Opinión
Palabra con olor a mastranco: el mapa de las mujeres del agua

Vengo del borde del agua, de una tierra donde el barro respira y el viento lleva nombres ancestrales.
Nací en Chimichagua, un lugar donde el amanecer tiene olor a totumo, a mastranco, a rocío y el silencio del mediodía se llena con el canto de las garzas. Allí aprendí que la palabra se siembra. Y que cada verso puede ser raíz, flor o camino.
Hablar de poesía, territorio y mujeres implica reconocer el vínculo profundo entre palabra, memoria y pertenencia. La poesía no es únicamente una forma estética, es un modo de habitar el mundo. Cuando una mujer escribe desde su lugar, está trazando un mapa emocional y simbólico que une su historia con la de su comunidad.
El sociólogo Gilberto Giménez ha señalado que el territorio se construye con los afectos y los sentidos de pertenencia, más allá de los límites geográficos. Desde esa mirada, la poesía se convierte en un territorio de identidad, donde cada palabra encarna una raíz. En las voces femeninas del Caribe interior, esa raíz se expresa con especial fuerza. Sus versos surgen del contacto con la tierra, de la memoria oral, del gesto cotidiano que conserva la vida.
La relación entre poesía y territorio no es un concepto nuevo, pero en las mujeres cobra una dimensión distinta. El cuerpo femenino, su experiencia y su vínculo con la naturaleza revelan formas de conocimiento que durante mucho tiempo fueron invisibles para la historia oficial. Por eso, cada vez que una poeta escribe desde su origen, restituye un fragmento de esa historia silenciada.
El poema se convierte entonces en un acto de retorno, una manera de reencontrarse con la infancia, con el paisaje y con la herencia espiritual. En contextos rurales como el de Chimichagua, la palabra poética surge del entorno. Los ríos, las ciénagas, los árboles y las mujeres del agua son presencias vivas que continúan dialogando con quien escribe.
El poema recuerda, brota, se impone.
Desde mi experiencia como maestra y creadora, he comprendido que la poesía también es una pedagogía. Cada lectura compartida en la escuela, cada declamación de mis estudiantes prolonga el territorio simbólico de la palabra. El aula se vuelve extensión del paisaje, un espacio donde se siembra conocimiento y se preserva la cultura a través de un poema.
El antropólogo Arturo Escobar sostiene que el territorio es una trama viva de relaciones donde la naturaleza, la cultura y la comunidad se sostienen mutuamente. Esa visión permite entender la poesía como una práctica de cuidado y continuidad. Nombrar el agua, el linaje o la tierra es mantener abierta la red de la vida.
En las voces femeninas del Cesar, esa red se teje con palabras humildes y profundas, con gestos cotidianos que a veces pasan inadvertidos.
Las mujeres de Chimichagua han sido guardianas del lenguaje. A través de la oralidad han mantenido viva la historia de su pueblo. Cada relato contado en una cocina, cada canto entonado al amanecer, cada consejo transmitido de madre a hija conforma una literatura ancestral que antecede al papel. La poesía escrita continúa esa tradición y la transforma en memoria visible.
Hablar de territorio desde la poesía femenina del Cesar es hablar de resistencia cultural. Mientras la globalización tiende a uniformar los lenguajes, las poetas del Caribe interior siguen defendiendo su acento, su ritmo, su imaginario. Cada palabra es una forma de afirmación, un gesto de fidelidad hacia la raíz.
Poesía, territorio y mujeres forman una misma unidad vital. La mujer encarna la fertilidad del mundo, el territorio conserva su memoria y la poesía une ambas dimensiones. En las voces que nacen de la tierra se preserva la fuerza del linaje y el futuro de la cultura. La palabra femenina no solo expresa sensibilidad, también construye pensamiento.
En el Cesar, esa palabra se nutre del barro, de la música y del silencio. Habla con la serenidad del río y la firmeza de las raíces. Es una palabra que más allá de adornar, busca reconocer, que no separa la emoción del conocimiento, porque sabe que toda sabiduría nace del vínculo con la vida.
Por eso, cuando una mujer del agua escribe, el territorio vuelve a latir. Y cuando el poema se pronuncia, la memoria del pueblo se hace presente. Así, la poesía se convierte en un puente que une el pasado con el porvenir, la experiencia íntima con la historia colectiva. El paisaje respira en cada verso, y en esa respiración se mantiene viva la identidad de un pueblo que aprendió a decirse a través de sus mujeres.
Martha Navarro Bentham
Sobre el autor
Martha Navarro Bentham
Ojo de agua
Nacida en Chimichagua, Cesar, Colombia. Escribe desde la experiencia y el asombro, hilando lo que vive con lo que lee. Sus textos son retazos de una realidad observada, donde el territorio, la memoria y los afectos se encuentran para ser nombrados.
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