Opinión

El deterioro del postín

Alberto Muñoz Peñaloza

23/03/2026 - 06:20

 

El deterioro del postín

 

Fue en marzo de 2020, anualidad inolvidable para la humanidad, esa mañana en Las Flores planteaba la misma posibilidad de ir a comprar alimentos, siempre con la mascarilla ajustada, saludar a distancia y lavarse las manos con técnica y frecuencia, sin naufragar en el intento. Sólo en casa, porque Pechi había ido al cumpleaños de Maria Martha, de manera que, cuando comenzó el aislamiento, así se dieron las cosas, por cierto, extendiéndose hasta el mes de octubre cuando pudo regresar.

De pronto pasó mi vecina, llevaba un par de arepuelas en la mano, la primera registraba un mordisco sin remordimientos, el faltante de la completud era apreciable, mostraba que el resultado fue engullido con creces. Tenía rezagos de saliva fresca en los bordes, de manera que para nada incitaba a pedir. La segunda, evidenciaba orondez pero nada es más despreciable que una arepuela flácida, sin crocancia, anémica en el amarillo tenue que denota pesadez existencial. Tampoco brindó, prefirió marcharse con su ‘botín’ en tratándose de la incertidumbre reinante.

Entonces, pasó el transeúnte ocasional, se detuvo sin saludar, pero mediante la risa, acicalada y dispuesta, mostró la firmeza de lo que diría, “lo que viene es mortandad, puede acabarse el mundo, ni se les ocurra usar tapabocas porque se pueden atragantar, la tela es mejor”. La fama la tienen los barranquilleros, por la parla que los caracteriza, pero en todas partes ‘se cuecen habas’ cuando las hay. El personaje hizo una recolecta y partió diciéndose a sí mismo y a los demás que se compraría cubre bocas azul turquí para homenajear a su abuelo quien murió dándole vivas al partido conservador. Se cumplen 6 años de esos episodios en cuyo desarrollo numerosos colombianos perdieron la vida, en nuestro medio, el dolor, la falta de aire idóneo y el luto cubrieron la cotidianidad en muchos hogares, igual que en el resto del mundo.

Mano tendida

En uno de esos días fui a Éxito Las Flores en plan de aprovisionamiento, la mayoría mirábamos por debajito, como armadillo asustao, hasta que alguien ‘rompió el hielo’. Sin preámbulos ni protocolos, Luis Joaquín Mendoza Sierra, se acercó con sonrisas en promoción constante, animó a los presentes y conversamos unos minutos. Cada quien volvió a su espacio de seguridad, la casa, que cubría los miedos, temores y diretes mientras era dable celebrar el encuentro con personal de su talante. Al siguiente día fue anunciado el resultado positivo de su prueba para covid-19. En mi caso reconocí la cercanía del tramacazo, pero su asintomatologia y haber podido recordar, que en nuestra charla las mascarillas estuvieron en su punto, me tranquilizó, no obstante, fue asimilado como alerta para extremar los cuidados.

Dada la incertidumbre, el regalo de mi hermano Ismael resultó ser el mejor aguinaldo por adelantado, dos bolas de tamarindo con, la textura tradicional, el infatigable sabor de la vida, dulzor a manos llenas y el agrio reencuentro diario con lo que distrae de la excelencia; fue una exhortación al pasado con nuestros mayores, recordamos con emoción los burritos y queques que enarbolaban la vitrina principal en la tienda de Suárez, también los ‘pasajeros’ en los cajones de pino blanco, resultado de los amasijos de las queridísimas Elí Villero, María Castilla y su hija Maria Lourdes “Lulu”, los notables, ‘arepita e’ queque, merengue, chiricana y dulce’ que años después Fernando Dangond Castro inmortalizó en su bellísimo canto, Nació mi poesía; recalcamos la magia pura hecha avena, en textura y en exquisitez plena por, la del hombre del bigote a la entrada, la séptima, al viejo mercado público y la de Franco, en la puerta principal del inolvidable Colegio Nacional Loperena, destacamos el misterioso contenido de las panochas de Italpan vertido al mundo con almíbar, queso sin restricción y el característico dejo nostálgico del anís que no se ve, sin omitir mención para el surtido gastronómico estelar de Merendero La Bella, donde la majestuosa María Iberia Ustáriz, en aquella época feliz de Valledupar, cuya emulación se anhela; los pastelitos en su primera historia dieron paso a las empanadas sin hacerle ni cosquillas al mejor guarapo de todos los tiempos: la auténtica y espumosa frescola de Rodri frente al teatro San Jorge, sin discutir con nadie ni para la nada, el Grammy popular para el peto de la recordada vieja Trini, la mamá de Cristóbal, Victor, Rolando, La Pola y más, declarándose fuera de concurso a la incansable Aminta Monsalvo con sus turrones de leche cuyo sabor era el preludio del grado máximo de la luna de miel bucal.

