Opinión
La ley de la siembra, el faldón de la Pilonera y el Vuelo de Daniel Rían

El Valle del Cacique Upar no se explica; se canta. Hay estirpes que nacen con el destino marcado por el eco de una guitarra y por ese realismo mágico que flota, denso y perfumado de cañaguate, sobre los patios de nuestra infancia. En esa geografía de afectos hondos e hilos invisibles que tejen el mapa de la existencia, la familia no siempre se define por los glóbulos estrictos de la sangre; se estructura desde los cimientos del SER, se traduce en el HACER y se consagra en esos amores intangibles que son capaces de derribar cualquier distancia. Por eso, asomarse al universo de Sandra Arregocés Maestre —la mujer que ha hecho de la vida de mi primo hermano Hernando "Kuky" Riaño Baute un poema compartido a través de la calidez de una llamada telefónica y el vibrar de sus notas de voz, es mucho más que un ejercicio periodístico. Es un puente de afecto tendido desde la fría neblina de Choachí, donde hoy me encuentro habitando mi propia solitud y contemplando las montañas, hasta el sol ardiente y festivo de Valledupar. Esta es una comunión entre mujeres que habitan la cultura desde las entrañas; una crónica sentipensante para honrar a la madre que supo descifrar el porvenir de su hijo, Daniel Rián, mucho antes de que el país entero cayera de rodillas ante su prodigio en el escenario de A Otro Nivel.
La distancia física se disuelve por completo cuando el orgullo y el amor familiar aprietan el pecho. En las últimas semanas, las pantallas de nuestros teléfonos se convirtieron en un hervidero de emociones sin tregua. En el chat de la dinastía y, de manera desbordada, en el grupo de la Red Colsafa, se gestó una revolución silenciosa, unánime y poderosa. Éramos una legión de almas y voluntades unidas por el mismo latido: apoyar a Daniel. Cada mensaje de aliento, cada pegatina cargada de fe y cada voto masivo que enviamos noche tras noche desde todos los rincones del país, fue un grano de arena en esa montaña de gloria que el cielo le tenía guardada. Ver cómo esa inmensa red de hermanas colsafistas se volcó a las urnas digitales, contagiando de entusiasmo a todo el Cesar y a Colombia entera, fue un hito histórico de una carga emotiva inolvidable. Sentíamos que con cada clic y con cada voto no solo empujábamos el vuelo de un muchacho brillante, sino que cobijábamos el corazón de Sandra en la lejanía, demostrando que cuando el territorio y la hermandad se juntan, no existen kilómetros capaces de enfriar el fuego del folclor.
En este diálogo íntimo que acorta las distancias geográficas, la voz de Sandra resuena con la nitidez de las campanas escolares. "Soy de la red Colsafa desde aquel día que decidieron hacerme parte del grupo organizador del primer pilón que bailó la red", me confiesa al otro lado de la línea, con un orgullo que no le cabe en el pecho. Y es que su identidad va mucho más allá de un recuerdo difuso de juventud; es una militancia activa y vital. De las aulas de las madres religiosas y de su entrañable Promoción 83, Sandra extrajo la fuerza, la templanza y el carácter inquebrantable para mirar de frente las adversidades de la vida.
Esa formación complementó los principios y crianzas enseñados en su casa de origen, esculpiendo no solo a la lideresa indomable que hoy todos respetan, sino dictando con absoluta sabiduría la forma exacta de criar a su hijo Daniel. Gracias a ese tejido vivo de mujeres que se apoyan mutuamente en el Cesar y el país, Daniel creció viendo la fortaleza femenina en primera línea.
Aprendió desde niño cómo tratar a las mujeres, entendió el valor tan grande que tienen y aprendió a amarlas, traduciendo ese respeto en canciones repletas de una poesía profunda y necesaria.
La genialidad tiene afán y no sabe de esperas. A los escasos tres años de edad, cuando los niños apenas empiezan a balbucear la realidad, Daniel tomó una pequeña y vieja grabadora y calcó, sin una sola nota desafinada, "El tamborilero" de Raphael de España. Sandra, con ese oído absoluto que otorga el amor atento y el cordón umbilical del arte, entendió de inmediato que el cielo le había encomendado un diamante.
Comenzó entonces la hermosa e itinerante orfebrería de una crianza guiada por la música: sabiendo de sus condiciones innatas, cuando la familia vivía en Maracaibo, Daniel realizó su kínder musical a los tiernos cuatro años en el Conservatorio Rafael Urdaneta. Al regresar a Valledupar, continuó su formación en música juvenil en Bellas Artes, perteneciendo con orgullo al coro de “Los Niños del Cesar que cantan por la Paz de Colombia”. El camino de la disciplina no se detuvo allí; luego se convirtió en pionero al formar parte de la primera promoción en inscribirse formalmente a la academia “Arte y Folklor”. El gran salto al horizonte internacional llegó con un viaje a tierras mexicanas, donde Daniel estudió y se graduó en producción musical en la prestigiosa academia GMartell.
Daniel no solo aprendió a cantar con el alma; de ahí en adelante ha respirado música de todos los aires del mundo, pero con las profundas bases vallenatas que hereda directamente de su papá y su mamá. Se convirtió en un arquitecto del sonido, en un ingeniero y productor capaz de tomar las bases puras de la guitarra de su padre y hacerlas dialogar con las corrientes más vanguardistas del planeta, acumulando ya tres Latin Grammys en su alforja de caminante antes de coronar este reality nacional.
