Opinión

Las estatuas en el Vallenato: una creciente tendencia sin control

Orlando Molina Estrada

24/02/2026 - 02:45

 

Las estatuas en el Vallenato: una creciente tendencia sin control
El monumento a Diomedes Díaz en La Junta, Guajira / Foto: Tango Tours

 

Siendo el vallenato un género musical rico en historias, laureado por academias a nivel internacional, celebrado por sus historias, sus luchas de resistencia, empoderamiento cultural y recargado de imágenes poéticas, nadie se explica por qué la mayoría de los monumentos dedicados a sus protagonistas lo representan estatuas simples, maniquíes pesados o literales moles de cobre más cercanos al fetiche que al homenaje. El diseño cuestionable de muchas de estas pequeñas efigies, año tras año va ganando terreno, tallos inertes adornan los principales parques de pueblos y ciudades del epicentro vallenato, están por todas partes y a veces la gente llega a confundirlos con personas del mundo cotidiano, como el Carlos Vives vendedor de manillas en Hurtado que a más de uno ha dejado con la mano estirada.  

Pero hay sus excepciones notables, como las monedas de Patillal, los bustos de Luis Enrique y Carlos Huertas en Fonseca, el parque temático musical de Villanueva, La glorieta de los juglares en el Parque De la Provincia, La Pilonera mayor y el estoico Leandro Díaz en Valledupar, no solo se aprecian como un homenaje a las canciones, sino como obras que tienen un valor artístico y ornamental.

Pero válgame Dios las de San Juan, inauguradas en diciembre de 2025, posan como perfectos maniquíes en alerta cotidiana, la de Juancho Rois parece un René Higuita dietético, la de Nelson Velásquez, un Messi verbenero que no se pierde una de El Gran Fidel, con la intocable gorra de Alex Char y Diomedes, que, a pesar de ser Diomedes, con sus pantalones de plomo derritiéndose es tal vez una estrella psicodélica aun viva de la música disco. No sé por qué piensan que es el culto a la personalidad del artista y no su obra quien tiene que ser homenajeada, pues qué hubiese pasado si en vez de gorra es un cigarrillo que caracteriza a Nelson Velásquez (el sombrero de “Colacho” ya es otra cosa). Las burlas que han generado estas estatuas no solo son mamaderas de gallo del parretao costeño, demuestran que los homenajes no solo están justificados por las buenas intenciones sino por el compromiso estético de estar a la altura del género musical más representativo de colombianidad en los últimos años.

Cuando digo que el diseño de las estatuas son cuestionables, no me opongo al homenaje ni desacredito el espacio público o el turismo que florece en torno a los monumentos, porque en estos tiempos de “espantajopismo” y esnobismo multimedia, incluso las estatuas de una burra en La Plaza de Majagual o un político dueño de un equipo en Barranquilla posan como próceres modernos, en realidad pensaría que debiese haber una política de embellecimiento o una idea conjunta de cómo tendrían que verse estos monumentos y si es necesariamente obligatorio que sean de forma figurativas o simbólicas como la Luna sanjuanera de Roberto o el Monumento a las guitarras en la plaza primero de mayo de Valledupar que van más acorde con la riqueza metafórica de este género. En las redes sociales, por ejemplo, se maneja una iconografía más afín con imágenes y toda clase de performance bien elaborado. Hace tiempo circuló un álbum con retratos de las principales protagonistas de las canciones. A nadie le constaba que Bertha Caldera o Sara Baquero lucieran así a los 15, pero al menos teníamos una representación digna de la musa homenajeada. Ojalá le llegue el turno a las mujeres y tengamos obras a la altura de La pilonera mayor o La Toti Vergara en el Malecón del Río en Curramba.

El otro punto incómodo está relacionado con monumentos a artistas que aún están vigentes y que el público joven los reconoce en los medios y aunque lo merezcan, por qué primero no se toma en consideración a aquellas glorias canónicas del vallenato injustamente tratadas por los medios, que tal vez hoy las juventudes no los identifican, pero es necesario tenerlos presentes porque aportaron demasiado a la historia de la música y la identidad nacional, ya que en últimas, una estatua es un documento público y ante todo histórico, que aparte de promover indistintamente el turismo, principalmente educa en valores. Dimensionemos entonces, cuánto será la responsabilidad con la que asuma su trabajo el artista encargado de hacer posible el homenaje a Alfredo Gutiérrez, Emilio Oviedo y Calixto Ochoa entre muchos otros en el Parque de la Provincia. Por eso el peso de una canción o el orgullo que nos produce un músico deben tener su equivalencia justa a la hora de recibir un homenaje en plaza pública.

 

Orlando Molina Estrada

Sobre el autor

Orlando Molina Estrada

Orlando Molina Estrada

Sal y sol

Orlando Molina Estrada (1985), nacido en San José de Saco, Atlántico, Licenciado en Humanidades y Lengua Castellana y Maestrante en Literatura hispanoamericana y del Caribe de la Universidad del Atlántico. Investigador de la cultura vallenata y temas relacionados con la música como eslabón en el proyecto Estado-nación. Actualmente, se desempeña como docente y adelanta estudios sobre la obra del compositor Rafael Manjarrez Mendoza en calidad de tesis de maestría.

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