Opinión
La Ley Jineth Bedoya: una victoria para la dignidad de las mujeres colombianas

El pasado 16 de junio de 2026 Colombia dio un paso histórico en la lucha contra las violencias basadas en género. La aprobación en último debate de la denominada Ley Jineth Bedoya Lima o Ley de Atención Sin Revictimización representa mucho más que una nueva norma jurídica: es un acto de justicia, de memoria y de dignidad para millones de mujeres que durante años han sido ignoradas, cuestionadas, humilladas o revictimizadas por las mismas instituciones encargadas de protegerlas.
La ley, que ahora espera la sanción presidencial, establece la capacitación obligatoria, permanente y evaluable en violencias contra las mujeres y enfoque de género para todos los servidores públicos, contratistas y particulares que ejerzan funciones públicas. En otras palabras, obliga al Estado colombiano a prepararse para atender a las víctimas con respeto, conocimiento y humanidad.
Como activista por los derechos de las mujeres, aplaudo profundamente esta decisión del Congreso de la República. Aplaudo también la valentía de Jineth Bedoya, una mujer que transformó el dolor en resistencia y que convirtió una tragedia personal en una causa colectiva para proteger a otras mujeres.
La historia de Jineth Bedoya es conocida por Colombia y por el mundo. Los hechos de violencia que marcaron su vida y su ejercicio profesional, lejos de silenciarla, terminaron convirtiéndose en el origen de una de las luchas más importantes por los derechos de las mujeres en nuestro país. Durante más de dos décadas, su voz se ha transformado en un símbolo de resistencia, verdad y exigencia de justicia para miles de mujeres víctimas de violencias basadas en género. Su liderazgo y perseverancia contribuyeron a visibilizar una problemática que durante años permaneció normalizada o invisibilizada, impulsando cambios institucionales y sociales que hoy encuentran en la Ley Jineth Bedoya un avance histórico hacia la garantía de los derechos de las mujeres.
Durante la discusión de esta iniciativa en el Senado, Jineth recordó una realidad que siguen enfrentando miles de mujeres en Colombia: la revictimización. Cuando una mujer denuncia una agresión, muchas veces no solo debe enfrentar el dolor de los hechos sufridos, sino también los prejuicios, la indiferencia o el desconocimiento de quienes tienen la obligación de escucharla, protegerla y garantizarle justicia.
Porque la violencia no termina cuando ocurre la agresión. Muchas veces continúa en las oficinas públicas, en los despachos judiciales, en las estaciones de policía, en las comisarías de familia, en los hospitales y hasta en los medios de comunicación. Continúa cuando una mujer es cuestionada por su forma de vestir, por la hora en la que salió de su casa, por la relación que tenía con su agresor o por haber decidido denunciar.
Continúa cuando un funcionario desconoce la Ley 1257 de 2008 y minimiza el relato de una víctima. Continúa cuando una denuncia se convierte en un interrogatorio lleno de prejuicios. Continúa cuando una mujer tiene que repetir una y otra vez su historia para que alguien le crea.
Por eso esta ley es tan importante.
Desde la Red de Voceras y Voceros Párala Ya, Nada Justifica las Violencias contra las Mujeres, organización de la cual soy integrante fundadora junto a otras mujeres de Valledupar y del departamento del Cesar, celebramos esta conquista porque durante años hemos trabajado precisamente en esa dirección.
Nuestra experiencia en los territorios nos ha demostrado que muchas veces la diferencia entre la protección y el abandono depende de la formación de quien atiende a una víctima. Por eso, entre nuestras acciones como activistas, hemos promovido procesos de sensibilización y capacitación dirigidos a funcionarios públicos, operadores de justicia y servidores encargados de garantizar los derechos de las mujeres.
Hemos insistido permanentemente en la importancia de aplicar correctamente la Ley 1257 de 2008, una herramienta fundamental para reconocer, prevenir y sancionar las diferentes formas de violencia contra las mujeres. También hemos trabajado para que quienes reciben denuncias comprendan que una mujer que se atreve a romper el silencio necesita apoyo institucional, no nuevas formas de violencia.
Pero nuestra labor no se ha limitado a las instituciones estatales.
También hemos desarrollado procesos de formación con medios de comunicación radiales, escritos, digitales y televisivos sobre el tratamiento informativo de las violencias basadas en género. Porque el lenguaje importa. Porque las palabras construyen realidades. Porque los titulares pueden contribuir a la justicia o reforzar la violencia.
Durante años hemos denunciado expresiones que normalizan y justifican las violencias contra las mujeres. Frases como “fue un crimen pasional”, “actuó por celos”, “fue un tema de ira e intenso dolor” o “la mató porque la amaba” no son inocentes. Son narrativas peligrosas que trasladan la responsabilidad del agresor a las circunstancias y terminan justificando lo injustificable.
Ninguna mujer es asesinada por amor.
Ninguna agresión sexual es producto de una pasión descontrolada.
Ninguna violencia encuentra justificación en los celos, en el dolor o en una ruptura sentimental.
La violencia es una decisión del agresor y debe ser nombrada como tal.
Por eso la Ley Jineth Bedoya tiene un enorme valor transformador. Porque reconoce que la violencia institucional existe y porque establece mecanismos concretos para combatirla. Porque entiende que no basta con tener leyes si quienes deben aplicarlas carecen de formación y sensibilidad. Porque convierte el enfoque de género en una obligación y no en una opción.
Además, esta ley cumple una de las medidas de no repetición ordenadas por la Corte Interamericana de Derechos Humanos en el caso Bedoya Lima y otra vs. Colombia. Es decir, no se trata únicamente de una decisión política; es también una responsabilidad internacional del Estado colombiano para garantizar que ninguna mujer vuelva a enfrentar situaciones de revictimización por parte de las instituciones.
Hoy celebramos esta victoria, pero también entendemos que el trabajo apenas comienza.
Las leyes por sí solas no transforman las realidades. Lo hacen las personas que las aplican, las instituciones que las implementan y la ciudadanía que las defiende. Por eso será fundamental vigilar su cumplimiento, exigir procesos de formación de calidad y garantizar que estas capacitaciones produzcan cambios reales en la atención a las víctimas.
La aprobación de la Ley Jineth Bedoya envía un mensaje poderoso al país: las mujeres tienen derecho a vivir libres de violencia y a recibir una atención digna cuando deciden denunciar. Ninguna víctima debe ser humillada, cuestionada o culpabilizada por buscar justicia.
Hoy celebramos a Jineth Bedoya. Celebramos su valentía, su persistencia y su compromiso con las mujeres de Colombia. Pero también celebramos a cada mujer que ha roto el silencio, a cada activista que ha alzado la voz, a cada periodista que ha denunciado las injusticias y a cada organización que ha trabajado para construir una sociedad más justa e igualitaria.
Que esta ley no sea solo un documento firmado.
Que sea una herramienta viva para proteger vidas.
Que sea un recordatorio permanente de que la dignidad de las mujeres no se negocia.
Y que nunca olvidemos una verdad fundamental que desde la Red de Voceros y Voceras Párala Ya hemos defendido durante años: nada justifica las violencias contra las mujeres.
Beatriz Ramírez David






