Opinión

Cuando la cultura se sube a la tarima política

Diógenes Armando Pino Ávila

26/08/2026 - 05:50

 

Cuando la cultura se sube a la tarima política

 

En los pueblos del Caribe, hay una frase que se repite casi que con la  frecuencia en que suena un vallenato en una emisora de Valledupar: "No mezcle la cultura con la política". Lo que llama a la curiosidad es que esa recomendación, generalmente, suele venir de quienes llevan décadas mezclando la política con la cultura, pero en una sola dirección: usando la cultura para conseguir votos, fotografías de campaña y aplausos de festival.

La verdad, sea dicha: la cultura y la política están tan entreveradas como la mamadera de gallo y el chisme en una parranda de pueblo. Separarlas sería tan absurdo como pedirle a un tamborero que toque La Traviata de Giuseppe Verdi, o a un político andino en campaña en la costa sin abrazar pelaos, bailar cumbia y no usar sombrero vueltiao.

La antropología nos dice que la cultura es el sistema de símbolos, creencias, costumbres y valores compartidos por una comunidad. La sociología la llama el "pegamento social". La historia la entiende como la acumulación de las experiencias materiales y espirituales de los pueblos. La ciencia política habla de cultura política, es decir, de las creencias y actitudes que tenemos frente al poder. Dicho en cristiano y sin adornos: la cultura es la manera como vivimos, pensamos, sentimos, bailamos, rezamos, amamos, discutimos y hasta mamamos gallo.

Por eso, resulta imposible hablar de cultura sin hablar de poder. Durante siglos, la política en América Latina jugó al peligroso deporte de clasificar culturas entre "superiores" e "inferiores". Así apareció la llamada cultura "culta", generalmente asociada a las élites urbanas, europeizadas y de piel más clara, mientras el folclor, la oralidad campesina, las tradiciones indígenas y las expresiones afrodescendientes eran miradas con una mezcla de condescendencia y exotismo.

Era como si para algunos ilustrados la ópera representara el pináculo de la civilización, mientras la tambora, el bullerengue o el chandé fueran apenas ruido producido por gente alegre pero supuestamente atrasada. El racismo y el elitismo encontraron en la política un magnífico aliado. No pocas veces, los presupuestos culturales se concentraron en aquello que permitía exhibir refinamiento ante las visitas oficiales, mientras las manifestaciones populares sobrevivían gracias a la terquedad de sus cultores.

Y así prosperó el famoso "blanqueamiento cultural": la tendencia a valorar más aquello que se parece a Europa y menos aquello que huele a río, a monte o a fogón de leña. De repente, muchos querían tocar violín, pero escondían el tambor; aprendían francés, pero olvidaban la lengua ancestral; lucían orgullosos el apellido español, pero silenciaban el indígena o el afro.

Más recientemente, algunos sectores han reaccionado reivindicando las identidades indígenas y afrodescendientes. En ocasiones, este proceso ha sido saludable y necesario, porque devuelve dignidad histórica a pueblos largamente excluidos. Sin embargo, tampoco puede convertirse en una nueva competencia de boxeo, de agravios ni en una sustitución de un hegemonismo por otro. La cultura no debe ser un ring identitario donde ganan unos y desaparecen otros. Colombia es mestiza, diversa y plural; negar cualquiera de sus raíces equivale a amputarle una parte del alma nacional.

La era digital ha complicado todavía más el asunto. Hoy, la cultura ya no habita únicamente en plazas, teatros o casas de la cultura. También vive en memes, hashtags, videos virales y grupos de WhatsApp donde abundan los expertos en geopolítica internacional que hace una semana estaban explicando cómo curar el mal de ojo con hojas de guanábana y emplastos de matamba.

Las redes sociales democratizaron la producción cultural: ahora cualquiera puede ser creador y consumidor al mismo tiempo. Magnífico. Pero también multiplicaron las burbujas ideológicas, la polarización y la desinformación. Nunca había sido tan fácil construir comunidad y, paradójicamente, nunca había sido tan sencillo encerrarse en una tribu digital donde todos piensan igual y el que discrepa es declarado enemigo de la patria, del pueblo o de la civilización occidental, según el algoritmo del día.

Desde la bioética, la cultura posee una dimensión aún más profunda: nos enseña a reconocernos en "el otro" y en "lo otro"; a comprender que no estamos solos en el mundo y que nuestra existencia está ligada a la de los demás seres humanos y a la naturaleza. Una sociedad culturalmente sana no excluye, no discrimina y no convierte la diferencia en motivo de persecución.

Entonces, ¿cuál debe ser el papel correcto de la política frente a la cultura? No dirigirla ni domesticarla. La política no debe decirle a los pueblos qué cantar, qué bailar o qué recordar. Tampoco debe convertir a los artistas en empleados electorales ni a los festivales en extensiones de las campañas políticas. Su función es garantizar derechos culturales, proteger el patrimonio material e inmaterial, promover la diversidad, financiar procesos comunitarios con transparencia y asegurar que todas las voces tengan posibilidades reales de expresarse.

Y aquí aparece el papel fundamental del cultor, del sabedor, del hacedor y del trabajador de la cultura. Su responsabilidad no consiste únicamente en animar festivales o subir a la tarima cuando llega el alcalde con el gobernador de turno. Su misión es mucho más trascendental: custodiar la memoria, cuestionar las injusticias, fortalecer la identidad colectiva y servir de conciencia crítica de la sociedad.

Por eso, cuando alguien afirma que "la cultura no debe mezclarse con la política", conviene preguntarle: ¿con cuál política? Porque si la frase significa que el artista no debe convertirse en propagandista de ningún gobierno, tiene sentido. Pero si lo que se pretende es que los cultores permanezcan callados frente al racismo, la exclusión, el abandono institucional o el saqueo presupuestal, entonces esa consigna no es neutral: es una eficaz herramienta de manipulación.

En otras palabras, pedirle a la cultura que no se ocupe de la política puede ser, muchas veces, la forma más elegante de exigirle silencio. Y los pueblos que olvidan cantar sus dolores terminan bailando al son que les toquen otros.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

@AvilaDiogenes

0 Comentarios


Escriba aquí su comentario Autorizo el tratamiento de mis datos según el siguiente Aviso de Privacidad.

Te puede interesar

Resaca de vacaciones

Resaca de vacaciones

El país apenas comienza a desperezarse (nunca se desespera), con prolongado bostezo, apenas empieza a despertar, después de esa larga...

A Silvestre, buen viento y buena mar

A Silvestre, buen viento y buena mar

En todo momento, la música vallenata ha vivido de luto, bien sea por la partida prematura de algún grande de nuestra cultura, o por la...

En Colombia, el cambio lo hacemos todos

En Colombia, el cambio lo hacemos todos

Culminada la jornada electoral en la que los colombianos decidieron quien regirá los destinos del país durante el próximo cuatrienio,...

Total, la mayoría no les cree

Total, la mayoría no les cree

El periodismo es una de las profesiones más nobles que existe, su labor de informar, de presentar los hechos o sucesos noticiosos en...

Cocina y memoria en los pueblos

Cocina y memoria en los pueblos

Ayer, mi esposa me pidió que comprara unos bollos de mazorca —los están vendiendo seguido en mi pueblo—. Averigüé dónde se encontraban...