Opinión
La cabaña solitaria

Vivo cada día como el episodio más extenso de una novela que trae su propio capítulo: unos cargados de emociones y otros de melancolía. Así continuaba la existencia de aquella alma solitaria que habitaba una oscura cabaña en medio de una espesa montaña, donde su vecindad más cercana eran las aves y demás especies animales que compartían el denso bosque con aquel escritor que había escogido apartarse del resto de la sociedad.
Cultivaba huertos y criaba animales para su consumo. No le interesaba comerciar ni mucho menos conversar con nadie. Su vida arrastraba la más pesada cadena, atada a su propia alma, que le negaba, aunque fuera por un segundo, la libertad. En medio de sus reflexiones, que lo acompañaban a cada momento, siempre exclamaba que la soledad era más que la sensación de no estar al lado de alguien. Esa soledad, más que un estado de ánimo, en ocasiones era su peor martirio.
Hasta la naturaleza le mostraba que, en esta vida, todos necesitamos de la compañía de alguien que nos robe un rato de atención. Veía cómo los pájaros y primates que habitaban el bosque circundante a la cabaña tenían a su lado una compañera, pero el escritor no tenía a nadie, solo una mente atiborrada de recuerdos que, en vez de alegría, se convertían en un verdadero tormento que lo desvelaba hasta en el más fatigado día. Por las noches no hacía otra cosa que contar estrellas y soñar con la llegada de aquel día en que la libertad absoluta del alma llegara con su muerte.
Con su linterna de mano alumbraba la vegetación, como tratando de encontrar lo que en la claridad del día se le ocultaba, pero que tal vez la misma noche pusiera al descubierto. Su imaginación era más activa con la llegada de la penumbra, mientras que con la salida del sol solo se observaba un cuerpo débil y trasnochado que deambulaba en medio del huerto, con un pensamiento distraído que lo invitaba a volver al chinchorro de malla en busca del esquivo sueño.
La cabaña dejaba ver una soledad tan profunda que hasta la misma fauna silvestre temía contagiarse con aquel silencio y oscuro espectro que habitaba en el lugar, ocupado por la rudimentaria construcción de madera y zinc.
Con la llegada del nuevo día tomó su libreta de apuntes. No escribió, sino que dibujó un camino tan extenso que ocupó dos hojas de papel seguidas. En el fondo, donde terminaba el trazo, lo esperaban unos brazos abiertos de una mujer que, en la imaginación del escritor, soñaba con traer a la cabaña la luz y la alegría que solo las mujeres pueden dar en este mundo.
Trató de encerrar su vida en la cárcel de los recuerdos, que revivía como una tortura invivible para un alma deseosa de cariño. Buscaba abandonar, a través de sus pensamientos, aquellos momentos vividos en los que creyó haber encontrado a su alma gemela en la pasión que solo se halla en el amor.
Ya no caminaba, sino que levitaba como en una especie de dimensión desconocida, en donde gozaba de consciencia, pero desconectado de su propia realidad. Perdió la noción del tiempo: no hubo para él horas, ni días, mucho menos calendarios. El paso del tiempo en la cabaña le arrebató la ilusión de vivir motivado por algo o por alguien. En sus escritos se podían leer letras que sangraban, dejando al descubierto a un hombre que sufría en silencio, en una soledad que solo era posible de vivir en aquella montaña. Allí no se construyó una cabaña para vivir, sino una prisión sin rejas, sin límites, con el infinito, pero con un prisionero de viejos recuerdos que atormentaban el alma de aquel escritor, quien acariciaba en su imaginación a aquella mujer que lo visitaba en los cortos momentos que gozaba del sueño. Quizás era producto de su imaginación, de aquel ser que alguna vez fue de utilidad para algunos y de muy poca importancia para otros.
Tal vez, aún permanezca en ese lugar esa alma solitaria, o el tiempo haya devorado la cabaña que una vez abrigó a un cuerpo solitario que esperó toda una vida a la mujer que lo acompañaría en ese oscuro rincón del mundo.
Nerio Luis Mejía
Sobre el autor
Nerio Luis Mejía
Pensamientos y Letras
Nerio Luis Mejía es un líder comunal, defensor de los Derechos Humanos, quien ha realizado de manera empírica un trabajo de investigación acerca de las causas que han propiciado -y siguen alimentando- el conflicto armado y social colombiano. Mediante sus escritos, contextualiza las realidades territoriales.
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