Opinión

La maldición del favorito: entre el guayabo y la eterna ilusión

Alfonso Osorio Simahán

09/07/2026 - 07:35

 

La maldición del favorito: entre el guayabo y la eterna ilusión
Tras la derrota ante Suiza, hoy solo queda agradecer la Selección Colombia por elevarnos el alma hasta el cielo / Foto: LA Times

 

El fútbol en Colombia no es un simple juego; es un péndulo emocional que oscila violentamente entre el delirio y la tragedia. Lo sabemos de vieja data. Quienes tenemos las canas o la memoria suficiente no podemos evitar el viaje en el tiempo: Estados Unidos, 1994.

Llegamos inflados por el eco de un 5-0 monumental ante Argentina en Buenos Aires. El mundo entero, desde los analistas más sesudos hasta Pelé, nos daba como campeones indiscutibles. El desenlace ya es una cicatriz nacional: fuimos los primeros eliminados y, en lugar de traer la copa, el destino nos devolvió el cuerpo sin vida de Andrés Escobar, asesinado por el pecado de un autogol. Ahí se derrumbó la primera gran ilusión de nuestra historia futbolera.

Había razones de peso para creer. Aquella era una camada irrepetible de genios que hacían leña en los estadios del planeta: el 'Pibe' Valderrama y su melena de faro, la potencia indomable de Asprilla, el despliegue del 'Coloso' Rincón, la fiereza de Leonel Álvarez, Córdoba, Bermúdez... tipos que jugaban descalzos sobre las brasas.

Quizás por eso cobran tanta vigencia las palabras del histórico César Luis Menotti, quien alguna vez soltó desde la cabina de comentarios una verdad que hoy se siente como una profecía: "Selección que quiera ganarle a Colombia, pregone que va a ser campeona".

Nadie duda del talento. Es evidente, es transparente, brota en cada pared y en cada gambeta. El espíritu ganador flota en el aire y alimenta la pasión de una hinchada fabricada a base de fe pura. Sin embargo, cuando llegan "las chiquitas" —esos momentos cumbre donde el balón pesa una tonelada y el césped quema—, la actitud, la garra y el temperamento parecen quedarse bajo llave en el depósito del impulso. Uno ya no sabe si mandar a analizar este fenómeno al diván de la psicología o a los laboratorios de la sociología. Al final del día, el único que termina defraudado y con el alma rota es el aficionado, ese que con un delirio de patria absurdo y hermoso apoya hasta morir.

Tras el pitazo final contra Suiza, la fiesta se transformó en un funeral silencioso. Un amigo cordobés, de esos que hablan hasta por los codos y que se quedó mudo tras la derrota, me soltó una frase en el camino de regreso a casa que resume el sentir de todo un país: "Esto es duro, viejo Poncho... siento como si hubiera perdido a mi primera novia".

Así se siente este despecho. Éramos conscientes de que traíamos, si no un fútbol aplastante, sí un juego efectivo, ordenado, maduro. Un fútbol con olor a final. Pero el fantasma del triunfalismo volvió a morder las piernas de los nuestros.

Más allá de las conjeturas, ahora viene el festín de las culpas, el deporte nacional del día después:

-Que la culpa es del banco por demorarse con los cambios.

-Que los intocables y las estrellas de la nómina se "engatillaron" en el momento clave.

-Que a los delanteros les faltó alma frente al arco.

Esas no son más que conjeturas o subterfugios que le faltan al respeto al grueso del plantel. Una cosa es el querer —y nadie puede dudar de que estos muchachos querían— y otra muy distinta es demostrar que se puede responder bajo la presión máxima, respetando al rival, por muy chico que parezca sobre el papel.

Esa noche dormimos con la amargura atragantada en la garganta. Me cuento en primera fila entre los damnificados del insomnio. Pero a pesar del dolor, el fuego no se apaga. Creemos en el potencial de esta nueva camada de estupendos jugadores que nos devolvieron la capacidad de soñar despiertos.

Más temprano que tarde, con rectificación, madurez y un compromiso personal y patrio, este fútbol va a escribir sus páginas doradas en los anaqueles del balompié mundial.

Hoy solo queda decir: gracias, muchachos, por elevarnos el alma hasta el cielo, aunque todavía sea la hora en que caminamos por las calles sin saber si lo que cargamos en el pecho es un enguayabe monumental o el peor de los despechos.

 

Alfonso Osorio Simahán

Sobre el autor

Alfonso Osorio Simahán

Alfonso Osorio Simahán

Memorias de Berrequeque

Abogado en ejercicio, profesión que alterna con la de gestor cultural. Folclorista a tiempo completo y compositor de aires autóctonos del Caribe.

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