Opinión

Aquellas Semanas Santas qué nunca volverán

Gustavo A. Carreño Jiménez

31/03/2026 - 06:05

 

Aquellas Semanas Santas qué nunca volverán
Procesiones de Semana santa en el Caribe colombiano / Foto: archivo PanoramaCultural.com.co

 

Son días medianamente soleados, un poco más frescos, por momentos un tanto resplandeciente, nubes grisáceas asoman y desaparecen rápidamente, por instantes se encapota la bóveda celeste, son días tranquilos, silenciosos, parsimoniosos, pareciera que el tiempo girara más lentamente, aconteceres evocadores de la proximidad de la semana santa o semana mayor, y todo este paisaje sociocultural se aprecia mejor con un buen tinto al comenzar la mañana.

Sin duda, ha llegado semana santa, tiempo de celebración de la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo y su presencia sanadora entre la humanidad, la conmemoración religiosa anual más importante del mundo cristiano, católico, ortodoxo y protestante. El catolicismo “coloniza” el espíritu del continente americano y Colombia en particular como un arma espiritual poderosa, ellos, los conquistadores españoles, en una mano trajeron la espada, y en la otra, la biblia.

Entonces se impuso sobre los ritos y creencias de nuestros aborígenes y se quedó para siempre en estas prodigiosas tierras, luego de la trietnización, hibridación, transculturación y sincretismo cultural pasando a ser parte fundamental de la vida de los pueblos, una combinación de lo sagrado, mítico, creencias y valores y formas de vida espiritual de la sociedad.

No hay pueblo en Colombia que no celebre está importante fecha, la semana mayor, sin embargo, algunos pueblos se destacan por la magnificencia, tradición y valores religiosos y culturales, me refiero a Popayán (Cauca), Mompox (Bolívar), Santo Tomás (Atlántico), Galeras (Sucre), entre otros. La tradición enseña que, finalizado el tiempo de la carne, es decir, el carnaval, se inicia al día siguiente (miércoles de ceniza) un tiempo de recogimiento, moderación, abstinencia, reflexión, interiorización y valoración de la vida y creencias por hombres y mujeres de Cristo. Así ambas celebraciones van de la mano y forman parte de la tradición judeo-cristiana.

La semana mayor llega con un significado claro y contundente, despojados de los tiempos del desorden, fiestas, disfraces, parodias, licor y todo tipo de catarsis social, los buenos cristianos corren a las parroquias a buscar la cruz de ceniza dibujada por un sacerdote o algunos de sus colaboradores, con la intención de lavar los excesos o pecados del periodo de la libertad total o de meses antes, cumpliéndose así el refrán popular “el que peca y reza, empata”.

En mi natal Santa Ana vivimos Semanas Santas inolvidables, únicas, especialmente fervorosas, cargadas de tradición y mucha magia, recuerdos escritos en mi memoria. El decurso de los años 60s daban cuenta de una comunidad campesina, agrícola y ganadera, laboriosa, un centro poblado pujante en el sentido de contar con más de la mitad de la población y extensión territorial de hoy, dado que cuatro de sus corregimientos actualmente son municipios.

Lo mejor dotación de servicios y modernización estaban en la cabecera, dónde la televisión era exclusividad de pocas familias, las más pudientes y los empleados del Andian (con una estación sede en la cabecera municipal), el medio masivo de comunicación era la radio (Libertad. Sutatenza, etc.), los periódicos llegaban en lancha de Magangué, por encargo, el alumbrado eléctrico era con planta y se sectorizaba, de manera que permanentemente medio pueblo estaba con luz y la otra mitad en tinieblas, el cine llegaría en la década de los años 70s.

Todo este panorama confluía en un ambiente de recato, conservador, en observancia de lo establecido, con respeto por la moral, las costumbres tradicionales y el fervor católico, cristiano. En ese ambiente crecimos y nos formamos todos los de mi generación, sin dispositivos electrónicos, internet, redes sociales, etc.; referente a la educación, esta era exclusivamente pública, confesionalmente católica, apostólica y romana, como eran inmensa mayoría de las familias, formadas bajo el catolicismo del padre Gaspar Astete y las normas de comportamiento de la urbanidad de Don Manuel Antonio Carr1eño, homónimo del apreciado tío Toño.

