Opinión

Crónica de una pensión anunciada (que nunca llega)

Diógenes Armando Pino Ávila

13/02/2026 - 06:20

 

Crónica de una pensión anunciada (que nunca llega)

 

Trabajar en entidades oficiales por casi cuatro décadas debería ser, por lo menos, un estado de dignidad para tener en cuenta en el uso del buen retiro y disfrute de una pensión de jubilación para vivir con dignidad los días que restan a la existencia de un hombre mayor, más cuando dentro de su historia laboral acumula casi 20 años de servicio en la docencia, sus últimos años de labores.

A ese adulto mayor que sale por “retiro forzoso”, es decir por haber cumplido 70 años de edad, en la forma más indelicada, pero amparada en la Ley, le comunican el retiro el día de su cumpleaños número 70 (no el día antes, ni el día después) ese regalo del Estado le llega sin anestesia, el celular le anuncia un  correo, el maestro cree que son felicitaciones de algún familiar o amigo, sonriente accede al correo y encuentra una nota escueta firmada por la Secretaría de Educación departamental donde le enuncian que ha sido retirado del servicio.

No hay, asesoría, no hay consejería, nada, la nota “monda y lironda” con que lo tiran a la calle. A ese maestro viejo le queda el consuelo de que va a disfrutar de la pensión de jubilación, ¡Vana ilusión! Sólo es el comienzo de un calvario que no sabe cuánto durará. Aguardará la pensión como el coronel de García Márquez espera la carta que le confirme que aún existe. Con la diferencia de que el maestro no espera una promesa de guerra, sino el pago de una vida de trabajo legal, certificado, firmado, sellado y archivado en algún escritorio donde la dignidad no figura como requisito.

Cada mes repetirá el ritual: revisar el celular, abrir el correo, preguntar, insistir. Y cada mes la respuesta es la misma, fiel como una sentencia literaria: “el proceso continúa”. Continúa hacia ninguna parte. Continúa como continúan los trámites en un Estado que sabe enseñar paciencia, pero no cumplir obligaciones. Gabo entendió que en América Latina la burocracia es una forma refinada de violencia. No golpea: desgasta. No grita: aplaza. No mata de una vez: mata por cansancio. Por eso el coronel no tiene quien le escriba. Y por eso el maestro jubilado no tiene quien le pague.

Ha sido educador durante décadas. Formó generaciones enteras en el valor del esfuerzo, la responsabilidad, el cumplimiento de la palabra. Hoy el Estado —ese gran pedagogo de la contradicción— le enseña que nada de eso aplica cuando el deudor es él. La lección es clara: el cumplimiento es solo para los débiles. Como en Cien años de soledad, aquí el abandono se volvió costumbre. Nadie se sorprende de que un maestro pase años esperando su pensión. Nadie se indigna. Nadie denuncia. El olvido se administra como política pública y el silencio se expide en resoluciones.

Aquí cabe aclarar, primero que el maestro de este caso, trabajó en el sector público, (Contraloría de la Nación, Secretaría de Salud, Alcaldía municipal y casi 20 años de maestros para un total de tiempo de servicio de 39 años) y segundo que el Estado en esta tragicomedia está representado en un burócrata, mando medio que se da la autoridad de tomarse el tiempo que le da la gana para tramitar la pensión en sus múltiples pasos. Qué busca ese burócrata: Que el maestro viejo se desespere y acuda a la practica de pagar para que le tramiten con relativa prontitud su derecho.

Mientras tanto, la vejez se vuelve un ejercicio de creatividad forzada que agudiza el ingenio: el maestro aprende a inventar cómo pagar servicios, cómo estirar el mercado, cómo justificar ante la familia que el trabajo de toda una vida terminó en una carpeta extraviada. La nevera vacía ya no es metáfora: es documento probatorio.

Esto no es un error administrativo. Es una decisión burocrática. La decisión de convertir la espera en política social y la paciencia en requisito de supervivencia. La decisión de enseñarnos que reclamar es impropio y protestar, ingratitud.

El coronel de la novela de Gabo, al final, responde que seguirá esperando. No porque crea en el sistema, sino porque no le queda otra forma de resistir. Muchos maestros hacen lo mismo: resisten. Pero no debería ser heroico cobrar una pensión. No debería ser literario exigir lo justo. No deberíamos tener que invocar a García Márquez para que el Estado cumpla. Y sin embargo, aquí estamos: viejos maestros convertidos en personajes de realismo burocrático, esperando que algún funcionario descubra que la dignidad también debería estar en nómina.

En este país, la pensión no es un derecho adquirido: es un acto de fe. Y como toda fe, exige silencio, obediencia y resignación. Mientras tanto, el Estado sigue predicando la importancia de la educación, como quien habla de Dios sin practicar los mandamientos.

Quizá un día llegue la pensión. Quizá no. Lo seguro es que cuando llegue —si llega— ya no hará falta. Porque habremos aprendido la última lección que este sistema imparte con rigor ejemplar: a los maestros se les honra cuando ya no reclaman, y se les paga cuando ya no pueden gastar.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

@AvilaDiogenes

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