Opinión

La despedida final

Nerio Luis Mejía

06/07/2026 - 06:10

 

La despedida final

 

Aún permanecen intactos los recuerdos del 20 de octubre de 1998. Fue una tarde lluviosa que dejó el cielo teñido de gris; el frío calaba en los cuerpos por la ropa húmeda, luego de una extenuante jornada recolectando, uno a uno, los granos de café que llenaban las latas. Después del baño, recibimos una taza de aguapanela muy caliente y aromatizada con hierbalimón, servida por las manos de mi madre, a quien hasta ese día vi gozar de plena salud. Sobre el mesón nos sirvió la cena: chicharrones fritos y guineo verde cocido. De un momento a otro, vimos cómo su salud se agravó. Sin vacilaciones, buscamos el único campero que servía de ambulancia cuando ocurrían estos imprevistos en aquella remota zona del departamento del Cesar.

Una vez llegó el vehículo, mi hermano se dirigió a mí: —Préstame un pantalón, que tengo la ropa en Media Luna—. Corrí a la cuerda donde tenía tendidas mis pocas prendas. En ese momento, con la timidez característica de nosotros los campesinos, yo desconocía qué era un clóset o la cantidad de ropa que otros guardan en la ciudad. Le entregué un jean azul. Nos abrazamos fuertemente y me deseó éxitos en todo. No sabía que en ese fatídico día se sellaba nuestra despedida final; un abrazo que aún aprieta mi pecho ante su ausencia y un adiós que jamás pude pronunciar, porque nunca imaginé que esa fecha marcaría el desenlace.

Mi hermano se embarcó de prisa en el campero Toyota que llevaría a mi madre al hospital. De ahí en adelante, la pena y el sufrimiento hicieron de mi hogar su morada, marcando el trágico destino que sacudió a toda la familia.

En aquella época, Colombia experimentaba uno de sus períodos más oscuros. Los actos violentos se habían convertido en parte del paisaje: masacres, tomas guerrilleras, secuestros; un estado de caos absoluto donde quienes vivíamos en el campo nos llevábamos la peor parte. Estábamos entre la espada y la pared, bajo el acoso de los grupos ilegales y los señalamientos y atropellos de las fuerzas del Estado.

Las noticias sobre la salud de mi madre nos llegaban a cuentagotas, cada vez que alguien enviaba razones con los "carros de línea", como llamamos a los vehículos que transportan carga y pasajeros en los rincones de nuestra geografía. Los diagnósticos médicos no eran alentadores; con el paso de los días, la salud de ella y la estabilidad de la familia se iban deteriorando por igual. Así recibimos la infortunada noticia de que la habían desahuciado y debía recibir tratamiento paliativo en casa.

Entonces empezó una nueva batalla: conseguir sus medicamentos. Para ello, mi hermano se dirigió al corregimiento de Media Luna procedente de la ciudad de Valledupar. Su viaje coincidió, trágicamente, con la segunda incursión paramilitar a ese golpeado caserío. Al día siguiente, el 13 de diciembre de 1998, la familia recibió el impacto del golpe más doloroso, una herida que aún sangra ante la injusticia de la violencia. Esa misma violencia que arrebata vidas inocentes por la codicia criminal de quienes ven en la muerte la manera más efectiva de sembrar el horror.

Hoy no escribo con un pulso ni con letras surgidas desde la academia; mis escritos nacen del testimonio vivo de quien sintió en carne propia el castigo infligido por el conflicto. Desde ese diciembre, la vida cambió para siempre. ¿Quién podría imaginar que la muerte se llevaría al ser más alegre y noble de nuestro hogar? Es difícil asimilar que aquel efímero abrazo sería el último, arrebatando a mi hermano de mis manos. Quizás, por mi corta edad en ese momento, no pude comprender que aquella última recomendación obedecía a un adiós definitivo.

A pesar de las circunstancias y del tiempo transcurrido, él sigue vivo en mis recuerdos y en cada crónica que refleja el testimonio de millones de colombianos. Somos sobrevivientes que parecemos suspendidos en el tiempo, tratando de conservar viva la memoria de los nuestros. Sin embargo, la vida continúa con nuevos proyectos y preocupaciones, pero sin sepultar un pasado trágico que dejó una huella indeleble en el corazón de Colombia.

 

Nerio Luis Mejía

Sobre el autor

Nerio Luis Mejía

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Pensamientos y Letras

Nerio Luis Mejía es un líder comunal, defensor de los Derechos Humanos, quien ha realizado de manera empírica un trabajo de investigación acerca de las causas que han propiciado -y siguen alimentando- el conflicto armado y social colombiano. Mediante sus escritos, contextualiza las realidades territoriales.

@NerioMejia24

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