Opinión
Lo que faltaba…

Ahora sí le llegó la cereza al pastel. En mis más de seis décadas de existencia no había presenciado una campaña presidencial en Colombia con tanta rabia, tanto odio, tantos insultos y tanta descalificación. Tampoco recuerdo una época reciente en la que el respeto por las instituciones, la Constitución, la ley y las más elementales normas de convivencia democrática pareciera estar tan deteriorado como en estos días.
Luego de una primera vuelta que dejó en contienda precisamente a los candidatos ubicados en los extremos ideológicos, el país parece haberse sumergido en una dinámica de confrontación permanente.
Desde el inicio de la campaña uno de los candidatos ofreció balín para los delincuentes y para todo aquel que, según su criterio, representara una amenaza para el orden. Otro prometió “destripar” a la izquierda radical. Del otro lado, los calificativos tampoco han sido menores. A uno de los aspirantes se le acusa de ser estafador de estafadores, aliado de sectores cuestionados y representante de los peores intereses de la política nacional.
La violencia verbal, simbólica y psicológica ha escalado hasta niveles preocupantes. Todo ello ocurre con el antecedente de un precandidato asesinado en plena plaza pública y con amenazas permanentes que circulan diariamente por las redes sociales entre seguidores de uno y otro sector.
De otra parte, la expresa prohibición de participación en política para algunos servidores públicos, establecida en las normas vigentes, pareciera haberse convertido en un simple saludo a la bandera o, como decía un viejo profesor de derecho romano, en una disposición que se aplica secundum marranum.
Ahora bien, lo que más me preocupa no son los candidatos. Lo que me preocupa es la gente.
En la calle se siente el temor. Hay ciudadanos que temen perder conquistas sociales alcanzadas durante los últimos años. Otros sienten miedo por el rumbo que pueda tomar el país en materia económica, institucional o de seguridad. Pero también existe un temor distinto: el de que la confrontación política termine convirtiéndose en confrontación entre compatriotas.
Es muy cierto que Colombia ha sido golpeada por toda clase de violencias durante buena parte de su vida republicana y que apenas logra salir de una crisis cuando ya está entrando en otra. También es cierto que somos un país lleno de contradicciones, donde algunos hablan de paz mientras otros sueñan con resolver todos los problemas a través de la fuerza.
Por eso resulta preocupante que buena parte del debate público haya terminado reducida a la idea de quién odia más al contrario.
Los políticos profesionales saben perfectamente que las campañas son escenarios de confrontación y que muchas de las estrategias utilizadas buscan movilizar emociones antes que razones.
Pero cuando uno piensa que esta campaña ya ha tocado fondo, aparece un nuevo ingrediente.
Resulta casi insólito que el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, haya decidido expresar públicamente simpatías por uno de los candidatos que aspiran a gobernar Colombia. Más grave que dicho respaldo sea recibido con entusiasmo y exhibido como una credencial política.
Lo verdaderamente preocupante no es quien gane, es el nivel de resentimiento que puede quedar sembrado entre los colombianos. Porque las elecciones pasan. Los gobiernos terminan. Pero las heridas que deja una sociedad dividida pueden tardar muchos años en sanar.
Colofón:
No todo está perdido. Ayer comenzó uno de los oasis culturales que tiene el Cesar: la cuarta versión del FELVA 2026, Feria del Libro de Valledupar. Serán cuatro días de lectura, conversaciones y encuentros alrededor de los libros, durante los cuales el centro histórico de Valledupar se convertirá en epicentro de la literatura. Y qué falta nos hace leer más en estos tiempos. Porque, como bien reza el lema de la feria, leer es volar.
Jorge Nain Ruiz






