Opinión

Ser es más útil que hacer o tener

Alberto Muñoz Peñaloza

27/05/2026 - 06:15

 

Ser es más útil que hacer o tener
La esencia colonial de la plaza Alfonso López en Valledupar / Foto: archivo PanoramaCultural.com.co

 

Cuando se regodeaba en caminatas eternas desde el almacén popular del pacífico Telismar Mieles, pasaba por la bodega del viejo Felipe Gómez, echaba un vistazo reparador al interior de El Maicaito, sede liviana del mismísimo Juancho Polo Valencia. A unos cuantos pasos de allí se ubicaba Joaco, el guarapero obeso, con su receta panelística cuya égida rentó sin remordimientos ni pesares. Enseguida, recargaba el ánimo con un doble vaso, proseguía la marcha, frente a La Perla, el comisariato de don José Manuel Del Castillo, apreciaba los vericuetos verbales de Reinel, el culebrero que ordenaba quietud al reptil mientras cambiaba de color, henchido de culillo y misterio, sumido en la expectativa de los transeúntes que se acercaban al espectáculo ocasional que atraía el chisporroteo cascabelístico. Hasta aquella tarde, dorada por el sol calcinante de las dos en punto, cuando la sierpe estiró su humanidad completa, conmovida por la camisa de cuadros blancos con líneas rojas de quien la inquiría con mandato de domador, sin contemplación alguna usó sus colmillos para penetrar la dermis de su brazo izquierdo, profundizándose a través de la eyaculación del líquido verdoso solferino que heló sus entrañas y le recordó con creces que “al mejor cazador se le va la liebre”.

Desapretujándolo del gentío que curioseaba a su alrededor, Adoquino, su calanchín en la clandestinidad, lo llevó directo a la tienda de Don Pacho, frente a la esquina del almacén Eternit, donde la gran Franca Morales, todas las mañanas limpiaba, limpiaba y brillaba aquellos pisos cuya misión principal fue servir de escenario a la erguidez de su carácter y a su dignidad, el mayor capital que le legó a sus hijos, nietos, tataranietos y choslitos. Enseguida le dieron un trago de “contra” y le aplicaron suero antiofídico, a chorro completo, del mejor, disponible en ese momento. Detrás, tres tragos de guándolo, del de La Cabaña, frente al viejo mercado, donde hoy ejerce soberanía municipal la Galería popular.

Ser es vivir

 Es que experimento la misma emoción, positiva y edificante, cada vez que entro y camino en Guatapuri plaza comercial. Entonces, revivo las programaciones que durante el cuatrienio 2012 – 2015, mientras el alcalde Fredys Socarrás Reales materializó el Plan de Desarrollo Hacia la Transformación de Valledupar, realizó allí la Oficina de Cultura Municipal: conversatorios, visitas guiadas, presentaciones culturales, exposiciones y más. Lo que siento en esa mole subliminal que canaliza aire feliz y propicia una vibra existencial que inspira, motiva y robustece el bienestar. Es exactamente lo que experimentaba cada vez que entré a La Proveedora, en plena ‘calle del Cesar’, cuando la carrera séptima de hoy era la quinta entonces. Apoyaba mis codos en el mostrador kilométrico de madera que resistía las frustraciones de aquel tiempo de racionamiento eléctrico, por más de quince días cada vez, cuando se agotaba el combustible de las viejas plantas generadoras esperándose la reposición proveniente de Barranquilla.

Después de la esquina del rey de los bares, sobresalía la ferretería El Yunque, el trono moral del queridísimo Yayo Ustáriz y sus métodos ultralivianos, sutilísimos pero efectivos, para el cobro de las facturas después de treinta días de entregada la mercancía; la antesala en la acera correspondiente era la juguería de las inolvidables Tirsa y Yolanda Ustáriz, con reparto saborístico por doquier. Diagonal, la marca de maletines mesacé y almacén corona, con uno de esos mostró su lucimiento, en la carátula de su long play “El Viajero” con Miguelito Ahumada, el gran Beto Martínez, y era dable conseguir allí los zapatos famosos ‘tres coronas’.

Mientras, se corría ‘la bola’ del fonomímico formidable, Jimmy Randall, a quien vi por primera vez en escena, luego de un partidito de béisbol artesanal con bola de ‘gutapercha’, en el teatro de Las Tres Ave Marías, transformado hoy día en dispensario gastronómico para quienes nada tienen. Quedamos impactados por su versatilidad, éramos muchachos que no habíamos visto antes nada similar, salvo los cantantes del circo Egred Hermanos. Me interesé en saber de quién se trataba y supe que era Jaime Pérez Parodi, control de sonido en radio Guatapurí, pesista en ciernes, con voz de tronante y caminado de jugador estrella entre brasileño y argentino. Mi papá me explicó que era uno de los hijos del emprendedor y comerciante Carlos Pérez, el hombre del Almacén Colombia, por el sector de la farmacia Sonia y de Carmelita López. Ese espacio de encuentro y tertulia poco se menciona pese a que fue el preludio histórico de “La Bolsa” el referente como punto de encuentro social, sin distingo de clases, del viejo Valle.

