Opinión
Descubriendo Valledupar (II)

Las primeras veces…
La primera vez que estás en Valledupar para un mundial en el que juega la selección colombiana es otra cosa… La buena vibra que se siente en el aire es muy contagiosa. Días antes aumentan considerablemente las ventas de las camisetas y, el día del partido, hay tanto movimiento en las calles que, desde temprano, tanta gente lleva el uniforme de la selección puesto que dudas si sabes realmente la hora del partido y miras el reloj a cada rato. Comienzas entonces a hacer todo rápido, no sea que se te haga tarde para ver el juego, y te sumerges en el caos del tránsito solo porque juega Colombia. Cualquier sitio es bueno para ver el partido, incluso en las tiendas, cuyos amables tenderos encienden sus televisores para que los clientes apurados o sin planes puedan disfrutarlo. Y al día siguiente, si la selección ha ganado, es el mejor momento para hacer las diligencias tediosas que siempre evitamos, porque todos están felices.
La primera vez que un turista viene a Valledupar siempre hay una anécdota que contar. Una vez vi cómo le brillaban los ojos a un joven sobrecargo italiano al llegar a Patillal. En el camino nos habíamos topado con una bandada de mariposas amarillas. Al contarle la analogía con las obras de Gabo y explicarle el porqué de mi alegría —ya que era la primera vez que veía tantas en la carretera—, me confesó muy emocionado que había venido a Colombia de vacaciones porque vio la novela de Rafael Escalona en internet. Le fascinó tanto que ahorró y planificó su viaje durante un año. Finalmente vino por una semana a Valledupar y disfrutó los mejores rincones de la ciudad, aquellos que solo descubren los ojos de un gran admirador. Nunca antes había escuchado vallenatos; ahora intentaba perfeccionar su español tarareándolos.
Toparse con gente así, que viene a conocer específicamente la ciudad donde vives y escucha con atención tus recomendaciones, es muy gratificante. Muchos olvidan lo afortunados que son al estar acá y viven tan inmersos en sus rutinas que dejan de mirar los árboles, de escuchar al río y de saborear una arepa de huevo un martes cualquiera, solo porque pueden. Encontrar el valor de lo simple en esas pequeñas pausas de contemplación es un lujo que, en el ajetreo de otras ciudades, sería casi improbable. Así que, a disfrutar más del privilegio de las pausas.
Idenys Navarro Guillén





