Opinión
El Festival no perdió el alma: perdió el asombro de algunos

En respuesta al artículo “El Festival Vallenato ya no emociona”, de Jorge Naín Ruiz Ditta,
Doctor Jorge Naín Ruiz Ditta:
Leí su columna “El Festival Vallenato ya no emociona”, publicada en PanoramaCultural.com.co el viernes 8 de mayo del 2026, y me quedé pensando como quien observa un río antiguo pasar frente a la puerta de su casa: con esa mezcla de nostalgia y revelación que producen las verdades dichas sin estrépitos.
Debo reconocer que, en sus palabras, habita una tristeza legítima. No la tristeza amarga de quien desprecia una tradición, sino la melancolía de quien la ama tanto que le duele verla alejarse de aquello que alguna vez la hizo sagrada.
Y sí, tiene usted razón en algo esencial: el Festival ya no es el mismo. Pero acaso no porque el vallenato haya muerto, tal vez porque el mundo cambió el oído.
Antes, el acordeón se escuchaba desde lejos. Era noticia en el patio de las casas, en la tienda del pueblo, en los buses que atravesaban la provincia entre polvo, barro y conversaciones. El vallenato era la voz de quienes no tenían micrófonos ni pantallas; era periódico sentimental, carta cantada, memoria viva de la sabana.
Hoy el ruido es otro. Las plataformas digitales imponen canciones de consumo rápido. Las luces de la tarima intentan reemplazar el estremecimiento de la palabra. La prisa moderna ya no deja espacio para la contemplación del verso ni para la lenta y maravillosa respiración de los arreglos melódicos. Y cuando un pueblo aprende a vivir acelerado, la música que camina despacio parece quedarse atrás.
Sin embargo, pienso que lo que verdaderamente ha perdido emoción no es el vallenato, sino el espectáculo que se ha construido alrededor de él.
Porque el vallenato jamás nació en una tarima gigantesca ni bajo el cálculo de las estrategias comerciales. Nació en la penumbra de los corrales, en el canto del vaquero, en la nostalgia del viajero, en la tristeza del amor que se marchaba por un camino polvoriento. Nació como relato y no como mercancía.
Y en medio de esa transformación aparece una de las observaciones más inquietantes y certeras de su columna: esa sensación colectiva de que hoy el certamen pareciera llegar con un libreto previamente escrito, donde muchas veces el público presiente con anticipación quién será el Rey Vallenato.
Allí se rompe algo más profundo que la simple expectativa de un concurso. Porque la emoción auténtica necesita incertidumbre. Necesita asombro. Necesita esa tensión maravillosa de no saber quién logrará conquistar la corona y la memoria popular. Cuando el resultado parece anunciado antes de que el primer fuelle respire, el Festival pierde parte de su magia y el pueblo comienza a sentirse espectador de algo decidido lejos de su emoción. Cuando el pueblo empieza a sospechar de sus certámenes, el aplauso pierde inocencia y la emoción se vuelve prudente.
Usted toca un punto que duele y que explica mucho: "ya no hay sorpresa". Y no es que el Festival se haya ido. Es que nos fuimos nosotros. Nos alejamos de la poesía hacia la etiqueta, de la historia hacia la viralidad, de la parranda hacia la selfie. Y cuando uno se va de su propia música, esta parece ajena.
El problema no es que el Festival ya no emocione. El problema es que ahora emociona de otra manera.
Antes, el pueblo esperaba el milagro de descubrir a un nuevo Rey. Hoy muchos llegan atraídos por los conciertos multitudinarios, el turismo, la rumba y la industria cultural. Eso no necesariamente destruye la esencia del Festival; simplemente demuestra que el vallenato dejó de ser una expresión encerrada en patios de tierra para convertirse en un fenómeno global. La cultura popular también paga el precio de crecer.
Pero también es cierto que el Festival Vallenato jamás ha sido únicamente una competencia de acordeonistas. Reducirlo a la tensión de quién gana o quién pierde sería desconocer la dimensión espiritual y sociológica que tiene esta celebración para el Caribe colombiano. El Festival es memoria, identidad, reencuentro y pertenencia. Es la posibilidad de que un campesino de la Sierra, un compositor olvidado de La Guajira, un cajero de la sabana o un muchacho de barrio humilde encuentren en el acordeón una forma de dignidad.
