Opinión

Vive 100

Baldot

11/06/2026 - 07:40

 

Vive 100
Ilustración: archivo particular del autor

 

Eso pensé al ver a una mujer de unos 80 años que trabajaba en una esquina, muy cerca de la glorieta de la escultura de la Mariamulata, del escultor y pintor Grau. Era a ella a quien siempre me detenía a mirar, ya fuera pasando a pie o de parrillero en alguna moto, cuando ni siquiera sabía que el destino me tendría cierta suerte con mis pinturas y que años después pasaría en mis propios carros viéndola nuevamente, vendiendo aquellas bebidas energéticas y algunas tarjetas para celulares.

Siempre estaba sentada bajo un frondoso palo de caucho, como los que adornan la avenida Simón Bolívar, donde todos los días trabajaba aquella viejita de sonrisa amable. Años después supe que se llamaba Carmen Olmedo de Villanueva. Varias veces la encontré caminando de regreso, tal vez hacia su casa, y muchas veces me pregunté:

“¿Será que esa viejita no tuvo hijos? Porque, si los tiene, ¿por qué aún trabaja?”

La verdad, uno nunca sabe qué historias carga la gente. Lo único cierto era su trabajo. Tal vez ni familia tenía. Vestía el uniforme de una empresa de bebidas energéticas, como cualquier vendedor ambulante de esos que permanecen parados en las esquinas, callados, como si también guardaran en silencio sus propios problemas, esos que, por dentro, los van acabando poco a poco mientras nadie se detiene ni un minuto a preguntarles cómo están o qué necesitan.

Las mismas calles llenas de ruido y humo, donde pasan todo el día bajo el sol, soportando cansancio, hambre y enfermedades. Calles donde muchas veces ni siquiera tienen dónde sentarse, dónde descansar o dónde hacer sus necesidades básicas con dignidad. Yo entiendo ese trabajo porque también viví algo parecido en Europa y en Estados Unidos antes de marcharme de Valledupar.

Por eso, cada vez que veía a la viejita del Vive 100, Carmen Olmedo de Villanueva, en aquella glorieta de la Mariamulata, me acordaba mucho de mi madre, que, al menos, tuvo la suerte de tener tantos hijos y no necesitó trabajar a esa edad. Aunque también pienso que, cuando mi madre dejó de trabajar y se volvió sedentaria, se enfermó y murió muy joven. Tal vez porque trabajó demasiado cuando era joven.

De todas maneras, doña Carmen me alegraba y me entristecía al mismo tiempo.

Desde el año pasado me interesé mucho en ayudarla un poco. Siempre que la veía estacionaba el carro, le estrechaba la mano y le daba unos cuantos pesos. Ella me respondía con una bendición y una sonrisa hermosa que me hacía sentir bien. A veces pasaba solamente para darle el mismo billete suelto que quizá le alcanzara para su comida diaria.

Muchas veces ella pensaba que era para comprarle algo, pero yo le decía que era para ella. Varias veces le tomé fotos desde el vidrio del carro, aunque me daba pena que se diera cuenta. Y pensaba en tanta gente que no tiene madre, ni tía, ni abuela.

Yo, que tengo demasiada familia y hasta dos perros dóberman que no me dejan adoptar más seres vivos, sentía que aquella doña era una mujer bonita, limpia, trabajadora y noble, alguien que merecía una familia que le diera descanso, que la llevara a conocer el mar o al menos a disfrutar unas vacaciones.

Y pensaba para mis adentros:

“Malditas empresas que esclavizan hasta a los ancianos. ¿Por qué no los reúnen y les dan unas vacaciones merecidas? Al final, esos vendedores ambulantes son los que realmente sostienen esas multinacionales que ni siquiera les dan bonos. Pobres diablos, viviendo como muertos en vida, perseguidos por los paga diarios, como buitres alimentándose del cansancio de personas que deambulan agotadas bajo un sol que no perdona”.

Estas letras son para Carmen Olmedo de Villanueva, esa viejita que, donde esté, espero me perdone también por no haberla hecho parte de mi familia. Debí darle un abrazo y decirle que era una campeona de la vida.

Hace poco salí de un centro comercial y pasé nuevamente por esa avenida que tanto me gustaba recorrer. Pensé: “Tal vez hoy por fin está descansando”.

Pero me había ocupado con una exposición para el Festival Vallenato, mi primera exposición de arte. Cuando todo pasó y la calma volvió nuevamente a mi ciudad, decidí regresar para llevarle el mismo billete que solía darle cada vez que pasaba.

Sin embargo, vi a otra mujer, mucho más joven, tal vez su nieta. Entonces pregunté:

—¿Qué pasó con la viejita que vendía Vive 100?

La muchacha levantó la mano hacia el cielo y me dijo:

—Se fue.

Quedé impactado.

—¿Cómo así? ¿Se murió? ¿Y de qué murió?

Mientras detrás de mí los carros pitaban desesperados para que avanzara, la muchacha respondió:

—Hace como veinte días.

Y entendí de inmediato algo doloroso: la muerte no espera. No hay tiempo que perder para decirles a las personas cuánto las queremos, ni para ayudar a quienes viven cargando necesidades como Carmen, aquella viejita de la esquina que luchó hasta el final con una sonrisa en el rostro.

 

Baldot

Sobre el autor

Baldot

Baldot

Fintas literarias

Uvaldo Torres Rodríguez. “Baldot”. Artista que expresa su vida, su historia, sus sueños a través del lienzo, plasmando su raza, lo tribal, lo ancestral, y deformando la forma en la búsqueda de un nuevo concepto. Redacta su vida a través de la pintura, sus fintas literarias las escribe con guantes de boxeo. Con amor al arte y a la literatura desde niño.

0 Comentarios


Escriba aquí su comentario Autorizo el tratamiento de mis datos según el siguiente Aviso de Privacidad.

Te puede interesar

Las dos plagas

Las dos plagas

Por estos días, después de la agitada contienda política que, gracias a Dios, acaba de pasar, una impresionante cantidad de sancudos...

Eclipse político

Eclipse político

El pasado 21 de agosto varios países del mundo, incluido Colombia, tuvieron el privilegio de presenciar y admirar el eclipse total de...

El despertar de los acordeoneros

El despertar de los acordeoneros

En nuestro folclor vallenato, el acordeón ha sido el instrumento insigne a través de la historia, líder de esa trilogía que se...

A votar 7 veces Sí en la consulta anticorrupción

A votar 7 veces Sí en la consulta anticorrupción

“No hay colombiano que no sepa que la corrupción en Colombia ha llegado a niveles escandalosos” afirma el senador Jorge Enrique...

Juan Manuel Pérez, un cantautor con estilo

Juan Manuel Pérez, un cantautor con estilo

En Chiriguaná, el más importante municipio del centro del Cesar, tierra a la que en alguna época se le reconoció como meca de la...