Opinión

Mucho acordeón, poca equidad: la deuda cultural del Cesar

Diógenes Armando Pino Sanjur

29/04/2026 - 05:30

 

Mucho acordeón, poca equidad: la deuda cultural del Cesar

 

Valledupar, como cada año, se viste de fiesta para celebrar la 59ª edición del Festival de la Leyenda Vallenata. Esta vez, con un homenaje más que merecido a Rafael Orozco e Israel Romero, símbolos inmortales del Binomio de Oro. Nadie discute la grandeza del evento: es emblema cultural, motor económico y vitrina internacional de una tradición que define buena parte de nuestra identidad.

El festival no solo exalta la música vallenata y sus aires; también dinamiza la economía regional, impulsa el turismo y proyecta al Cesar ante el país y el mundo. Es, sin duda, una apuesta acertada que merece respaldo institucional y reconocimiento colectivo.

Pero precisamente por su relevancia, vale la pena decirlo sin rodeos: el Cesar no puede seguir reduciendo su política cultural a un solo evento, por importante que este sea.

Mientras el Festival Vallenato cuenta con recursos garantizados, respaldo político y una estructura sólida que asegura su éxito año tras año, otras manifestaciones culturales del departamento sobreviven en condiciones precarias. Eventos como el Festival Nacional de la Tambora y la Guacherna en Tamalameque, el Festival Nacional de la Tambora Tradicional en Gamarra o el Festival Nacional de Danzas y Tamboras de Chimichagua, entre otros —muchos de ellos con reconocimiento como patrimonio cultural— deben, literalmente, mendigar apoyo institucional para subsistir.

La pregunta es inevitable: ¿por qué unas expresiones culturales son tratadas como prioridad y otras como una carga secundaria?

No se trata únicamente de un problema presupuestal; es, ante todo, una cuestión de visión. La cultura en el Cesar no puede seguir gestionándose bajo una lógica centralista y excluyente, donde lo vallenato concentra la inversión mientras otras tradiciones son relegadas o forzadas a encajar en una narrativa que no les es propia. Más grave aún, en varios casos el apoyo institucional no se limita a la asignación de recursos, sino que viene acompañado de la imposición de agrupaciones vallenatas dentro de la programación de estos festivales, desconociendo la autenticidad, la identidad y la autonomía cultural de las comunidades que los organizan.

El Cesar es vallenato, sí. Pero también es tambora, es herencia indígena, es memoria afrodescendiente, es diversidad viva en cada uno de sus municipios. Negar esa pluralidad no solo es un error cultural, es una equivocación política que profundiza desigualdades y limita el desarrollo territorial.

La institucionalidad tiene una deuda evidente: reconocer, proteger e impulsar todas las expresiones culturales con criterios de equidad y no de conveniencia. No se trata de restarle al Festival Vallenato, sino de dejar de quitarle a los demás.

Si de verdad queremos hablar de desarrollo cultural, debemos entender que este no se construye con un solo símbolo, sino con la suma de todas las identidades que conforman el territorio. Apostarle únicamente al vallenato puede ser rentable a corto plazo, pero empobrece el tejido cultural a largo plazo.

Ha llegado el momento de corregir el rumbo. De pasar del discurso a la acción. De distribuir los recursos con justicia. Y, sobre todo, de asumir que la riqueza cultural del Cesar no cabe en un solo escenario ni en un solo acordeón.

Solo así podremos hablar, con honestidad, de un departamento que no solo celebra su cultura, sino que la respeta en toda su diversidad.

 

Diógenes Armando Pino Sanjur

Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Sanjur

Diógenes Armando Pino Sanjur

Tamalamequeando

Diógenes Armando Pino Sanjur, más conocido como May Francisco, nació el 24 de junio de 1976 en un pueblo mágico lleno de historia, cultura y leyendas situado en la margen derecha del Río Magdalena llamado Tamalameque. Hijo de los docentes Diógenes Armando Pino Ávila y Petrona Sanjur De Pino, tiene 2 hijos, May Francisco y Diógenes Miguel, los cuales son su gran amor, alegría, motor y mayor orgullo. Abogado de Profesión, despertó su interés con la escritura de su padre quien es escritor e historiador, se declara un enamorado de su pueblo, de su cultura (la tambora) y apasionado por la política como arte de servir.

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