El arribo magistral

Para el cierre del último aislamiento obligatorio, por determinación gubernamental, el sentimiento del vecindario en Urbanización Las Flores, tuvo una inesperada visita, un inusual arribo se hizo presente, con vestimenta elegante sin aire formal pero con señales de buen gusto y refinamiento. La estatura baja se agigantaba por el brillo total de los zapatos charolados, La doblez direccionada del pantalón cuyos pliegues simulaban la perfección de los fuelles del acordeón recién desempacado mientras la camisa con colores tropicales signaba la humanidad corporal de un ser sensible, amoroso y distinguido, ni que hablar de la correa de auténtico cuero de cocodrilo amaestrado y aquel copete situado como corona capilar de excelencia con un solo precedente en la historia conocida de Valledupar, el de Jairo Sarmiento, artista plástico vallenato, que lucía todas las noches con elegancia y donaire en las gradas iniciales del teatro San Jorge. Pero lo más significativo del recién llegado fue, precisamente, el maletín ‘mesacé’ que lució con finura protocolaria sin apoyarlo un segundo en el piso ni siquiera cuando saludaba con la derecha, que erguidez, que puesta en escena con postín admirable.

Recorrió una a una las calles y carreras del sector, con decencia propia de la realeza se acercó a cada tienda en averiguación de precios, preguntó por todo menos por licores ni mucho menos cigarrillos ni cervezas, pasó revista exterior al patinódromo interesándose en conocer de campeones y símbolos de triunfo en tan significativo escenario, hizo un lento recorrido perimetral por la cancha Las Flores, elogió sin parar el amoblamiento instalado, principalmente las bancas metálicas, la jardinización y el cuidado del verdor disponible. Se acercó al kiosco, pendiente de la oferta a la vista, destacó la redondez vanidosa de las arepa e´huevo y la preñez provocativa de las mismas, sentimentalizó el donaire de las papas rellenas y la cadencia de los chicharrones en la vitrina.

El declive inexorable

Esa primera noche la pasó en el barrio, lo ubicaron en la tienda La 14, gracias a la sensibilidad floreciente de su propietaria, quedándose hasta nuestros días. Pero mucha agua ha pasado bajo los puentes, por lo que viene y vuelve, durante estos años el postín va deteriorándose de manera irremediable. La elegancia quedó atrás, los zapatos de lord dieron paso a chancletas que en ocasiones difieren en el color, los pantalones se tornaron en bermudas cuyo anchaje da cuenta del donativo, camisetas arrugadas, por meses anduvo con sus cosas en carricoche de super mercado hasta cuando lo perdió en el empeño. Dejó el abrigo del garaje de la tienda para cambiar cada noche de nido callejero, algunas veces en cualquier alar, otras en bancas estratégicas de la cancha Las Flores que escoge de acuerdo con el direccionamiento de la brisa fría de nuestras madrugadas.

Duele verlo sometido al vicio, pero enorgullece saber que, a pesar de la precariedad y de su escaso equipaje, conserva la honradez y la decencia. Su procedencia ya se conoce, desde la municipalidad de Agustín Codazzi, bien se sabe qué forma parte de una familia digna y emprendedora, quienes en más de una ocasión lo han recogido para tratarlo pero ha podido más la tozudez del vicio, de la adicción, sobre su debilidad emocional y la erosión permanente del carácter.

Ahora, ha empeorado la situación, oscurece el panorama, a cambio de desayuno cada día prefiere la combinación maléfica de un tarrillo de alcohol antiséptico con malta, lo ingiere como si se tratara del jugo de zapote clásico de Los Corales, cinco minutos después tiembla, colorea su piel facial cual barro quemado y entra en ese trance existencial que mi amigo Carlos Cadena Beleño describiría como la bobera del siglo. Es evidente que está acabándose en vida, sumándole pastas estupefacientes y más de lo que encuentre. Cada vez que ha excursionado por El Boliche su regreso ha producido dolor ajeno por las molungas reiteradas dejándolo más muerto que vivo, pese a lo cual, se recupera sin parar.

Y nuestra sociedad indolente ve la muerte galopante en seres enfermos, sin hogar distinto que la calle, casi siempre sin hacer nada al respecto. Los gobiernos territoriales, de modo principal la Alcaldía de Valledupar en este caso, son los llamados a intervenir para procurarle atención, tratamiento y oportunidades de vivir mejor. Claro, el puente tendría que ser la junta de acción comunal, pero todo indica que la de Las Flores merece urgentísima salvación con la elección de nuevos dignatarios que entiendan, de una vez por todas, que ser elegidos no es caché sino el compromiso y la oportunidad, inestimables, de servir, de mostrar solidaridad y ejemplo ciudadano, porque como reza nuestro Credo Junior, “servir a la humanidad es la mejor obra de una vida”.

 

Albero Muñoz Peñaloza

Valle del Cacique Upar        

Sobre el autor

Alberto Muñoz Peñaloza

Alberto Muñoz Peñaloza

Cosas del Valle

Alberto Muñoz Peñaloza (Valledupar). Es periodista y abogado. Desempeñó el cargo de director de la Casa de la Cultura de Valledupar y su columna “Cosas del Valle” nos abre una ventana sobre todas esas anécdotas que hacen de Valledupar una ciudad única.

@albertomunozpen

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