aún de pie, demostrando fortaleza. Como queriendo decir que aquí no pasa nada, que el mundo sigue girando, que los demás continúan sus vidas bajo el sol, olvidados por los afanes del día… mientras él, el escritor, batalla solo, como un hombre enfrentado a mil problemas.
Nerio Luis Mejía






