Opinión
Cada vez que veo por la ventana

Tenía una manera extraña de caminar, siempre hacia adelante, al compás de sus convicciones que mostró y demostró con vehemencia, desde aquellos tiempos felices, pese a las dificultades, vicisitudes y apretones ‘inflacionarios’, en la década de los sesenta. En 1964, el prominente César Pompeyo Mendoza Hinojosa, forjador de voluntades, domador de ‘fieras’, fierecillas y vagos potenciales, fundó el glorioso Ateneo El Rosario, cuya entrada principal romantizaba con la casa del inquietísimo jinete de yeguas, mulos, potrancas y echores, Enrique Borrego, con las espuelas en punta siempre.
Eran tiempos de cimarronismo juvenil, en esa época de oscurana, más que de luz eléctrica, iniciaron con nosotros cañaguateros de racamandaca como Alvarito Galindo, Memo Vega, Julio Barranco, Jaime Socarras, Chambacú, Pedrito Valdés, Ibelintong Montañez y sus hermanos Rosado Sánchez con el menorcito a la vanguardia, de otros sectores del pueblo, Eduardo Dangond Castro, Tico Aroca, Chiribico Cabello,los hermanos Quintero Molina, Quintero Romero, Jorgito Gnecco, Enrique Oñate, Alejandro y Lacidito Daza, entre los más.
Él fue excelente jugador de fútbol, con la calidad de los mejores, no obstante, su bajísima estatura y la imagen nativa de su rostro, sobre todo, cuando algo lo contrariaba. Se hizo querer desde el principio, lo recuerdo ‘sacando pecho’ cuando pasaba al tablero y mostraba con creces que había estudiado. Se agigantaba en la cancha, se paseaba por el espacio de creación con la solvencia de los mejores y jamás mostró ‘novelería’ por las ‘alegrias’ que Pipe el palenquero ofrecía durante el recreo, en cambio, se tranformaba ante una ‘lengua’, y las tostadas circunferenciadas, de donde “La Ino”, que él sabía invadir de dulce de maduro, esparciéndolo en forma manual y equitativa, mientras vitoreaba la potencia saborística de los pingüinos de limón, sin desatender la exquisitez melodiosa de los refrescos Guatapuri que don Avelino Romero puso de moda en nuestra tierra hermosa.
Recordar es vivir
Sea que tuviéramos para comprar o no, en todo momento existía un remanente en los bolsillos para acudir al trueque en pos de ‘llenar’, lo más rápido posible, la cartilla de caramelos Domador. Pero ese gigante de corazón le ponía más atención a las tareas de matemáticas, a los cuestionarios que no faltaban y, con énfasis admirable, los picaitos de fútbol en el callejón de los Ariza.
Jamás lo vi asomarse siquiera por los lares de las casas donde se hacía parrandas en esa época de crecimiento y desarrollo. En cambio, cuando pasamos al Nacional Loperena se enloqueció con la avena de Franco, ingestarla era un ritual identitario para él, que conservó mientras le fué posible. Alguna vez pedí su opción respecto de porqué le gustaba tanto, me respondió con creciente solvencia, destacó la textura, el baile en el recipiente a pesar de la espesidad, recordándome que el dulzor presente maridaba con la austera carga de hielo, amoquillándola hasta diluirla a la mínima expresión con lo cual la enfriaba, en punto decente, sin humillar el paladar. Fue categórico al afirmar que el valor nutritivo era directamente proporcional al goce personal que avivaba en cada consumidor, en aquellos tiempos de felicidad extendida con pequeñas cosas como el entusiasta convite del recreo.
Pervive en el recuerdo su primera presentación ‘artistica’ cuando, en 1967, acompañó a Marlon Puerta quien, como él, vivía en el naciente barrio Guatapurí, durante la primera parte del centro literario liderado por nuestro director de grupo, inolvidable, Lorenzo Padrón, estaba de moda la balada:
Cada vez que veo por la ventana
miro para el parque sin cesar
las parejas platican de amor
pero nada más puedo soñar;
pensando en cosas
por amar de verdad …
De regreso al Padre
Ahora, en medio del fragor político y de estos soles calientes de marzo, me entero de manera incidental que ese formidable ser y futbolista de postín, estudiante, y profesional de kilates comprobados, ese buen amigo y hombre de bien, partió en viaje eterno hace menos de tres meses, en pleno diciembre de 2025. Más que dolerme, me entristece no haberme enterado para hablarle, como siempre que nos encontrábamos, de su pantalonetica de otomana azul, de su indigenismo facial y estatural, preguntarle por Marlon Puerta, recordarle sus golazos en el callejón de los Ariza, pero destaco su reencuentro con el Padre. Imaginable el recibimiento con el viejo Joaco vestido de hermano de Jesús Nazareno, a la cabeza, el Doctor Álvaro Araújo Noguera para reiterarle que no era un cargo lo que le servía sino una vaca para paliar el deudón de leche cercano al millón de pesos en época peluística y el licenciado César Mendoza Hinojosa revisándole ‘pañuelo, peinilla y limpión’, mientras en el Valle su esposa amada, sus hijos, sus hermanos: Silvia, Amira, Joaco, y los demás, lloran su partida. También le diría que sigo, como El Coronel no tiene quién le escriba, en espera interminable del alijo procedente de Pueblo Bello, así sea un par de plátanos serranos a falta de pomarrosas y de naranjas omligonas, sin que su hermano Wálter se compadezca de la pesadumbre que ocasiona su cujidera sobreviniente. Estoy seguro que donde está, el gran Jose González Rodríguez, se emociona al precisar que ahora, por su ausencia, es cuando Monche Duque hereda el primer puesto como estrella en el fútbol familiar, y eso, si Pitico se lo permite.
Alberto Muñoz Peñaloza
Sobre el autor
Alberto Muñoz Peñaloza
Cosas del Valle
Alberto Muñoz Peñaloza (Valledupar). Es periodista y abogado. Desempeñó el cargo de director de la Casa de la Cultura de Valledupar y su columna “Cosas del Valle” nos abre una ventana sobre todas esas anécdotas que hacen de Valledupar una ciudad única.
1 Comentarios
Buena crónica, al estilo de Moisés Perea.
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