Opinión

Papá no llegó

Angelic Schrieder

28/05/2026 - 07:15

 

Papá no llegó

 

A veces crecemos buscando afuera lo que nunca aprendimos a darnos por dentro.

Angie Schrieder

 

Todos, en algún momento de la vida, hemos querido sentirnos vistos, elegidos, merecedores. Y muchas veces, esa necesidad nace desde el vínculo más importante y más profundo: papá.

Cuando no nos sentimos amados, reconocidos o acompañados por esa figura, comenzamos a buscar desesperadamente pertenecer a algo o a alguien. Entonces intentamos llenar vacíos en relaciones amorosas, en compras compulsivas, en adicciones, en amistades, en el sexo, en el libertinaje o incluso en la necesidad constante de aprobación. Buscamos sentirnos deseados para confirmar que sí somos suficientes, que sí valemos, que sí merecemos amor.

Pero con el tiempo entendí algo: ningún vacío emocional se llena completamente desde afuera.

Ese vacío empieza a transformarse cuando aprendemos a habitar nuestra propia presencia. Cuando hacemos silencio. Cuando meditamos, oramos, lloramos lo que no lloramos, cuando nos elegimos y comenzamos a tomar decisiones que nos acerquen a la vida que realmente deseamos vivir.

Sanar no ocurre de un día para otro. Sanar es empezar a ponerte como prioridad sin sentir culpa. Es darte espacios a solas para escuchar tus emociones. Es volver a ti. Es hacer aquello que te apasiona y que te hace sentir viva. Y desde ahí, desde ese lugar más consciente, empezar a elegirte siempre.

Escribo este artículo después de ver la película “Criaturas Luminosas” en Netflix. Mientras la veía, caí en cuenta de algo muy profundo: a veces vivimos dormidos emocionalmente, sin dirección, porque nos hizo falta precisamente eso… dirección. Una guía. Una presencia. Un padre.

La película me recordó un proceso personal que llevo trabajando hace muchos años con el vínculo hacia mi papá. Durante mi adolescencia viví esperando el momento de conocerlo. Crecí con la esperanza de que algún día aparecería y entonces, por fin, me sentiría amada por él. Ese momento nunca llegó. Y aunque durante mucho tiempo dolió, hoy entiendo que quedarse esperando también puede convertirse en una forma de abandono hacia uno mismo.

Con el tiempo descubrí que esa espera también se repetía en mis relaciones de pareja. Siempre esperaba que regresaran, preguntándome por qué se iban o imaginando que algún día volverían. Era un patrón marcado por una herida profunda de abandono.

Hoy puedo decir que, aunque muchas veces dolió, también me ayudó a crecer. Me obligó a reconstruirme. A entender que no estoy incompleta. Que no necesito mendigar amor para sentirme valiosa. Que estoy hecha de fuerza, de conciencia y de la capacidad de reinventarme las veces que sea necesario.

Sé perfectamente cómo se siente ese vacío.

Pero también sé que es posible llenarlo sin distracciones, sin adicciones y sin perderse a uno mismo en el intento.

Porque al final, el amor que más transforma no es el que esperamos recibir.

Es el que aprendemos a construir dentro de nosotros mismos.

 

Angelic Shrieder

Sobre el autor

Angelic Schrieder

Angelic Schrieder

Soy Angelic Schrieder

Me dedico a servir a los demás a través de reflexiones y filosofadas que nos ayudan a florecer, crecer y sanar desde mi propia experiencia. Mi carrera profesional es en sociología, pero prefiero que me conozcas como un espejo que refleja la humanidad en su esencia, igual que tú. 

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