Opinión
Carolina Ethel: un hasta luego que se queda

Carolina Ethel, barranquillera de mar y carnaval, hermana en este camino del arte y la cultura que nos une más que cualquier distancia: leí tu crónica y no sentí despedida, sino una carta larga que deja la puerta abierta. Porque eso fuiste en Valledupar: una presencia que llegó por tres días y se quedó siete meses, transformando la Casa de Encuentros de Cecilia Villazón en un espacio aún más vivo, acompañando exposiciones, entrevistando juglares, bañándote en el Guatapurí, cruzando la Zapatosa en piragua, entendiendo que esta tierra se conoce cantándola y viviéndola.
No es un adiós lo que escribiste; es un “hasta luego” que ya empezamos a cumplir.
Tú nombraste a tantos que sostienen este territorio —a Stella y Santander Durán Escalona, a Andrés Mendiola, a Carlos Llanos, Rosendo Romero e Iván Villazón en Guacaó, al maestro Marciano Martínez, a Luis Mario Jiménez, el maravilloso Teatro Maderos, Turry Molina, Walter Arland, a Aída Bossa, a Juan Carlos Quintero y todo el equipo increíble que conforma el Diario El Pilón, a Leonor Palmera, Jaqueline Celedón, Samny Sarabia, María Victoria Saade, María Elisa y Leonor Dangond, Elsa Palmera, Marianne Sagbini, Luz Yaruro, Tannia Durán, tu vecina Cristina Zapata Naranjo, tu gran amiga Magola Moreno— y me incluiste a mí entre esos seres que gestan cultura, como buenos Vigias por naturaleza, esa que en esencia nos impulsa a custodiar y velar por la salvaguarda de nuestro patrimonio, representado en el complejo urbano, artístico, arquitectónico, museístico y turístico de la ciudad.
Ese gesto tuyo de reconocer el trabajo colectivo es lo que hace que tu paso por aquí no termine: queda en cada conversación que impulsaste, en cada abrazo compartido.
Y cómo olvidar aquellos días de organizar el “EmPoderArte V” de la Red Colsafa / Obras son Amores en la sala satelital de la Casa de Encuentros, en el marco de la segunda versión de ArtVA 2025, cuando homenajeamos a Cecilia Villazón y montamos juntas las cuatro salas de “Mundos Próximos en femenino”. Fueron jornadas intensas de saberes compartidos, paciencia, sabiduría, sororidad, sortear el estrés, la ansiedad que nos generaba el ajustar, retirar mobiliarios para poner telas y obras, reír y planear el día a día del montaje con fe y alegría de que nos iría genial en esa apuesta que no buscaba otra cosa que exaltar el sagrado femenino desde las artes, retos compartidos que dejaron grabado en el alma un guayabo dulce por lo que se vive intensamente y una gratitud enorme por haberte tenido presencialmente, aportando desde tu experticia en comunicación estratégica y tu sensibilidad para ver lo que une.
Y qué decir de aquella mañana de finales de noviembre del 2025, cuando con tu ingenio barranquillero lograste lo que pocas logran: sacar a Cecilia de su casa amarilla para recorrer mis obras de acupuntura urbana esparcidas como semillas florecidas en diferentes espacios públicos de la zona rural y urbana de Valledupar. Salimos las cinco —Cecilia, tú, Elsa Palmera, María Ríos y yo aquella mañana y fuimos de un punto a otro: “Raíces” en el kilómetro 8 de la Ruta de los Juglares, con sus mosaicos de fragmentos creados y recogidos narrando el origen y fin que reside en la esencia de lo masculino y femenino; “Este pedazo de acordeón donde llevo el Alma Mía” (Fachada) y “Destápate con Música y Leyenda” (Pisos) en el Puente Hurtado; “Alas de libertad, color de libertad” en la fachada de la cárcel judicial del barrio Dangond; “Tú lo has dicho, yo soy Rey” y “Sagrada familia, regalo de Dios” en el Parque Cristo Rey del barrio Simón Bolívar; “Valledupar, la tierra de Germán el hombre” en la Casa de la Cultura; y “La galería del amor” en la entrada norte del Callejón de la Purrututú.
En cada parada conté con mi alma, mente y corazón alineados en el verbo, el sentido de cada obra, y al final Cecilia Villazón, con esa sinceridad suya, dijo: “Este paseo me ha hecho reconciliarme con Valledupar”. Esa frase resume lo que tú provocas, Carolina: haces que miremos de nuevo lo nuestro y lo valoremos más.
Ahora estás en Bogotá, liderando procesos de cooperación y asuntos internacionales en el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes, y eso no es partir: es extender el Valle, llevar su canto y su memoria a otros escenarios. Porque lo que construimos juntas —en las salas de exposición, esas conversaciones con Reina, Sherlock, Tita, Peri y Brenda de testigos, en los cafés largos servidos con magia y estilo por el gran Luis Flóres, en los recorridos— no se queda aquí: viaja contigo y regresa cuando regreses.
Esto no es un adiós, Carolina Ethel. Es un hasta luego. El Guatapurí sigue corriendo, los cañaguates florecerán otra vez, la Casa de Encuentros mantiene tu lugar en la mesa, y nosotras —tus cómplices en este pedacito de Cesar— te esperamos con los brazos abiertos para seguir tejiendo lo que empezamos.
Con el cariño fraternal de quien sabe que las distancias no rompen los hilos que ya están anudados, extiendo con amor, fe y esperanza un abrazo en la distancia para ti, cálido, sentido y fraternal.
Gracias, Gracias, Gracias.
Yarime Lobo Baute






