Opinión
Un Mundial para sanar heridas

Primero fueron varios meses hablando de política durante la campaña para elegir congresistas. Luego, vino una virulenta y odiosa campaña presidencial, primero para la primera vuelta y después para la segunda. Más de medio año abriendo heridas entre familiares, amigos y compañeros de trabajo.
Pero, afortunadamente, llegó el Mundial de Fútbol como un bálsamo que, ojalá, no solo alivie esas heridas, sino que también contribuya a sanarlas.
Unos familiares me invitaron a su casa para ver el segundo partido de nuestra amada Selección Colombia y, al fin, pude ponerme la camiseta amarilla sin que me tildaran de abelardista. Hice todo lo posible por no hablar de política, pero uno de los invitados, que no conocía mi tusa electoral, no respetó mi silencio. Durante todo el primer tiempo no hizo otra cosa que hablar mal de quienes no votaron por “El Tigre”.
Cuando uno está en el velorio de un ser querido, el rostro de cada amigo que llega le recuerda su ausencia. Cada vez que alguien pronuncia su nombre, es como una daga que vuelve a abrir la herida. Algo parecido ocurre con las derrotas políticas: cualquier comentario revive el guayabo electoral.
Lo que nunca imaginé fue comprobar que ese lenguaje ofensivo, que tanto daño hizo durante la campaña, ahora lo utilizarían los ciudadanos en reuniones familiares y entre amigos.
No se imaginan ustedes el martirio que viví durante ese primer tiempo frente al Congo. De un lado, el arquero rival parecía una muralla infranqueable para las aspiraciones de gol de Colombia. Del otro, mi vecino de asiento, sin saber por quién había votado yo, hablaba de los más de doce millones de colombianos que no respaldaron a su candidato utilizando expresiones despectivas e innecesarias.
En el descanso les propuse a todos un pequeño pacto: ver el segundo tiempo sin hablar de política. Les dije, medio en serio y medio en broma, que de pronto así, con el poder de la mente, llegaba el gol de Colombia. Y dicho y hecho.
Dejaron de atormentarme, cesaron las referencias políticas y apareció la felicidad del gol colombiano.
Con ese gol se me olvidó que, apenas unos minutos antes, el amigo que tenía al lado me había tratado de "plaga" y de "guerrillero". Ni siquiera me di cuenta del momento en que terminé abrazándolo y levantándolo de la silla para celebrar juntos la victoria.
Terminó el partido y las calles de Valledupar parecían vivir una noche de Festival. Los bares, clubes y restaurantes estaban llenos de gente celebrando un mismo gol, sin importar si habían apoyado a Abelardo o a Cepeda. Volvimos a ser simplemente colombianos.
Pidámosle a Dios que nuestra Selección Colombia siga regalándonos alegrías. No solamente por lo deportivo, sino porque cada victoria parece recordarnos que todavía somos capaces de abrazarnos, de celebrar juntos y de reconocernos como compatriotas antes que como adversarios.
Sanar el alma es ahora la tarea de cada colombiano. Las redes sociales, la posverdad, los algoritmos y tantos mecanismos modernos de comunicación han servido, solo para alimentar la ira, el miedo, el odio y el desprecio hacia quienes piensan distinto. Ha llegado el momento de reconstruir puentes y recuperar amistades.
Porque los mundiales pasan. Las elecciones también. Pero Colombia permanece.
Colofón: El pasado miércoles, en horas de la tarde, un fuerte terremoto, seguido de una réplica devastadora, sacudió el estado Carabobo, en la hermana República Bolivariana de Venezuela, dejando centenares de víctimas y una profunda tragedia humanitaria.
Es hora de demostrar que la solidaridad no conoce fronteras. Invito a los gobernadores y alcaldes de la región Caribe a liderar una gran campaña de ayuda para nuestros hermanos venezolanos. En los momentos difíciles es cuando los pueblos verdaderamente muestran su grandeza.
Jorge Nain Ruiz
@jorgenainruiz






