Opinión

Gaitán: mito, memoria y herida abierta de un país que aún no aprende

Diógenes Armando Pino Ávila

10/04/2026 - 06:30

 

Gaitán: mito, memoria y herida abierta de un país que aún no aprende
Jorge Eliécer Gaitán en uno de sus discursos / Foto: créditos a su autor

 

Colombia no nació violenta, pero se fue acostumbrando. Como quien crece en una casa donde los gritos son paisaje, este país terminó viendo la guerra como rutina, la muerte como estadística y el poder como botín.

Desde temprano, la política dejó de ser un escenario de ideas para convertirse en un campo de batalla. Y el cóctel ha sido siempre el mismo: poder, tierra, ambición. Una mezcla amarga que ha dejado generaciones enteras con las manos vacías y la memoria llena de ausencias.

El siglo XX colombiano no se cuenta, se duele. Ahí están los nombres, como campanas que no dejan de sonar:

  • Rafael Uribe Uribe, a hachazos, como si matar ideas fuera cuestión de fuerza bruta.
  • Jorge Eliécer Gaitán, a bala limpia en pleno centro de Bogotá, cuando el pueblo creía que podía llegar al poder sin pedir permiso.
  • Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo… exterminados junto a un partido entero.
  • Luis Carlos Galán, cayendo en una plaza como símbolo de un país que mata la esperanza en público.
  • Carlos Pizarro, asesinado después de firmar la paz, como si ni siquiera rendirse fuera garantía de vida.
  • Álvaro Gómez Hurtado, víctima también de ese entramado oscuro donde la verdad siempre llega tarde.

Y detrás de ellos, miles, cientos de miles de anónimos que no tienen estatua, ni calle, ni memoria oficial. Pero entre todos, hay uno que no se fue. Gaitán no es solo un nombre…
es un eco.

¿Por qué? Porque logró algo que pocos han logrado en este país: convertir la política en esperanza popular real. No hablaba desde arriba. Hablaba desde la entraña del pueblo. No pedía permiso a las élites. Las enfrentaba. Y sobre todo, creía —y hacía creer— que el poder podía cambiar de manos por la vía del voto. Eso, en su época, era casi una herejía. El 9 de abril: mataron a un hombre y nació un símbolo. Cuando lo matan, no solo cae un líder. Se rompe una ilusión colectiva.  Se incendia un país. Se desata una violencia que aún no termina de apagarse.

El Bogotazo no fue solo rabia, fue la prueba de que el pueblo sintió que le habían robado el futuro. Y desde ese día, Gaitán dejó de ser persona para convertirse en mito. Gaitán no es adoración ciega. Es algo más profundo: Gaitán representa la posibilidad frustrada, la promesa que no dejaron cumplir,  el camino democrático que fue cerrado a bala. Por eso vuelve en cada elección. Por eso lo nombran todos. Por eso nadie lo supera del todo. Porque Gaitán no es pasado, es una deuda histórica sin saldar.

Pero sería injusto convertir la historia en un solo retrato. Todos los que cayeron creían, a su manera, que Colombia podía ser distinta. Cada uno representó una posibilidad:

  • la reforma
  • la legalidad
  • la paz
  • la justicia social

Y todos, de una u otra forma, fueron silenciados. No por casualidad… sino por un sistema que ha tenido miedo al cambio real.

Colombia ha cometido un error repetido: Convertir al contradictor en enemigo  y al enemigo en objetivo. Aquí no se debate, se descalifica. No se confronta, se elimina. Y así, la política deja de ser civilización y vuelve a ser barbarie.

¿Seguiremos fabricando mitos a punta de muertos? Cada vez que un líder cae, el país hace lo mismo: llora, se indigna, promete cambiar, y después olvida. Y en ese olvido, se vuelve a incubar la violencia.

Colombia necesita algo más difícil que la paz firmada: la paz entendida. Esa donde: el que piensa distinto no es enemigo, el poder no se defiende a bala, y la democracia no es un discurso, sino una práctica real. Si no aprendemos eso, seguiremos convirtiendo líderes en mártires y mártires en mitos.

“A Gaitán lo mataron una vez… pero lo revive cada país que no aprende a tramitar sus diferencias sin odio. Y mientras sigamos cambiando votos por balas, Colombia no tendrá historia, sino repetición.”

 

Diógenes Armando Pino Ávila

Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

@AvilaDiogenes

0 Comentarios


Escriba aquí su comentario Autorizo el tratamiento de mis datos según el siguiente Aviso de Privacidad.

Te puede interesar

El 9 de marzo se acaba el carnaval

El 9 de marzo se acaba el carnaval

Después de más de cuatros meses de comparsas, desfiles, fandangos, guacherna, lectura de bando, coronación del rey momo, festival de...

El eco del Grito

El eco del Grito

Enmarañado entre correos reapareció el mensaje aquel, del pintor Francisco Ruiz, cuya argentinidad conmueve más al saberlo seguidor,...

Santo Tomás de los Besotes y las odas

Santo Tomás de los Besotes y las odas

Soy del verso, la añoranza, del tirano, la pasión, soy el ocaso de un Dios, sobre un crisantemo blanco. Es un fragmento de la canción...

Cambio generacional

Cambio generacional

Un cura español, Jesús Sanz Sánchez, un golcondiano que siempre menciono por sus enseñanzas, me dijo un día: Hay que ser más sabiendo...

La dimensión caribe de Colombia

La dimensión caribe de Colombia

El gobernador del Atlántico, Eduardo Verano De la Rosa, ha planteado la realización de un plebiscito el 26 de marzo de 2026 con el...