Opinión
Vidas incompatibles

Un mes de mayo contrajeron matrimonio Gabriel y Susana, luego de un largo noviazgo que, con el paso de los días, consideraron que ya era hora de unir para siempre sus vidas. Gabriel, joven agricultor nacido en la costa caribe colombiana, quien disfrutaba sumergirse en el helado y cristalino río que contrastaba con el ardor de la región. Allí no solo refrescaba su cuerpo, sino que alcanzaba un estado de éxtasis que armonizaba su vida con el universo. Ese lugar encantado, repleto de pájaros y mariposas, impregnado del aroma de caracolí y cedros, acompañado del zumbido de las abejas que libaban polen, era un paraíso típico de esas tierras donde la alegría parece dictarse desde el nacimiento.
Susana, también caribeña, había nacido en un pueblo igualmente caluroso, impregnado de fiesta y música: corralejas, papayeras y vallenatos que dominaban el viento y creaban una mezcla de sentimientos felices que perduraban en el tiempo.
Sin importar la incompatibilidad, se enamoraron y dieron forma a un hogar marcado por las funciones heredadas del patriarcado y el matriarcado, con división de roles. La visita de la cigüeña en tres ocasiones trajo la estabilidad que muchos esperan: un padre que trabaja para proveer y una madre que dispensa cuidado y atención, con el compromiso espiritual de establecer y proteger el hogar.
Con el paso del tiempo, los hijos crecieron y los años cargaron de experiencia a la pareja. Gabriel, sin embargo, se veía cada vez más atrapado en sus recuerdos: el río, sus hermanos, sus amigos, la voz de su madre y la carraspera de su padre. Todo lo llevaba a reencontrarse con sus raíces campesinas. Ese deseo se convirtió en conflicto: Gabriel insistía en vender la casa del pueblo para comprar una finca, mientras Susana respondía con firmeza: “Yo no soy mujer de monte; vete tú solo. Junto a mis hijos nos quedaremos en el pueblo.”
Aquellas palabras lo mortificaban. No solo debía lidiar con la dificultad de conseguir empleo en un pueblo escaso en oportunidades, sino también con la negativa de su familia a acompañarlo en su retorno al campo. Sus noches eran desvelos, en la claridad del día dejaba ver un cuerpo frágil y fatigado, marcado por arrugas en su cara que dejaban desnuda el alma de un hombre cansado.
Finalmente, Gabriel logró adquirir una tierra semejante a la finca de sus padres, donde había nacido y crecido pescando, jugando y correteando mariposas y libélulas. La nueva tierra, cálida y provista de una quebrada con árboles inmensos cuyas copas rozaban las nubes, le devolvió la esperanza. Aunque ya no era el joven curtido por el sol, sino un hombre de mediana edad con rodillas doloridas y vista cansada, su ilusión por cultivar la tierra seguía intacta.
Emocionado, compartió su logro con la familia. Ya no era necesario vender la casa: tenía su finca y esperaba conquistar a los suyos para que se enamoraran del campo. Pero sus hijos, cada vez que él hablaba del proyecto, desviaban la mirada hacia la calle y respondían: “Papá, nosotros no somos campesinos; nos estamos formando como profesionales.” Susana lo escuchaba distraída, meneando la sopa con un cucharón. Gabriel comprendió entonces que su sueño de volver al campo no era posible: había fracasado en conquistar a su familia para que amara la tierra.
Así, una mañana lluviosa, se levantó temprano mientras su esposa e hijos dormían. Preparó un café, guardó tres mudas de ropa vieja en un morral y salió por la puerta hacia su finca, donde lo esperaban dos perros, un gato, gallinas y demás animales domésticos. Se marchó con la esperanza de volver, aun sabiendo que no solo la vida de su esposa era incompatible con la suya, sino también la de toda su familia.
Nerio Luis Mejía
Sobre el autor
Nerio Luis Mejía
Pensamientos y Letras
Nerio Luis Mejía es un líder comunal, defensor de los Derechos Humanos, quien ha realizado de manera empírica un trabajo de investigación acerca de las causas que han propiciado -y siguen alimentando- el conflicto armado y social colombiano. Mediante sus escritos, contextualiza las realidades territoriales.
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