Opinión
El cauce de la tradición

En el cancionero vallenato afloran canciones con hondo sentido costumbrista que evocan la tradición e hilan recuerdos que, en ocasiones, resaltan como mejor el tiempo pasado, refrescan la memoria colectiva respecto de aciertos o desvaríos acerca de lo vivido, de lo que acontece y del tiempo por vivir. En cuanto se refiere al propósito del concurso de la canción inédita en el Festival de la Leyenda Vallenata, una de las razones de su conservación es, precisamente, promover la práctica, el adiestramiento, como elemento vital de la música Vallenata tradicional.
Fue en el segundo Festival en el que la entonces Oficina de Turismo Departamental craneó el concurso de la canción inédita, en aquellos tiempos del viejo Valle, cuando la Plaza Mayor, bautizada con el nombre del epónimo Alfonso López, era el único punto de encuentro con capacidad, física y comarcal, para albergar los ánimos, el frenesí colectivo y la idiosincrasia vallenata. Pues allí, nació el concurso, debajo del palo’e mango, con espíritu creativo, de crecimiento e innovador.
Teníamos en la retina local los resultados del festival de 1968, estaba fresca la recordación del acto de inauguración del Departamento del Cesar, el 21 de diciembre de 1967, si se quiere, la conmoción que produjo la muerte, de Pedro Castro Monsalvo, en marzo de 1967, las ejecutorias de Pepe Castro como alcalde municipal entre 1965 y 1967, los pasos firmes de la administración inicial del nuevo departamento, del Doctor Alfonso López Michelsen como primer gobernador y don Manuel German Cuello, primer alcalde de Valledupar. La Cacica Consuelo Araújo Noguera, el maestro Escalona y el Doctor López, con su corte de colaboradores postinados, como Miriam Pupo, La Pollita Monsalvo y más, lo hicieron muy bien, a pesar de la inexperiencia y de la falta de antecedentes como vía referencial.
Los cantos de la época
Precisamente, en la carta-prólogo del texto “Vallenatología Orígenes y fundamentos de la Música Vallenata”, el maestro Guillermo Abadía Morales, manifestó que, “Es importante su observación de que el funcionalismo de los cantos vallenatos fue el único medio informativo de la provincia. Esto es evidente y en algunas tesis habíamos expuesto que -del mismo modo que nuestro andino “correo de las brujas”- era un equivalente de la prensa escrita y aún del telégrafo, que no existían en los comienzos del siglo, formalmente.
La extraordinaria importancia de los cantos vallenatos, no como simple expresión musical sino como una verdadera “institución”, que dice Manuel Zapata Olivella, se nos hizo patente al verificar que su contenido cultural era el mismo de las antiguas “trovas” de las edades clásicas y que el señor Homero era una especie de Leandro Diaz, con ceguera y todo. Estos trovadores transhumantes cumplían una función social de máxima importancia, como es la de los hoy llamados “líderes de opinión”, es decir periodistas, en una palabra”.
La autora, Consuelo Araújo Noguera, a punto de finalizar la obra cuya primera edición fue publicada en 1973, escribió: “Del vallenato bien puede decirse que, como la Santísima Trinidad (tres personas distintas y un solo Dios verdadero), es también, pese a sus tres escuelas, a sus cuatro ritmos y a sus cuatro géneros, uno solo verdadero, donde quiera que nazca y que se mantenga. Y, cuando digo nazca, empleo la palabra más apropiada, tal vez la única exacta, para aplicar a los cantos vallenatos, porque ahora, con el auge y el renombre que ha adquirido nuestra música están proliferando -con la abundancia de la verdolaga en tiempos de invierno- los “fabricantes” de vallenatos que los preparan, los trazan, los cortan y los manufacturan hasta por encargo. Estos no son vallenatos. El Vallenato nace, brota, surge, viene corriendo incontenible a través de la inspiración, llega a los labios del afortunado que la posee…y salta... la Después sin que nadie se haya preocupado de encerrarlo entre unas letras y un papel, sin que su mismo autor, piense que debe perpetuarlo, penetra y se queda para siempre convertido, por derecho propio, en parte esencial de nuestra mejor riqueza anímica”.
Así eran esos golpes de inspiración primaria, cantos básicos en unos casos y con el paso de la vida iban alargándose en el tiempo, como fenómeno narrativo, musical, cultural.
Rumores de viejas voces
Llama la atención, cuando se mira atrás, que la ‘cosa’ estaba en pañales, si bien la cosecha del maestro Escalona ya tenía forma, color y fama por el tallaje de canciones inolvidables, como que La creciente del Cesar la hizo acompañado del Cachaco Gil, el papá de Iván y el Mono, nada menos que en el Toco, barcillo reservado para las huestes amatorias, como otros muchos de sus cantos, en la década del cuarenta, también en la de los cincuenta y seguía ‘componiendo’. Una de las más sentidas se la hizo al ya juglar Emiliano Zuleta Baquero y es bien contada la historia por La Cacica en su obra, Escalona El hombre o el Mito, “Empero, el viaje no fue en balde y en La Paz se tropezó con Beltrán Orozco (…) tomaron cervezas frías y anduvieron juntos, pero antes de despedirse Beltrán le clavó una espina.