Como un hito imborrable en nuestra memoria colectiva, viajo en el tiempo hacia el año 2022. Fue en ese entonces cuando, movida por la intuición y el amor a nuestras raíces, llamé a Sandra para que me acompañara con su experticia en el montaje de lo que sería la primera puesta en escena del baile de PILONERAS de la Red Colsafa. Ella, que ya había sido una respetada jurado del desfile de Piloneras por invitación directa de la inolvidable "Polla" Monsalvo, venía de librar y ganar una batalla feroz contra el COVID-19 de la mano de Dios. Vestirse de faldón, amarrarse las trenzas y bailar el pilón por primera vez en su vida (ya que antes solo lo había contemplado desde la mesa de jurados) fue un acto de renacimiento espiritual, un tributo a la vida para recordar eternamente. Estudiar y trabajar rodeada de mujeres le permitió conocer a fondo sus sueños, vivencias e historias; relatos sagrados que se materializaban o no de acuerdo con la valentía de cada una o de su fortaleza para enfrentar las tormentas.
Ese mismo fuego sagrado la llevó a fundar y liderar el Encuentro Vallenato Femenino (EVAFE), un festival alternativo que nació en el año 2016 de la mano de ella y de mi primo hermano Kuky (a quien el respeto y la distancia generacional me hacen mirar siempre con una respetuosa consideración) para abrir un espacio digno, profesional y competitivo a las mujeres en el folclor. Sandra, que en su juventud arañó los escenarios como cantante y tropezó de frente con las puertas cerradas de una sociedad machista, señaladora y excluyente (donde sentenciaban con desdén que "las reinas eran solo para Cartagena"), decidió menguar con generosidad para que otras brillaran. Se convirtió en la madre protectora, en el semillero y en el faro de una legión de niñas y jóvenes acordeoneras, cantantes y compositoras. Ella solo pudo cantar con libertad en las aulas de su colegio y en muy pocos escenarios, pero hoy esas niñas le muestran al mundo que el acordeón no tiene género. Con la sabiduría heredada de su abuela, aquella que vestía de faldón y hacía las arepas al desayuno mientras le contaba las leyendas de su tierra con cantos vallenatas, Sandra comprendió una verdad contundente: la salvación de nuestro patrimonio cultural inmaterial está, sin duda alguna, en las manos benditas y creadoras de las mujeres.
Alguna vez, Daniel, con la natural curiosidad de los hijos, le preguntó por qué batallaba tanto por esas niñas en el festival, descuidando a veces sus propios sueños artísticos y musicales. La respuesta de Sandra fue una lección de fe absoluta y una manifestación hermosa de la ley inquebrantable de la siembra y la cosecha: "Hijo, el vallenato es lo que yo conozco y manoseo. Tu música es moderna y para mí es más difícil promocionarla en esta tierra vallenata donde me muevo con facilidad. Pero estoy totalmente convencida de que mientras yo ayude a muchas niñas, Dios no dejará de ayudarte a ti". El tiempo le dio la razón con creces. Mientras Sandra sembraba milagros y tarimas en EVAFE como una vigía defensora de nuestras costumbres, el cielo labraba en silencio el gran triunfo para su propia casa. Y la bendición llegó completa, porque del mismo cielo llegó también Valentina como una compañía maravillosa; ella canta en el coro de la Universidad de los Andes, produce, compone y tanto Daniel como Sandra la señalan, con un orgullo desbordado y generoso, como el talento más grande y puro de toda la dinastía.
Hoy, Valledupar entera se vuelca a las calles para celebrar el golazo de Daniel, ese triunfo absoluto y el premio de los 600 millones de pesos que su padre siempre le vaticinó al oído en sus momentos de duda: "Sigue pateando, hijo, que estoy seguro de que en cualquier momento haces el gol". Sandra contempla hoy el largo camino andado, los aplausos de un país conmovido que al fin descubrió la magia que ella siempre supo que su hijo llevaba por dentro, y tiene la certeza de que su mayor acierto fue educarlo musicalmente, profesionalizar su pasión y pedirle a Dios que le abriera las puertas necesarias para que respetaran su talento.
Cerramos esta charla a la distancia, entre hilos digitales, neblina andina y soles cesarenses, con el sabor dulce de las canciones eternas que se quedan a vivir para siempre en el alma de la provincia. Si la vida de Daniel fuera una de esas melodías inmortales, Sandra se la entregaría en el compás de una herencia sagrada y le cantaría desde las entrañas, emulando el canto que el maestro Gustavo Gutiérrez le dedicó a su propio hijo: "Que seas cantante o escritor famoso para mi orgullo... ya que no tuve el talento justo a mis pretensiones". Daniel Rián ha volado alto, internacional, libre y moderno, pero en sus alas lleva el aroma del faldón de la pilonera, el eco de la guitarra de su padre y el amor bendito de una madre que supo gobernar el folclor de su tierra para coronar, con paciencia de orfebre, los sueños más grandes de su hogar. Y es aquí, en el silencio de mi refugio, donde entiendo que el tiempo no ha pasado.
Desde mi alma niña en rostro de mujer, abrazo conmovida tu propia alma niña en rostro de mujer, Sandra; porque solo nosotras sabemos que para encender la luz del mundo, primero tuvimos que resguardar, intacta y sagrada, la pureza de nuestro propio fuego.
Yarime Lobo Baute