De aquellas Semanas Santas rescato estas vivencias:

  • Actos religiosos toda la semana: Entre el domingo de ramos y el domingo de resurrección, celebración de actos litúrgicos, misas procesiones organizadas por el sacerdote de la parroquia central de nuestra señora Santa Ana. En los hogares era una tradición la práctica de los inciensos, sahumerios, recreando un ambiente místico, de purificación, alejamiento de las malas energías al elevarse hacia el cielo y al supremo las peticiones de sus creaturas.    
  • Los campamentos: Eran invitaciones a compartir con familias enteras, en un ambiente de compadrazgo, unión y familiaridad, como no recordar aquellas vividas en comunión con la Villamizar Pianeta, de Don Sebastián Villamizar en su finca “San Juan”, o, con la familia Pava Villamizar, en la finca “El silencio” de Don Julián Pava. En estos compartir se juagaba cartas, dominó, parqués, etc.
  • Dulces, comidas y manjares:  Un compartir también colectivo, entre todos vecinos y amigos del pueblo. Eso era plato que iba y plato que venía, no había estómago para tanta comida. Un homenaje a la vida, manifestado en la fertilidad de la tierra y sus frutos transformados por la gastronomía nativa.
  • Postres tradicionales: Acompañaban también, por ejemplo, cocadas, bollos de plátano, yuca, batata o maíz; las chichas, guarapo de caña dulce y el cazabe. Este último como postre sí se trataba de dulce o bastimento sí era de sal, antecesor inmediato de las galletas de soda de hoy. San Fernando tuvo en las primas Demetria Carreño y Elisa Jimenez dos prodigiosas cazaberas.  
  • El veto a las carnes rojas y de monte: La comida preferida era el pescado, bagre, moncholo, hicotea, nada de carnes rojas, mucho menos de monte como el venado, conejo, guartinaja, etc. La preparación de las comidas era en días previos a los días mayores de la semana mayor (jueves y viernes santo), días en los que los fogones de apagaban.
  • Pescado salado del tamaño de un hombre: Me recuerdan mis hermanos mayores, en Sinaí (Rabón), entonces finca de mi padre en el corregimiento de Barro Blanco. Allí los López Coronado pescaban bagres que salaban, amontonaban y empacaban para el resto del año, algunos gigantescos, del tamaño de un ser humano, ¡algo increíble! La semana Santa era la época del bagre.  
  • Otras prohibiciones: Restricción a las fiestas, poca música, preferiblemente sacra, cantos gregorianos, etc. No se ordeñaba, cogía machete, ni realizar actividades del campo, se creía que los árboles brotaban sangre los jueves y viernes santos; la vestimenta era de luto o tenue, nada de colores vivos; se evitaba bañarse a las 12 del medio de los días consagrados o hacer el amor aquellos mismos días, so pena de quedarse apareados como caninos, eran creencias arraigadas.
  • Los corrales de hicotea: Sobre todo en las fincas a la orilla del río (Magdalena) o ciénagas, quebradas o arroyos.  En Nazareth, finca de mi padre, los perros los llevaban entre sus hocicos al cazarlos en las costas de la ciénaga de Jaraba.
  • Castigo a porfiados e irrespetuosos:  Se comentaba que los atrevidos qué pasaban por alto el recogimiento y el irrespeto a la vida, pasión, muerte y resurrección de Cristo, especialmente los días mayores, le salían aparatos, duendes, espantos, animales, escuchaban voces de ultratumba amenazantes que los perseguían o azotaban en los caminos y parajes transitados.

Eran otros tiempos, otras épocas, buena parte de eso ha cambiado, conservándose muy poco de aquello, en las últimas décadas la semana mayor es el “más largo puente del año”, del recogimiento y devoción cristiana se pasó al descanso, rumba y turismo masivo. El mandato constitucional instauró en 1991 una sociedad y educación laicas, multicultural, pluralista, adicionalmente, el mundo globalizado perfila una ciudadanía cosmopolita, garantes del relajamiento, permisividad y tolerancias a las nuevas costumbres y las costumbres permanecen, pero también cambian, y cuando cambian o se resquebrajan, nuevos aires entran por sus grietas.   

 

Gustavo A. Carreño Jiménez

Sobre el autor

Gustavo A. Carreño Jiménez

Gustavo A. Carreño Jiménez

Desmitificando a la India Catalina

Economista, Universidad de Cartagena. Especialista en Gerencia de Proyectos, Universidad Piloto de Colombia (Bogotá). Magister en Desarrollo y Cultura de la Universidad Tecnológica de Bolívar. Investigador Cultural. Maestro de Ciencias Sociales Distrito de Cartagena de Indias.

@TavoCarJim

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