Opinión
Cuando el frío de la soledad congela los recuerdos del más cálido amor

Las letras de las canciones, al igual que las de los poemas, pueden nacer en cualquier momento: unas brotan de profundas tristezas, otras de las alegrías que despiertan en quienes se atreven a expresarlas.
En los habituales días soleados del Caribe colombiano, bajo ese calor ardiente de una ciudad adornada con dulces árboles de mango en casas y plazas públicas, y despertada por el sonido alegre de un buen vallenato, conocí a la mujer más encantadora. Su espíritu juvenil y alegre, propio del ambiente costeño, me enseñó a bailar en la tierra de los acordeones: Valledupar.
Me sedujo con su mirada de luna llena y una sonrisa adornada de estrellas. Me transportó a un cosmos donde mi pensamiento solo podía dedicarse a ella. No había espacio para nada ni para nadie más. Reservé todo mi corazón, dispuesto a cargar con la fuerza más grande que sostenía mi existencia. La juventud, entre caricias, nos mantenía sedados por la magia de un amor que creíamos eterno.
Con el paso de los años, esa atracción se hizo más fuerte, hasta el punto de jurarnos amor a orillas del Guatapurí. Sus cristalinas y refrescantes aguas fueron testigos de aquel idilio, de una pareja que pronto uniría sus vidas bajo el sagrado juramento del matrimonio.
Cuando aparece el amor, el tiempo se detiene. Nada parece existir fuera del círculo de los enamorados; el universo parece girar alrededor de ellos. Pero la vida, con su crudeza, nos recuerda que esa ilusión puede desvanecerse.
Una vez unidas nuestras vidas, llegaron los problemas. Se apagaron los apretones de manos, se esfumaron los ratos de dormir entre sus piernas, y hasta se borraron de mis recuerdos las suaves caricias de sus dedos deslizándose entre mi cabello, que me llevaban al más profundo sueño.
La relación se sostuvo sin las caricias propias de los enamorados. Nos hablábamos solo de lo necesario. Sentí entonces que el frío de la soledad había congelado los más bellos recuerdos de aquel cálido amor que viví en el Caribe.
Desde ese momento, los jardines dejaron de florecer en colores para mí. Solo flores negras se dibujaban en mis pensamientos. Nunca supe si ella sentía lo mismo, pues jamás volvimos a conversar sobre sentimientos.
Busqué refugio en las parrandas vallenatas, intentando revivir aquellos recuerdos bajo el sonido de los acordeones. Pero al terminar la música, la realidad volvía a golpearme. El vacío de mi existencia era evidente: mi cuerpo cambió, mi andar se volvió lento, como quien carga sobre su alma el más pesado costal que roba las fuerzas con cada paso.
Llegué a pensar que tal vez sería mejor distanciarme de ella. Pero temía que aquella soledad tan profunda terminara por congelar para siempre las esperanzas de recuperar el cálido amor que alguna vez encontré en ese hermoso lugar llamado Valledupar.
Nerio Luis Mejía






