Opinión
¿De quién es esa camiseta?

En Colombia hay discusiones que duran más que una obra pública y producen más calor que una tarde de agosto en Tamalameque. Una de ellas acaba de reaparecer gracias a la camiseta amarilla de la Selección Colombia.
Todo comenzó cuando el presidente Gustavo Petro participó en el acto de entrega de la bandera nacional a la Selección antes de un compromiso internacional. Lo que en cualquier país normal sería una ceremonia protocolaria terminó convertido en otra guerra civil digital, porque en el país del Sagrado Corazón de Jesús, hasta un apretón de manos necesita analistas, encuestadores, constitucionalistas, tres bodegas y dos influencers.
Según los videos que circulan en redes sociales, algunos jugadores habrían dejado con la mano tendida a Antonella Petro, hija del presidente. De inmediato comenzaron las interpretaciones. Unos vieron una grosería monumental. Otros descubrieron una heroica resistencia contra el castrochavismo. Algunos incluso parecían convencidos de que estaban presenciando la caída del Muro de Berlín.
Lo curioso es que nadie parece interesado en la explicación más sencilla: que los futbolistas, como cualquier ser humano sometido a protocolos, cámaras, estrés y una fila interminable de saludos, pueden distraerse. Pero esa hipótesis es demasiado aburrida para las redes sociales, donde cualquier bostezo es una conspiración y cualquier silencio un golpe de Estado.
Sin embargo, detrás de la polémica hay una pregunta mucho más interesante: ¿de quién es realmente la camiseta de la Selección Colombia?
Porque resulta que la Selección no es del Gobierno. Tampoco pertenece jurídicamente a los ciudadanos. La administra una entidad privada llamada Federación Colombiana de Fútbol. Los clubes son privados. Los patrocinadores son privados. Los contratos son privados. Los derechos de televisión son privados. Pero los sentimientos son públicos y ahí está la paradoja.
Cuando la Selección gana, los goles son de cuarenta millones de técnicos nacionales. Cuando pierde, también. Cuando clasifica a un Mundial, el país entero siente que levantó el trofeo. Y cuando queda eliminado, media nación entra en duelo como si se les hubiera muerto la mamá. Es decir, los colombianos no somos dueños de la Selección, pero sí somos los principales accionistas emocionales del negocio.
Por eso, cada cierto tiempo aparece alguien intentando apropiarse de la camiseta. Los políticos quieren envolver sus discursos en amarillo. Los opositores quieren convertirla en bandera de resistencia. Los influencers quieren convertirla en contenido. Los patrocinadores quieren convertirla en ventas. Y los aficionados solo quieren que metan los goles. La pobre camiseta termina pareciéndose a una hamaca en una reunión familiar costeña: todo el mundo quiere hacer la siesta en ella.
Lo más llamativo es que quienes hoy se indignan porque un presidente se la pone son, muchas veces, los mismos que ayer aplaudían cuando otros mandatarios aparecían abrazados con futbolistas, levantando trofeos o posando para la foto oficial. En Colombia la neutralidad suele durar exactamente hasta que cambia el ocupante de la Casa de Nariño. Recuerdo al Dr. Uribe montado en un futbolista dándole vueltas alrededor de una bestia con un tinto en la mano (O era montado en una bestia dándo vueltas alrededor de un futbolista, no recuerdo bien).
Y mientras tanto, la discusión sobre si hubo o no hubo saludo continúa creciendo como bola de nieve tropical. Los expertos en lenguaje corporal analizan videos cuadro por cuadro. Los estrategas políticos descubren mensajes ocultos. Los fanáticos dictan sentencias morales. Todo por una mano extendida. En la Costa, donde todavía sobreviven ciertas reglas elementales de convivencia, nos enseñaron que si alguien nos saluda, se responde el saludo. No porque compartamos sus ideas, sino porque compartimos la condición humana. La cortesía no exige coincidencia ideológica. Exige educación. Claro que en estos tiempos eso parece una doctrina revolucionaria.
Quizás por eso la verdadera lección no está en el gesto de un jugador ni en la presencia de un presidente. Está en nuestra capacidad para convertir cualquier detalle en un campeonato nacional de intolerancia. Y, mientras el país discute sobre manos tendidas, camisetas, fotografías y simbolismos, la Selección sigue haciendo lo que mejor sabe hacer: jugar fútbol. Y tal vez sea lo único sensato.
Porque si algún día logramos que once colombianos representen al país sin que la mitad de la nación los declare petristas y la otra mitad abelardistas, ese sí será el verdadero milagro deportivo de nuestra historia. Más difícil que ganar un Mundial.
Diógenes Armando Pino Ávila