El vallenato no es únicamente competencia. Es patrimonio espiritual. Cada acordeón que suena contiene un pedazo de historia regional. Cada golpe de caja parece el latido antiguo de la provincia. Cada guacharaca lleva dentro el rumor del monte y del viento atravesando las palmas.
Por eso, reducir el Festival a cifras, contratos, transmisiones o favoritismos sería traicionar la esencia misma de una música que nació para contar la vida.
No es que el Festival se haya ido del todo. Tal vez quienes nos hemos ido somos nosotros: nos fuimos de la poesía hacia la inmediatez, de la parranda sincera hacia la fotografía fugaz, del encuentro humano hacia el espectáculo programado. Y cuando uno se aleja de su propia raíz, termina creyendo que ella fue la que desapareció.
Pero el vallenato no se apaga. El vallenato se hace silencio para escucharse mejor. Y en ese silencio todavía hay un viejo afinando su acordeón bajo un árbol. Todavía existe una niña aprendiendo a tocar la caja en el patio de su casa. Todavía queda un compositor anónimo escribiendo versos para salvar del olvido las pequeñas tragedias y alegrías del pueblo. Todavía hay niños soñando con ser reyes vallenatos.
La emoción no se perdió. Se escondió. Y solo regresa cuando el público deja de ser juez y vuelve a ser pueblo. Cuando el Festival entienda que su grandeza no está en la cantidad de cámaras, sino en la cantidad de historias que aún puede guardar. Cuando devuelva al concurso lo que le quitó: la duda, el riesgo, la vida jugada en una buena ejecución.
No es que la gente haya dejado de querer el vallenato. Es que dejó de creer en el concurso. Y cuando un pueblo deja de creer, se retira a escuchar su música en otro lugar. Se va al patio, a la sombra de un árbol frondoso, a la parranda sin jurado. En ese espacio donde el acordeón no necesita corona para ser Rey.
Y volverá el día en que el Festival comprenda que su grandeza no depende del tamaño de las pantallas ni del número de patrocinadores, sino de su capacidad para seguir guardando el alma de una cultura.
Por eso considero valiosa su reflexión, doctor Jorge Naín. Porque las tradiciones también necesitan voces críticas que las sacudan para impedir que se conviertan en simples vitrinas comerciales. Quien cuestiona desde el amor no destruye: intenta salvar.
Quizás lo que debemos recuperar no es el Festival de antes, es la transparencia, la credibilidad y el respeto por el mérito artístico. El público puede aceptar cualquier resultado, menos la sospecha. Porque cuando el folclor pierde legitimidad, comienza lentamente a convertirse en espectáculo vacío.
Yo sigo creyendo en el acordeón que no pide permiso. En el verso que todavía nace de la tierra y no del cálculo. En el Festival que aún conserva, debajo de tanto artificio, una respiración antigua.
Que el vallenato no muera por falta de aplausos. Que siga viviendo, aunque sea en silencio, mientras exista alguien capaz de escucharlo con el corazón.
Con respeto y fraternidad,
Ramiro Elías Álvarez Mercado
Sobre el autor
Ramiro Elías Álvarez Mercado
Una copa de folclor
Nacido en Planeta Rica, Córdoba, el 14 de octubre de 1974, radicado en Bogotá hace casi tres décadas. Amante de la lectura, los deportes, la escritura, investigador nato de las tradiciones, costumbres, cultura, música, folclor y gastronomía del Caribe colombiano.
Estudió coctelería, bar, etiqueta y protocolo con dos diplomados en vinos y certificación de sommelier, campo profesional en el que tiene más de 20 años de experiencia.
Escribe de manera empírica, sobre fútbol y otros deportes, vinos y todo lo relacionado con el tema, así como publicaciones en distintos medios sobre cultores de la música vallenata y de otras expresiones musicales que se dan en el Caribe colombiano. Sus escritos han sido publicados en distintos medios virtuales.
Desde temprana edad le ha gustado escribir, sin embargo, fue en Bogotá, muy lejos de su terruño, que se le despertó ese deseo incesante de recrear las semblanzas de personajes que han hecho un aporte significativo al vallenato y otras expresiones musicales de la Costa Atlántica de Colombia.
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