Emiliano Zuleta, el ídolo de ellos y el héroe de Poncho Cotes, estaba mal. Tenía una extraña enfermedad de la que -aseguraban los curiosos que lo habían tratado- difícilmente se salvaría; Emiliano mismo había cantado muy doliente su situación en un paseo en que decía que lo habían traído amarra’o pecho e’ paloma (con los brazos a los costados y las manos sobre el pecho) y que creía que esos eran sus últimos días. “Eso”, recuerda Escalona, me afectó mucho. No podía concebir que ese hombre al que yo, de tanto oírlo mencionar, suponía como un volcán de melodías, como un surtidor de bellezas musicales, pudiera estar lanzando quejas de dolor. Regresé al Valle triste y preocupado y me encerré en mi alcoba. Tenía necesidad de expresar que sentía dolor, pesar, que tenía pena por el gran Emiliano, a quien no conocía, pero a quien yo quería de verlo querer tanto por Poncho Cotes y sus amigos. Entonces, no pudiendo hacer una carta porque no había como mandarla, hice el paseo que llamé La Enfermedad de Emiliano: “(…) A sus amigos les causa sentimiento, y a mí sin conocerlo me da pena y dolor, lo de Emiliano les juro que lo siento, me sale desde adentro del puro corazón (…)”.
Tal cual nacían las canciones, versos cantados iban y venían con el sonar de acordeones, mientras nuevos compositores mostraban categoría en sus creaciones. En 1969, el Concurso de la canción inédita tuvo como ganador a Gustavo Gutiérrez Cabello, novel compositor para la época, a quien ya se le conocía por su arribo, tarde a tarde, a la tribuna de la inolvidable Carmen Montero en la Plaza Alfonso López, por su zigzagueante desplazamiento por las calles del Valle amado de entonces, por su primatura sanguínea y literaria con él ya formidable Fredy Molina Daza y por las composiciones que se conocían de él, la espina, confidencia, Adiós a Pedro Castro, entre las más.
Con un paseo sentido, estructura musical disruptiva para la época y, sobre todo, un verdadero memorial en defensa de la tradición, del Vallenato raizal, adelantándose en el tiempo, de modo que cuando se canta, su mensaje es apropiado en el año, la hora, el mes y el día en que se diga:
Adiós recuerdos recuerdos amigos de mi viejo Valle Valle mio querido
ya no se escuchan las notas acordes de viejos sones de Tobias Enrique
Jaime Molina y sus versos de amores ya quieren irse por odios y piques;
porque mi tierra ya no es lo que fue, emporio de dulce canción
remanso de dicha y de paz, amenizada en acordeón;
recuerdo aquellas mañanas que por las calles se oían venir
canciones que con sus versos al despedirse querían decir;
rumores de viejas voces, de tu ambiente regional
no se escucharán las voces, de tu sentido cantar
ya se alejan las costumbres, del viejo Valledupar
no dejes que otro te cambie, el sentido musical.
recuerdo aquellas mañanas que por las calles se oían venir
canciones que con sus versos que al despedirse querían decir
rumores de viejas voces, de tu ambiente regional
no se escucharán las voces, de tu sentido cantar
ya se alejan las costumbres, del viejo Valledupar
no dejes que otro te cambie, el sentido musical.
Esa proclama conserva su vigencia, mientras la canción de Víctor Camarillo, Leyenda Vallenata, fue clasificada en el segundo puesto, todo un paseíllo histórico y cultural, recrea el espíritu de la celebración de las fiestas del 29 de abril, cuna conceptual y justificación perenne de nuestro queridísimo festival vallenato:
En una llanura linda y un valle muy rico lo que sucedió
una gente bien armada de tierra lejana la nuestra quería
fue entonces cuando los indios al escuchar un grito que un jefe lanzó
y por medio de emboscada y flecha envenenada ellos la defendían.
Los españoles avanzaban y los indios tupes les retrocedían,
hasta el monte Sicarare donde se encontraba el cacique Upár
y un manantial sus aguas por envenenadas todos se morían
el capitán de la guardia se hizo de rodilla y se puso a exclamar;
y la virgen se les apareció
reviviendo a los envenenados
Y el cacique herido se entregó
así fue que se realizó el milagro.
Después de una inspiración llega la diversión con alegría y con bulla
los sentimientos conmueven al compositor con gran tema o deseo
fue entonces que nació el son en la misma ocasión el aire de la pulla
de ella derivó el merengue y también del son hicieron el paseo;
así fue como nació este folclor
música que hoy el festival nos canta
y con esta pequeña explicación
conformo a la leyenda vallenata.
Los cantos de ahora
Se hacen buenos también, la mayoría, podrían ser mejores. El triunvirato que conformó el jurado preliminar calificador del Concurso de la canción inédita, en el 59° Festival, realizado este año, puso el grito en el cielo por el declive de las composiciones, sin ser la primera vez que se invita a poner cuidado al erosionamiento del otrora ‘abonadísimo’ terreno inspiracional en el Vallenato.
Algunos afirman que hay crisis, pero los resultados señalan otra cosa. Falta más bien el trabajo sinérgico de la institucionalidad para ofrecerles a los compositores actuales oportunidades formativas; y a esos hacerdores, nutrirse de los clásicos y sobre todo retomar el espíritu de la composición vallenata en su estructura conectada con el éxito logrado por los compositores precedentes. Más de Leandro Diaz, de todos esos conquistadores que, a punta de versos, con visión natural, motoniveladora poética, admiración, enamoramiento respetuoso, pero certero en contenido, a la mujer y la curiosidad al servicio de la inspiración. ‘Madera’ hay, se requiere menos ‘comodidad’.
Alberto Muñoz Peñaloza