En esos años, 1966|1967, ya Óscar Guerra Bonilla era famoso en las lides futbolísticas por su paso exitoso como arquero en el equipazo que fue el Eternit, patrocinado por Orlando A. López y su almacén, epónimo para el caso. Se lo llamaba El Califa, era elegante con verticalidad física y sobradez emocional, con porte de jeque local, apetecido por las unas y los otros. Se lo veía por la calles del Valle de la época, tal cual turista billonario recién llegado. Esquinero momentáneo para conversaciones de calle, con elegancia supra inteligible para aquel tiempo inolvidable, amigo de mi hermano Rodrigo, de Pello Toro Sierra y compañero de la primaria de Fidias Romero Campo.

Hacer es la secuencia

Antecito se cruzaba a la izquierda y se llegaba directo a la sastrería Imperio, de Jorge Castillo, exactamente al frente de Muebles Yolanda, desde donde era dable avistar la cola, corta pero interminable, de Acuadelma, a escasos jemes de ‘la bomba’ del incansable Gil Strauch. Por ahí bajaba, a todo timbal, Arturito con su ‘carro’ surtidor de la maizada y de la auténtica ‘arrozuda’. Cerca estaba la casa de la familia Rivera, con el palo de cañandonga en el centro del patio que cuidaban y regaban varias veces al día como si se tratara del ‘árbol del bien y del mal”, por cierto eran melosas, con dulzor fervoroso y aporte fibroso consistente.

Pasaba el tiempo, Jaime Pérez hilaba un tejido ocupacional como control y locutor, sin dejar de lado la incursión en la primera experiencia de emprendimiento musical organizado, con el conjunto de los Hermanos López, y el canto inmaculado del jilguero Jorge Oñate, del cual fue representante inicial y presentador. Admirable su ejercicio tesonero y la disposición para aportar más en sus presentaciones convirtiéndose en un verdadero entretenedor de públicos mientras combinaba la presentación de sus artistas con referencias histórico musicales cuya huella se mantiene imborrable en el Vallenato. Continuó adelante en su periplo como locutor y programador musical.

Por su parte, el arquitecto Luis Guerra Bonilla, perfiló su desempeño profesional destacándose como constructor y líder cívico, político y social en la ciudad. Mi padre sostuvo que demostraba su espíritu de baquiano, de colonizador y de tigrero vallenato, adentrándose, más allá del Pedazo de Acordeón, sobrepasándose a la línea permisible del semi castillo blanco del abogado Pompilio Bustamante, regalándole a Valledupar una ‘isla’ urbana que más que valorizar el sector, destronó para siempre el cuento de que en las madrugadas de noviembres salían ‘aparatos y fantasmas’ por esos lares. A partir de su ejemplo, la vía fue convirtiéndose en el bello paisaje urbanístico que enaltece hoy día la vieja ruta de lobos y camaleones.

Tener es el resultado

Casi frente a la casa de, Inés, la hija bellísima del Cerezo y de don Roberto Hinojosa, esposa de Álvaro De Castro y madre de Álvarito, estaba Italpan, la panadería que nos hizo olvidar la nostalgia por la extinción de panadería Castilla. En Italpan, la modernidad trajo consigo aquellas panochas cuya textura invitaba a acariciarlas, que no a sobarlas, antes de propinar sendos mordiscos con la carga de queso almibarado y el inconfundible ramillo de anís que anunciaba la extinción del bloque central de la panocha, dedicándoles atención presurosa a los bordillos para dar paso a la continuidad en la ingesta que, en ocasiones arribaba a tres, cuando menos a dos. Casas abajo, en dirección al callejón de Pedro Rizo, vivía la señora Anita Larrazábal, quien en tiempo de cosecha, taqueaba la sala de naranjas serranas, dulces, jugosas y con efecto residual para las lombrices. En una de las habitaciones la readecuacion nos ofreció el frigorífico de Manuelón,que operó durante años como expendio de carne de novillo empotrerao’, como diría mi amigo el Chueco Daza. Al lado, el gran Lumumba, ese centro delantero de reconocidos kilates que derivó luego en el nuevo concepto peluqueril vallenato.

Después de ser, para seguir siendo siempre, luego de hacer, sin parar, Jaime Pérez Parodi, tiene inscrito su nombre en  sitial elevado de la radio Vallenata, como presentador esculpió una escultura fantástica y monumental al lado de Jorge Oñate y luego como ‘mano derecha’ escenográfica del Cacique de La Junta Diomedes Díaz; sus servicios en el Festival de la Leyenda Vallenata y su condición de perito escénico de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, constituyen un asombroso y acerado capital cultural, patrimonial e histórico, tanto como la labor humanista de consultor y esa dedicación que ennoblece su humanidad como miembro activo de la Hermandad de Jesús Nazareno de Valledupar, sin desmedro de su labor ciudadana, sus dotes de buen familiar y padre ejemplar de su prole con Iroki, Korak, Tihany y Aco.

Por su parte, Óscar Guerra Bonilla, ha descollado como triunfador invicto, próspero, un hombre de progreso y ejemplo para las nuevas generaciones, tronco de la familia Guerra Armenta, líder empresarial, urbanístico, cívico, político, con resultados sobresalientes como ciudadano y con un lugar significativo en la galería de arqueros de nuestra tierra, que los tuvo muy buenos: Julio Guerra, Víctor Amaya, Miro, Loayza, Augusto Atencio, y más.

Privilegiaron el ser, y siguen en esa línea, hicieron|hacen y tienen. Este par de vallenatos raizales prosiguen la tarea edificante de recordar las bondades de, la carne pangá, la carne esmechada, la arepas de queso, los pastelitos y pasteles con presas dinosaúricas, los dulces prestigiosos de la amantísima Aminta Monsalvo, las viandas vespertinas de la sapientísima María Iberia Ustáriz, el guarapo de frescola auspiciado por Rodri frente al teatro San Jorge, las arrancamuelas encriptadas del Mocho en la puerta del teatro Cesar, como las películas del oeste americano -con trasquile incluido- en el Caribe, el peto de la señora Triny, el de la Viuda y las butifarras del mano’e ñeque, sin apartarse de las costumbres tradicionales que dan lustre imperecedero a la vallenatía. En esas, nos encontramos el miércoles santo, próximo pasado, antes de la salida de la procesión de La Dolorosa, con refrescante y saludable puesta al día de recuerdos, esos recuerdos del viejo Valle, que enaltecen y siembran esperanza, pese al auge sobreviniente de la salchipapa y  la variabilidad del sabor de las frunas de entonces.

La vida no es como la vivimos sino como la recordamos para contarla, es una frase célebre, del Nobel Gabriel García Márquez, que contiene millares de quintales de verdad, que conecta con la placidez de rememorar esos días de plenitud floral en el Cañaguate mientras se conversaba, se tejían versos al estilo de Víctor Camarillo y se labraba la tierra con el esmero de criar reses para la leche comunitaria, sin que Dimas -de la dinastía Castilla- parara de tocarateria, caja y chiflar sin pausa,  al tiempo que en El Cerezo, sonaban instrumentos de viento por el soplo existencial de Claudino Cotes, Armando Castilla , sin atajar los madrugones de Chajura, el Negro Vega, los Echandía y Fidel, mientras Poncho López Yanet propiciaba el crecimiento campeonístico de Pinilla el menorcito; pero en El Gaitán tronaba la trompeta de Evaristo Morales, sonaba el acordeón de Luis Enrique Martínez en la casa del próspero Luis García, sin percatarse que la gran Efigenia Oñate recorría el pueblo para preservar la salud de tantos que muchas veces no tenían para comer, legado que honran sus hijos día a día y Calilla Bernier regresaba ‘rascao’ del festín nocturnal; por La Garita, el legendario Chano Gutiérrez, con su hablar pausado, contaba historias y repartía consejos de vida, precisamente cuando Poncho Castro Soto se desplazaba por el vecindario con su marcha peculiar, ese mecimiento corporal que lo caracterizó siempre cuando ‘caminaba’. Muchos de los nombrados ya no están en nuestra dimensión, pero, como me dijo el mejor gobernador que ha tenido el Cesar en el novenario de nuestro querido viejo Julio Muñoz, las personas como ellos no se van del todo, permanecen en las menciones diarias que, como diría el maestro Escalona, van de boca en boca como el bostezo.

 

Alberto Muñoz Peñaloza

Sobre el autor

Alberto Muñoz Peñaloza

Alberto Muñoz Peñaloza

Cosas del Valle

Alberto Muñoz Peñaloza (Valledupar). Es periodista y abogado. Desempeñó el cargo de director de la Casa de la Cultura de Valledupar y su columna “Cosas del Valle” nos abre una ventana sobre todas esas anécdotas que hacen de Valledupar una ciudad única.

@albertomunozpen

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